Viaje

24 de enero de 1985

¡Estoy muy entusiasmado! Todavía no puedo creer que haya reunido suficientes fondos como para partir en una expedición oficial con un grupo completo de investigadores a Níger. Gracias a mis estudios, mi perpetua fruición en diferentes materias, la confianza depositada por mis benefactores en tan intrincada empresa, podré investigar y rellenar los huecos vacuos de la difuminada historia de la tribu de los Ithos. La ilusión es indeleble, imperecedera como mi esperanza. Mas no puedo desmesurar mis accesos emocionales, no cuando todavía he de contactar con otros individuos y coordinar diversas operaciones.

Esta mañana fui a tomar un café en el centro con el que será mi principal contribuyente, D., una tipa certera en palabras y pozo sin fondo de financiación. Acabada una amigable charla, me despedí con la promesa de llamarla en cuanto finalizara el inventario. D. se comprometió a buscar una guía temporal para nuestra aventura, para entendernos con las autoridades locales y alcanzar nuestro destino sin incidentes luctuosos. Comí apresuradamente en la Universidad y corrí a la Biblioteca para recoger unos libros encargados sobre los Ithos. Escasa información, inconcebible congeniar los miles de fragmentos deslavazados repartidos entre los volúmenes. Imprecisiones, vaguedades, inexactitudes, disquisiciones insostenibles, veladas imprecaciones, infundados preámbulos. La organización de esta entropía en mi apartamento fue tediosa, dividiendo los extractos en categorías dentro de una carpeta reventada por la cantidad de papeles y folletos que contenía. Nervioso, tiritaba sometido por la ansiedad, perfilando mentalmente el templo de los Ithos del que se bisbiseaba sobre su resistencia inmarcesible, capaz de soportar sin muescas los embistes de un tiempo que le horadaba su hierático crúor. Invasivo desaliento me embriagaba.

27 de julio de 1985

Permanezco recostado sobre un anodino asiento de un avión cualquiera. A mi alrededor se arremolinan mis compañeros de expedición y la guía, O. D. decidió no interferir y se quedó en Arkham. No me acostumbro a tantos desconocidos rostros. Me irrita. Los conocí por primera vez en el aeropuerto. Reconozco lánguidamente un escueto puñado de nombres y sus funciones. O. ha aseverado que en el país seremos relativamente inmunes a afrentas o detenciones sumarias, siempre que guardemos celosamente nuestros pasaportes. Cuando aterricemos, montaremos en un autobús e iniciaremos la travesía hacia el ignoto templo. Ignoto, suena místico.

Noche cerrada. Las manecillas de mi reloj de pulsera se han descompasado. Mi divertimento se acota en un poema anónimo.

En las adustas lindes donde restallaron cientos de escaramuzas,

donde coruscantes emblemas y blasones perecieron izados,

hombres fieros divagan sobre los entresijos del reinado,

buscando veloces flaquezas veladas, gestando artimañas,

vigilando sus entrañas, sopesando mil y una hazañas.

Tirano. Tirano. Tirano. Gloria extinta. Honor marchito.

Muerte del rey sin reinado, por sus falsas chanzas.

A la horca destronado, cavilaron y sentenciaron.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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