Una chica llamada L

L se encaramó a un destartalado muro. Estaba en la entrada de uno de los bloques habitacionales de Norte 5. Su acotado tiempo se disolvía con cada respiración airada. Fatigada, desenfundó su pistola casi sin munición y corrió. Corrió hasta las puertas de doble hoja del bloque. A su espalda, el entrechocar metálico de varias toneladas de acero rebotaba contra el asfalto. Estaban muy cerca. Descorrió el cerrojo electrónico con una pasada de mano y entró en la recepción. Vacío.

—Menos mal…

Un robot pasaba la fregona reiterativamente sobre la misma superficie, un montón de baldosas baratas. Un vagabundo leía un libro carbonizado apoyado en la pared. L se ajustó la capucha y miró al frente sin la menor vacilación. El suelo estaba salpicado de escombros y cristales rotos y sangre, alargados rastros de sangre. Anduvo apresuradamente por un corredor camino a ninguna parte esquivando cada óbice. Lo que más ansiaba era esconderse, desaparecer por un tiempo de la Ciudad. Ése era su plan, imperfecto pero funcional.

En la terminación del pasillo, con un enorme esfuerzo aligeró la marcha y entró en un compartimento habitacional cualquiera de la primera planta. Superficialmente examinó la zona. Solitario y desmenuzado por decenios de abandono y clausura, por las correrías de individuos y gentuza, presentaba un aspecto deplorable. En la sala, sólo dos sofás grasientos y desconchados se erguían como mobiliario.

Se secó la frente con la manga de su chaqueta y se acomodó en uno de ellos. Sonrió. La sangre borbotaba de su costado, burbujeando de crispación. Sonrió porque era consciente de que sus horas anunciaban una muerte, el exterminio de una vida insignificante. Había robado una tarjeta un policía y medio mundo la perseguía. Una lágrima de sangre brotó de su nariz. Una delincuente de poca monta que se había arriesgado más de a cuenta. Por lo menos, había cumplido con aquel extraño escritor de tercera que supuestamente iba a relatar su historia: la obra y vida de una chica de 5 que sobrevivía a base de delitos menores y engaños.

—Una historia memorable. —Tosió. Robar y robar, fugarse de los controles policiales y subsistir en una casa repleta de miseria.

—En fin…

Podría haberse aumentado como le aconsejaron hacía un par de años, así no tendría que estar sufriendo tirada en un sofá mugriento. Podría… pero le daba tanto asco. Los aumentados le infundían tanta desaprensión. Tanta repulsión… Los aumentos cambiaban a las personas, las convertían en cosas indescriptibles y ella no quería participar de una adaptación que te arrebataba quien eras. Aunque nada de eso importaba ahora una puta mierda. Ahora, sólo veía una luz azul incandescente de fondo que repetía su nombre y partida inmediata al Más Allá.

—La luz más allá de las murallas…

—Una luz vetada la masa sucia e ingente. A la progenie descerebrada. Del Sector 6 eres y allí retornarás. —Una voz cavernosa y tan hedionda como un abismo cortó con su afilada prontitud el tenue silencio del apartamento. Un hombre alto vestido con lo que parecía una gabardina estaba levantado en la oscuridad.

— ¿Quién eres? —L desenfundó su pistola y apuntó con todo su brazo tensado a la silueta ennegrecida.

—Nadie.

— ¿Quién te envía? —Se irguió pesadamente sin apartar sus ojos de la presencia.

—La Ciudad en toda su plenitud.

— ¿Qué?

—Ella ha tomado una decisión L. La decisión de que tú debes desaparecer. De que jamás puedas ver la luz más allá de las murallas. De que no puedes seguir viviendo.

— ¿Qué coño es esta mierda? —disparó retorciéndose de dolor por el retroceso y un costado fracturado. La bala rebotó en una superficie pulida y metálica. Juraría que lo había disparado a escasos centímetros del corazón.

—La Ciudad debe vivir. Persistir por el bien de su creador, por el bien de sus constructores, por el bien de sus habitantes. Ecuánime. Por encima del ego. Y tú, eres una amenaza para su orden.

—Vaya gilipollez. —El hombre se rio ligeramente. L volvió a erguirse preparándose para usar su última bala.

—No esperaba que un ciudadano inferior como tú sometido a la pena ancestral del hambre y discordia fuera a fingir que lo entiende.

—Me alegro haberte sorprendido. Ahora, si…

—Nadie tiene derecho a decidir sobre su destino. La Ciudad es muy caprichosa. Ahora muere.

L agarró con sus dos manos la culata del arma. Disparó. Chasquido. El hombre levantó la suya. L cerró los ojos. Sonrió amargamente, como cuando su padre le enseñó a volar una cometa en un callejón atiborrado de cables y neones. Y se desagarró. Embellecida por melancólicos neones, su existencia palpitó y se desvaneció en la inmensidad.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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