Xendiran: apreciación general de estructura y maquinaria

—Cuéntamelo si quieres tío. No me importa.

—No sé yo. Hay cosas que no las tengo claras.

—Ya que me has estado dando el coñazo con lo mismo una y otra vez, suéltalo de una puta vez, joder. No me hagas quedar con la duda.

—Bueno, está bien. Te lo contaré, todo de lo que me acuerdo. Pero escúchame vale, nada de evadirse o pretender escucharme.

—Prometido.

—Vale.

—Empieza ya.

—Estaba en una torre. En una sala blanca y limpia. Impoluta. Su blancura me engullía. Era desconcertante y hermoso. No sé cómo decirlo. La luz me cegaba, pero me sentía feliz. En esa habitación no había nada, vacío. Yo estaba de pie enfrente de una ventana. No tenía miedo, tampoco inseguridad; al contrario, estaba feliz, inmensamente feliz, como si fuera un milagro y yo el elegido. Me acerqué a la ventana. Lo que vi más allá es una de las cosas más impresionantes que he visto nunca: una ciudad, una inmensa ciudad dorada con un esplendor que atravesaba las mismas nubes. Había gente, mucha gente, pero no pegándose, gente alegre, caminando con total soltura por las calles. Gente radiante en un mundo radiante. No había policías, tampoco vagabundos, ni aumentados peligrosos ni vagos. Un mundo perfecto. De repente una luz me transportó a la plaza central. Allí un par de personas, un hombre y una mujer, se acercaron a mi llorando, me acariciaron y me manosearon, pero a mí me daba igual. Estaba bien. Nos dimo suna vuelta por la plaza, viendo los edificios, tecnológicos, brillantes y suaves. Pero entonces se cortó en el mejor momento, enfrente de las murallas. En una de ellas ponía un siete enorme, como el de la muralla del Sector 7. Estaban abiertas de par en par y empecé a sentir miedo, muchísimo miedo. Era aterrador, pero el mundo de ensueño estaba allí, rodeándome como un paraíso. Más allá de los portones se acercó una procesión. No sé muy bien qué eran esos seres pero caminaban sollozando y cantando; a medida que pasaban, todo a su alrededor se volvía negro y oscuro, atrofiado y demacrado. La hierba se quemaba, los edificios se agrietaban; mientras ellos recitaban una melodía infernal. Vadearon la plaza y entraron en la torre. La gente no hacía nada porque estaban demasiado ocupados bailando y riendo. Mis padres se desvanecieron, me asusté un poco y corrí al final de la comitiva. Dentro de la torre, las puertas se cerraron. Todos estábamos agolpados en la misma sala de ensueño. Su murmullo martilleaba mi cabeza. No quería oírlos. Entonces, por un momento, me detengo y me siento a escuchar. Por un momento comprendo por qué ellos están en la Torre, porqué Xendiran están tan angustiada y por qué estoy a su lado.

—¿Por qué?

—No lo sé. En ese momento, cuando creo atrapar la idea, se esfuma, como un pajarito de su jaula. Es triste, muy triste.

—Ufff. Pues estamos apañados.

—Es muy triste…

—Oh venga hombre. Sólo es un sueño.

—Triste…

—Oye, tío. No llores… ¿Por qué no nos vamos a comer algo?

—Vale…

—Venga levanta.

—Gracias por escucharme.

—Anda y tira, que se nos va a hacer muy de noche.

—Vamos.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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