Un último baile

—Me gustaría bailar contigo…

Claro.

—Uhmmm… La noche… es tan bonita… tan sugerente.

La noche es toda tuya.

—Ja… Es de ambos.

Claro.

—¿Qué me querías contar?

El negocio de esta mañana.

—¡Ah! Es cierto. Tu trato con aquel sujeto de los bajos fondos… ¿Cómo ha salido?

Cien kilos el paquete de nanotipos de novena generación.

—Uhmmm… Ya veo… Aunque podría estar mucho mejor.

¿Bailamos?

—Vamos…

Se abrazaron oscilando lentamente como el péndulo digital del reloj carillón de la plaza. A solas en una habitación iluminados por las ráfagas que provenían de los rascacielos neónicos, resplandeciendo como hogueras en océanos de oscura incertidumbre. Partenones reluciendo en un espacio infinito, lóbrego e impenetrable. Solos. Bailando con una triste canción de blues de fondo mientras los transeúntes ignorantes se desplazaban como muñecos de trapo por las acercas, recorriendo las avenidas guiados por una persistencia vacía…

Varios aerodeslizadores cruzaban los ventanales rompiendo el silencio, el tenue silencio que se enroscaba como una serpiente a ambos amantes. El tiempo cíclico que todo regenera y consume. La muerte anunciada de una vida sin existencia. Una triste trompeta resonando de fondo, arrastrando unas notas que se perdían por un microcosmos de ilusiones y sueños incompletos, tan imperfectos como ambos amantes.

—Vamos a conseguir irnos de aquí…

No lo dudes.

—Nos iremos de esta ciudad para siempre. Para siempre. Tú y yo. Para siempre.

Para siempre.

—Júralo.

Para siempre.

Ella sonrió ligeramente entre los brazos de su futuro marido. Radiante como las estrellas de un cielo opacado por el humo industrial y la contaminación de gases nobles que todo lo devoraba como un Saturno. Morada de desilusiones y corazones carbonizados. Vida infame.

—Estoy deseando irme… No te lo puedes ni imaginar. Será todo un sueño. Ver el auténtico mundo. El planeta. La auténtica realidad. No estar encerrada aquí como si estuviera en una tumba.

Saldremos. No te preocupes.

—¡Te amo!

Sus palabras se acompasaron con la triste canción de blues que hacía retozar sus últimas notas por un callejón sin salida, donde humaredas grises difuminan dos cuerpos. Eran inidentificables; quiénes eran, no importaba. Dos anónimos en una ciudad tan anónima como ellos mismos. Dos fiambres más tirados en el asfalto.

Dos jóvenes amantes henchidos de unos sueños e ilusiones tan brillantes como las estrellas.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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