Tharlbrak

Cerivm VIII

Anticlímax

Superada la caverna, a la luz de la luna llena, Wynthakty atisbó la cabaña de madera en la cima de un promontorio de aterciopelada hierba. Propulsado por una ansiedad ineludible, ascendió por una de las laderas esquivando piedras sueltas y guijarros que se le clavaban en la planta de los pies.

La veo, Dios. ¡La veo, la cabaña alzá sobre lo alto del altozano! Bon Dios, escúcheme, ¡la veo! ¡Podré ganarme finalmente su favor y alcanzar la catarsis cue me perjuró! ¡Bon Dios, escúcheme! ¡Su creencia en usté hará resoniar mi nombre como el de un mártir! ¡Escúchemie!

Terminado su alocado ascenso, corrió hacia la puerta ignorando la aflicción de sus extremidades. Su júbilo se desbordaba y no había pinchazo ni reguero de sangre, procedente de las cicatrices abiertas y de su entrepierna, que pudiera contrarrestar su efecto.

Agarró el pomo y deslizó la hoja con tanta rapidez que el umbral tembló. Wynthakty no se molestó en cerrar la puerta y se adentró en la negrura del interior, acostumbrando su vista a los débiles rescoldos de luz arrojados por la luna.

¿Dónde he de ponier el amuleto?

Rebusca por la pared del fondo, humano.

¿Cué objeto es?

Un cofre.

Wynthakty trotó hacia la pared del fondo. Cuatro armarios cerrados flanqueaban un espacio central. Con gran empeño, apartó el menos pesado hasta abrirse un hueco. Pegado a la pared, se atrincheraba un baúl con forjas de obsidiana recubierto de inmundicia y deposiciones de ratas e insectos.

Se apropió del medallón, deshaciéndose de la bolsita, y buscó su correspondiente abertura. En un primer vistazo, nada vio. Palmeó todas las ubicaciones posibles, pero no se topó con ninguna hendidura. Un efervescente nerviosismo se adueñó de sus manos que, frenéticas, manoseaban con insistencia cada palmo, cada tabla, cada remate.

¿La ausencia de clímax te enerva?

Wynthakty desoyó a Dios, empeñado en encajar el amuleto. En la parte trasera, a ciegas, sus manos se toparon de nuevo con la nada. Mareado, con un vómito revolviéndose en el filo de su garganta, se fijó en el amuleto. Un trozo de madera. El mismo trozo de madera con el que el monje había tapado su boca.

¿Cué significa esto Dios? ¿Cué significa?

¿Acaso la obviedad se te aparece ajena?

Yo creí en usté. Usté es Dios. Usté…

¿Rechazas el don divino que se te ha sido otorgado?

¿Don? ¿Cué don? Descargó una patada contra el baúl. ¡¿Qué don malditia sea?! ¡Un puto taco de madera! ¿Es éste mi don?

Dulce decadencia. Tú, humano, descerebrado y maniatado por las superfluas ondas del Tiempo y el Espacio, ¿crees acaso que mereces ser divinizado? ¿Que con tu figura frágil y devastada mereces ascender a la categoría de semidiós, de dios, de divinidad? Poco más que un estorbo, una masa de carne amorfa que deambula por un periplo no correspondido. No, tú no mereces el sorbo de la ambrosía, el abrazo de las esferas, reunir un ejército de ángeles. Tu misma persistencia te anula, te reduce a una máquina de barro insuflada con el hálito de lo perecedero. Por ello, tú único merecimiento converge en el sometimiento a mi voluntad y, como contraparte, un don inigualable.

¿Cué don…

Whyntaky sollozaba desconsoladamente, sentando encima del cofre.

El éxtasis de la aniquilación.

El éxtasis divino… Lo cue sienten los dioses… Cando maté pude haber sentío un orgasmo y haber alcanzo la Ascensión si mi miembro hubiera estao en su sitio. ¿Esto lo práctica poca gente?

Exclusivamente aquellos que selecciono. Esta primera experiencia te ha proporcionado un extracto de lo que se avecina.

Whyntaky rememoró a Hem’cla postrada muerta sobre el suelo de su hogar con el ceniciento brillo de la muerte reflectados en sus verdes ojos. Recordó la satisfacción que bombeó su corazón mientras manoseaba sus senos, mientras sus dedos acariciaban su húmido interior. Lo que le habría gustado seguir teniendo pene. Entretenerse con la violación, con el puro sexo, la única necesidad que había anhelado en prisión. Sin embargo, lo que más había despertado su instinto fue la rigidez de su cuerpo, su hierático rostro que se le desvelaba como hermoso, impertérrito al tiempo.

¿Y con ese don podiria ganiar todo lo cue quiero? ¿Todo lo cue siempre deseé? Podiría repetir la experiencia con Hem’cla…

Todo.

¿Podirié hasta recuperar mi pene, mis testículos, pa seguir complaciéndome?

Podrás.

¿Y para ello sólo tenio cue repetir este viaje allá adonde mis pies anden? ¿Allá donde su voz me arrastre?

Recoge tu amuleto. Cruza el último umbral. Ante ti la Tierra se inclina. Rige. Sirve. Glorifica tu don. Personifica el eterno retorno del viaje interminable. Destruye, humano, pues eres el héroe de Dios. Me escuchas. Dudaste. Obré un milagro y te aseguraste mi amparo. Este viaje constituye la prueba definitiva que confirma tu lealtad y heroicidad. Cree, humano, conduce tus pasos hacia la ciudad del este y allí el vicio carnal te inundará de tus arrebatados deleites. No me interrogues. No te turbes. No te acobardes. No titubees. Perdiendo el tiempo estás.

Whyntaky redobló la intensidad con la que aferraba el circular amuleto. Se levantó. Enfocó sus ojos hacia la puerta abierta, hacia la agreste explanada nocturna. Un último motor inmóvil comenzó a funcionar alocadamente en el núcleo de su espíritu. Un paso hacia delante. Dos pasos.

Perdón por la desconfianza, pues no he supío ver cue verdaderamente soy el elegidio por Dios cue fue rescatao por un milagro de las fosas del calvario. Soy el héroe de Dios, agraciao por el don de la aniquilación que reemprende su camino a la civilización con el cometio de plantar la simiente de la desolación. No tengo otria razón de existencia. Eres el héroe de Dios que debe cargar sobre sus espaldas la penitencia de tu raza. Soy el héroe de Dios cue, tras sufrir la inclemencia, porta en sus brazos los mandamientos de la resurrección. Eres el embajador de la Deidad que profetiza un apoteósico destino. Soy el embajador de la Deidad cue demuestra su vínculo con este amuleto.

Tres pasos. Cuatro pasos. Cinco pasos. Seis pasos. Siete pasos. Ocho pasos. Nueve pasos. Diez pasos. Contacto con la hierba. Once pasos. Doce pasos. Vientos congelados. Trece pasos. Catorce pasos. Aullidos. Bestias. Quince pasos. Dieciséis pasos.

—Regreso… Regreso… Regreso… Regreso… Regreso… Tenio que regresar al mundo del que provengo y abedecer… Tenio que regresar al mundo del que provengo y obedecer… Tenio que regresar el mundo del que provengo y obedecer… Obedecer… Porque si no Dios me abandonará… Me abandonará… No soleiedad, no sufrimento, no lágrimas… la Deidad… Sólo tengo que creer… Creer… Creer… Cree… Cre…

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Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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