Un escritor enclenque

Si Pickman hubiera perfilado mi retrato en este aciago momento, una maldición superior habría caído sobre su hogar y sobre sí mismo, pues los gules son meros gnomos comparados con mi terrorífica estampa. Si me hubiera visto, habría huido y llamado rápidamente a la policía. Vaya ahora que su oportunidad es gustosa, encontrándome postrado en un banco decrépito a merced del Tiempo y el Accidente. Arrullado por la noche, en mis horas más bajas, me recrimino y sollozo en la más pestilente de las anomias.

Nunca fui un erudito de las Letras ni de las Matemáticas puras, pero seguro estoy que en el interior humano existen varios estados y yo heme enfilado en el considerado como duelo. Pues en un duelo combato. Una extraña dualidad consagrada entre lo dionisíaco que es el valor de la vida auténtica y el resurgir de las cenizas, y lo apolíneo que me incita a desmerecer mi poco seso y proseguir el camino de la boyante rectitud a costa de una conciencia perfilada y demacrada, encaramada en un balcón desde el que observa el planeta como una tercera persona; pues el narrador omnisciente de su destino es un dictador presuntuoso y misericordioso que con tacto evita todo dolor en favor del hedonismo. ¿Primera o tercera? Explíqueme, señor, cuál sentir he de profesar.

Nada más que desesperación, joven escritor enclenque, nada más que abrasiva desesperación que relama tus huesos hasta penetrar en los tuétanos, absorbiendo todo aquello que te hizo una vez persona. Permite que la espada de Damocles aplique justicia divina sobre tu umbrío porvenir, que enrevesado está en un intermedio que no es ni material ni extraterrenal. Percibes lo que tus atenuados sentidos mortales atinan a captar, mas tu mente desatina con el procesamiento de la sensación y formación del sentimiento. Muerto en vida estás, tan sólo quedándote fenecer en esencia. Joven indolente, tu estado del alma es genuinamente deplorable. Así que, ¿qué te ata a la civilización que tanto te anula ignominiosamente? ¿Acaso esperanza? ¿En ese cercenado y agrietado caparazón todavía queda cupo para la hipócrita esperanza?

Quizás sea así, cuervo. Quizás esté perdido en una marejada de cavilaciones incoherentes originadas por un revés en mi vida tan abrupto. Pero, ¿esto acaso no es un preludio? Fiel a mis ideales, estoy dispuesto a sacrificarme y escribir con sangre lo dictado anteriormente. Aunque, está claro, que tal cosa es imposible de tramitar sino es para uno mismo. ¿He de ceder, cuervo? ¿He de ceder en una metamorfosis que mancille mi conciencia y dé lugar a una sombra, a una ceniza andante de movimiento oscilante en un mundo inmutable? Indeciso estoy. Tan desaprensivo con el entorno y desmoralizado, que ni una lágrima de soslayo se atreve a derramarse por mi pétrea faz.

El cuervo, como una réplica retórica, extendió las alas y voló. Voló a ninguna parte. El escritor enclenque vio en ese movimiento la más majestuosa muestra de qué debería haber sido pero jamás aspiró a ser. Un cuervo, libre, negro como la noche persa, arremetiendo con su batir contra la civilización a la vez que recibía los envites de sus congéneres. Semper fidelis a una causa perdida que conllevaba como pilares intrínsecos la soledad y la desavenencia. La perfidia. ¿Ésa era su meta?

—¿Podría mandar más escritos? Sé que puedo hacerlo. Puedo cambiar de género si desea. Ciencia ficción, thriller. Puedo hacer cosas infinitamente más comerciales. Pero, desde la óptica que le he detallado.

El editor se regodeó con la última calada al cigarrillo a punto de extinguirse. Su cabeza, contorneada por una gris y macilenta luz, trastocaba su aureola con un ladeo de izquierda a derecha. Un signo universal no inadvertido por el pobre escritor enclenque.

Aprisionado por las sombras ignotas de un callejón erosionado por ventiscas malolientes prendadas de humo y vapores tóxicos; resaltado en las penumbras por una Luna que cantaba en griego la tragedia de un ser tan patético, andaba bamboleándose. Balanceándose como el péndulo encima del dramático pozo. Perdido ante la tempestad.

—Mire, sé que le haría mucha ilusión que le aceptáramos ésta o cualquier otra. Pero, el problema no es su ambición y tampoco sus ideas, sino el enfoque. Llevo más de 40 años en este negocio y le puedo asegurar que algo tan barroco, tan pedante, tan recargado y tan sumamente intrincado es imposible de vender y mucho menos que la gran masa lo disfrute y sienta el placer estético clavándose a fuego en sus retinas. No se lo tome a mal, pero en serio, si de verdad pretende ser alguien con algo como eso y encima vender y alcanzar reputación, va por mal camino. Señor, estamos en el siglo XXI, no en el XIX. Debería acomodarse un poco más a lo que el público exige y no a lo que usted quiere exigir al lector. Así que lo siento, no puedo aceptar esto. Compruebo que es testarudo e insistente, pero no, lo siento mucho. No podemos. Tenemos que comer al igual que usted, y esto tiene más riesgo que unas inversiones mal efectuadas. Si de verdad quiere triunfar en el mundo, cambie de registro y demuestre que vale escribiendo, yo que sé, sobre la amistad, sobre el amor. Ya sabe, ese tipo de cosas que tanto se han puesto de moda y que a todo el mundo le atrae porque son fáciles de tragar sin demasiados esfuerzos. También son fáciles de olvidar, pero si se da suficiente publicidad hará que esos lectores recuerden su novela con gran nostalgia. Seguramente no se la volverán a leer, pero una compra es una compra. Lo demás, es secundario. Oh, venga, no me mire así. Es la pura realidad del negocio y usted no me lo va a negar. ¿Estoy generalizando? Es lo bueno de ellas, que algo de verdad contienen y a veces se acierta, como en las leyendas. ¿No me diga que es la centésima vez que un editor como yo le dice lo mismo? Vaya, hombre, pues si cien personas le han dicho lo mismo es por algo, ¿no cree? Bueno, sólo le puedo decir que tenga mucha suerte con sus futuros proyectos y que se aplique lo comentado y ya verá como todo le irá mucho mejor. Buena suerte y hasta siempre.

¿Qué haces, escritor enclenque, tumbado en el sofá como un borracho trasnochado? ¿Eso es lo que da de sí toda tu genialidad e ignífugas pretensiones? Quiero que la mortaja me cubra. ¿Acaso crees que el talento y el librepensamiento son recompensados en la Edad de Bronce? Hombre de bronce, ése soy yo. Aunque encuentres a un ser que deposite en ti un mínimo de afecto, el sarcófago que te cubre es perpetuo e irrompible. ¿Qué te mantiene? ¿El remordimiento de conciencia o tu afán de sobresalir? Había sido la individualidad. No plegarme ante nadie que no sea mi consciencia, señor, pues a usted le pongo por testigo que juré no arrollidarme ante la banalidad, la simplicidad y el deshonor del hombre moderno, esclavo y decaído que sueña con mansiones de oro plastificado en una infantil ensoñación reproducida por una cadena de televisión. Mi aspiración era ser único y plasmarlo con ardor espartano en mi manifiesto.

Tu injerencia es elocuente. Tu tenacidad sorprendente. ¿Crees que quien es testigo de esta atípica situación te estima como un fracasado? ¿Eres tan ingenio? Que el juez piense de mí lo que quiera. Que confiese la estupidez efímera que ha sido mi persistencia. Adelante. Estoy provisto de armadura y con una intención que poco a poco se esclarece como una traviesa musa.

¿Qué es aquello que te aguarda tras el telón, escritor enclenque? Tantas oportunidades fallidas. Tanto dinero perdido. Tantos sueños rotos. Tantas esperanzas nubladas y puertas cerradas. Dime, dime, dime, dime. ¿Qué es? ¿Sobre qué figura se posa el foco principal? La muerte. ¿La muerte, escritor enclenque? ¿No sería más benigno cejar en tu empeño y rehabilitarte? ¿Entrar de lleno en un mundo feliz? No… No. ¡No! La muerte antes. La Humanidad a la que pertenezco no quiere aceptarme en su Olimpo de dotados y sobrehumanos. No sé si existirán otros egos descarriados como el mío, porque en mi círculo son tan transparentes e invisibles como mi apego por la supervivencia. ¿Lo intentarás de nuevo? ¿Has llegado al anochecer? Esperé cruzar el ocaso y hacer el amor en el atardecer de los eones. Esperé. Esperé… ¿Qué te queda? Mi futuro se ha esfumado como un ladrón en la noche y nada más se sabrá de mí salvo el esperpento que se encuentren en este lóbrego apartamento afianzado como un parásito en este entramado compacto. Lo intenté y fallé. ¿Qué harás? Dejarme arrastrar por la laguna Estigia. Habitar en mi propia quimera.

Afianzó sus músculos sobre el sillón de su escritorio. Encendió una lámpara. Las tinieblas se escindieron por la luz y el reino de aquel que acecha en el umbral se contagió de una jovialidad insaciable. Y escribió. Agarró una pluma con la diestra y escribió. No hay obstinación más pura que el acto de la inventiva. Sentir como un calidoscopio intangible gira y gira como las estrellas errabundas del firmamento. Un mundo de las ideas imperfecto donde el compás del bolígrafo rezumante de tinta acoge la Creación como Hacedor. Una nueva historia. Un párrafo, dos, tres, cuatro. No existen los guiones, ni las tramas, ni las ataduras. Pura libertad y tu cerebro restalla de fervor indómito.

Desatado, el escritor enclenque fue capaz de adormecer la inocua formalidad y renacer la intransigencia latente. En un folio en blanco. Cuando su inspiración se le aparecía y follaba intensamente con él en un romance tan distante e irreal como la pluma que sostenía.

Rumbo al Shangri-La, el escritor enclenque, fracasado, inútil e incompetente fue absuelto de su pena máxima, arrastrado por sus seductoras pesadillas, por los súcubos que se arrastraban por sus sábanas en sus instantes de pesadumbre cuando los cielos se precipitaban primorosos sobre su cabeza. ¿Son las quimeras la salvación del escritor enclenque? Si es así, él quería vivir eternamente con ellas. Quería formar parte de ellas. Integral, como una prolongación de su entelequia, exigía trascender.

Trascender. Trascender. Trascender. Trascender. Trascender. Trascender. Trascender.

¿Lloras, escritor enclenque, lloras desconsoladamente en un lugar como ése y en una postura como ésa? Lloro de alegría señor por haber discernido la respuesta. La desdicha es mi sino; asumida, sólo en el descaecimiento la paz me encumbrará. Para ello, he de partir. He de partir ¿Partir adónde? Pregunté sorprendido. Partir.

Martes, 13 de febrero de 16XX.

El mar del levante rugía desde estribor con unas ganas embriagadoras para ser esta época del año. Estas brisas solo me hacen rememorar las tierras marmóreas de mi amada España, a la que tantas canciones se le dedican en este Galeón de Manila procedentes de las exóticas Filipinas, un paraíso resplandeciente que el mismo Felipe II bautizó con la grandeza de su nombre. ¡Grande España! ¡Cuánto te echo de menos!

Hace un mes que no sé nada de mi amada Carla. Espero que en Sevilla esté bien y con buena salud. No querría que su merced fuera contagiada y yo llegase con mal pesar y la sorpresa del entierro en cuanto pusiese un pie en las doradas costas. ¡Qué mal rayo me parta cuando pienso en tales sacrilegios!

Martes, 13 de febrero de 2XXX.

Hallado el cadáver de un hombre de apenas treinta años en su apartamento. Todas las investigaciones apuntan a un suicido que se efectuó con el bolígrafo que el mismo hombre portaba en su mano derecha, usado para penetrar su tráquea y fallecer asfixiado.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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  • Lau A.

    ufff no puedo con los textos tan recargados :

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