Tharlbrak

Cerivm VII

Mascando ápice trémulo anodino ligero afligido de la pinza de un cangrejo

Hem’cla avivó el fuego central de su modesta choza. Jaulas para cangrejos, utensilios de cocina, garfios, especias y una heterogénea cantidad de inclasificables enseres colgaban de ganchos enclavados en las tramoyas del techo. Estanterías deslucidas por el uso cubrían las paredes este y oeste, decoradas con bustos y tallas de maderas de animales silvestres y sobre todo lobos, representados en una multitud de posiciones y variantes cromáticas. En la pared sur un inmenso cangrejo de playa presidía un altar dedicado a los dioses del viento y de las mareas. En todas partes, había clavados pergaminos sobre pedidos y ordenanzas mercantiles.

Wynthakty, emplazado enfrente de Hem’cla, se afanaba en tapar su cuerpo, sosteniendo ambos extremos con una pinza prestada por su anfitriona. Su bolsita descansaba en el hueco descrito por sus piernas cruzadas. Su estómago se disolvía con el apetitoso aroma de una sopa de carne de cerdo cocida con tomillo y verdiclara. Hacía milenios que no había probado un manjar tan elaborado y delicadamente cocinado.

—¿Le gusta poco hecho o mucho? —Hem’cla echó sal al espetón.

—Como a usté le place.

—Entonces le sirvo ya.

Wynthakty acercó su cuenco, lloriqueando por la felicidad que le prodigaba una comida decente. Hem’cla se sirvió el suyo y se acomodó sobre un cojín de rosáceos estampados geométricos. Posó una mirada fija sobre los dedos sin uñas de su invitado.

—Pareciéme una indiscreción, pero, ¿Qué la pasao en las manos?

—Tuve un accidente en una carpintería. Las astillas se me metieron en las uñas y no hubo otro remiendo.

—Pobre, debió ser doloroso. —Sorbió un poco de sopa.

—Mucho. —Masticó un trozo de cerdo.

—¿De ande es?

—De ande se posan las brumas en la tierra, bona Hem’cla. Allá en el norte, donde terminan los límites de la provincia de Hew. Nací en un poblo de honestos mercaderes y carpinteros. —Tragó más cerdo. —Por su acento adivino que es del este.

—Sí. Soy de la costa. De Egelsu, la ciudá portuaria más importante de mi provincia.

—Bella ciudá, dama. Muy bella, ciudá. Una vez estuve con unos amigos, más joven cue ahora, y me pasé por su avenía principal, mirando los barcos y a los vigilantes que hacen ronda por el puerto. Hermoso, hermoso. No he vito cosa más serena y prendá de virtudes que su ciudá.

—Me siento halagá. No supía que alguien pudiera gozar tanto de mi hogar.

—Pos sí, bona dama. Gozo más cue poseyendo un matojo de oro, como dice el refrán.

—Estoy segura de podrá relatarme más que una historia para esta noche.

—Puedo contá una anécdota cue me sucedió en un comercio del puerto.

—Cuente, cuente. —Otro sorbo de sopa.

—Pos me encontré con una moza de buenas curvas sentá sobre uno de los postes del puerto. Me acerqué a ella. —Tosió. —Y le pregunté cue cué hacía por allí tan sola y tan depresiva.

Mátala.

Me respondió cue su mozo se había tirao a la mar un intempestivo día y no volvió a aparecer.

—Ah, típica historia de puerto. He escuchao miles desde que mi madre me alumbró.

—Pos entonces no sé qué contala, si ni siquiera me deja acabá esta porcuue ya la conoce, y las otras sabrá de sobra cómo empiezan y terminan.

—Pos entonces comamos hasta que se le ocurra algo mejó.

Mátala.

—Eso espero, porque la noche todavía es una niña. —Ascendió una comisura de sus labios. Sus manos tiritaban levemente. Una acuciante incomodidad se adueñó de su espíritu. Dios le había hablado en unos términos execrables.

Buen Dios, ¿por cué me pides cue mate a esta mujé? Ella es bona, ella es simpática. ¿Por cué debo hacerlo?

Enlazaste tu porvenir a mis designios.

Lo sé, pero ¿esto es necesario?

Ella te matará en su lugar. Hazlo, te exijo.

¿Ella estará dispuesta a tal coisa, bon Señor? Pero mírala, está ahí empeciná en na más que desmenuzar con los dientes un trozo de queso.

Como trampa del insensato se designa a la apariencia. Mátala y desencadena tu pasión sobre sus ardientes restos. Desata sobre ella la furia resentida que te carcomía en el desmoralizante presidio. Arroja sobre ella la rabia consentida que fue retenida por tu encierro. Satisface de esta burda manera mi insondable voluntad y acostumbra tu conciencia al cándido abrazo que te aguarda en la terminación de tu empresa. Hazlo te digo, si no quieres que el abandono se transforme en la manta que cubre tus escarmientos.

Dios, escucha mis plegarias, ¿por cué he de volver a actuar con crueldad? Usté es sereno y beno, no un maleante ordinario cue caza a las putas para agenciarse su paupérrimo beneficio.

¿Dudas de mí? ¿Esquivas tu cometido?

No, buen, señor. Jamás dudaría de usté.

No vaciles y cumple. Dios te lo ordena. La Deidad te lo ordena. Despréndete de la hipócrita máscara.

Pero yo sempre fui un holgazán cue, por no aprendier trabajo, me metí a criminal especializao en hurtos menores y un aborto de robo mayor. Yo quero ser un modélico héroe, como el de los cuentos para críos. No un asesino.

¿Y por qué un asesino no puede ser galanteado como un héroe?

No sé, porcue representa algo malo.

Desata tu limitadas éticas y morales humanas, relativiza tu sentir y comunícaselo a esa mujer como el héroe de Dios en el que te has convertido. ¿Escuchas la certeza universal de Dios y la contradices con imperfectos rudimentos mortales?

No, señor. Usté me salvó, me regeneró y me ofreció segonda oportunidá.

Hágase mi voluntad.

Espero que mi desempeño le complazca, pos soy un inexperto en la lucha desnúa y con armas.

—¿Va a queré algo más? —ofreció Hem’cla todavía sentada, chupándose una gota de sopa que se deslizaba por su mano derecha.

—No… —Arrastró la entonación. —No quiero, muchas gracias.

Hem’cla advirtió un cambio repentino en su porte. Espontáneo, instantáneo, el afable Wynthakty marcó los rasgos de uno de los muchos presidiarios que se cargaban en los barcos para cumplir pena de muerte siendo arrojados al mar. Lo reconoció instintivamente. Relacionando las uñas arrancadas con los labios descarnados, las muchas cicatrices y la inmunda manta; concluyó que Wynthakty no era un virtuoso de la rectitud, como conjeturó durante su primer encuentro. Desplazó su mano izquierda a su espalda, desenvainando un estilete.

—Ha estado muy beno. —La sequedad de su habla delataban una pecaminosa determinación. —Usté cocina realmente bien.

Hem’cla se arrojó sobre el intruso. Descargó sobre su pecho la fuerza de sus entrenados brazos, con el estilete apuntando a su corazón. Wynthakty los enganchó sus deteniendo la trayectoria de su puñalada. La mujer enardeció su brío, pateando con su rodilla izquierda el muslo del traidor. La batalla pareció decantarse por Wynthakty. Cerró los puños y apretó sus escasos dientes. Las venas destacaban sobre sus quejumbrosos brazos y Hem’cla observó por primera vez la marca del Tharlbrak. Tharlbrak. Una desorientación, una flaqueza en su compostura, y Wynthakty recogió el estilete propinándole un tajo en su cuello que le partió la garganta. De la grieta rezumaron litros de vítreo líquido que bañaron su torso y la parte inferior de su cabeza.

Con una grácil sacudida, empujó el fiambre de Hem’cla y se posicionó de rodillas encima de ella. La miró, gratificado. Dentro de él afloraron sentimientos y emociones primarias. Rememoró el episodio de la moza que violó en el compartimento de carga de un barco. Quitó de un manotazo la camisa que cubría sus pechos. Posó, acto seguido, una mano sobre su blanco seno. Lo estrujó con fuerza, intensificando la sensación originada por su tacto. En su entrepierna no había pene que se erectase ni testículos con los que rellenar su dispuesta vagina, de modo que exclusivamente podía contentarse con un movimiento tan degradante.

¿Prometes, ¿Dios, cue, si alcanzo la choza, me devolverás mi miembro? ¿Cué podré volver a disfrutar del éxtasis del salvaje sexo?

Lo prometo.

Gracias, Dios. A usté le debo todo lo cue usté quiera.

Introdujo los dedos en su vagina. Jugueteaba arañando sus paredes.

Ojalá podira meter un pene. Ojalá podira. No habría na más grato cue ello. Ojalá. Pero la maldición de mi via me los cortó en la cima de mi virilidad. No poder disfrutar siquiera de algo tan placenterio. Aunque sea recíproco, aunque sea forzoso, poco me importa con tal de correrme del gusto. ¿Es eso lo que me agarda como recompensa por mi aventura, bon Dios?

Éstas y otras muchas, tan sólo prosigue.

¿Debería arrepentirme? Matá es una ocurrencia, bon Dios, que a mí jamás se me habría pasao por la cabeza. Yo, cue he robao a otros parroquianos y que he sido marginao por la justicia de mi provincia, del reino y del continente.

No sientas arrepentimiento alguno, humano.

Yo creo en ti, bon Dios, por eso me aferro con ingualable fuerza y paciencia a lo cue me dictes, pero, no pueo reprender la obtinación de cuestionar mis propios actos. Usté ha afirmado cue debería relativirizar mis sentires sobre lo cue la sociedad impone sobre lo malo y clemente. ¿El monje cue me apresó y me torturó se podiría considerar como bueno a sus ojos? ¿El alcaide cue me retuvo en aquella pútrida celda puede ser visto como el malvado? La incógnita me nubla y se me apareice irresolubile. Nunca pensé cue ningún Dios me diría semejantes palabras, cue cometiese asesinato; pero mírame, usté ha dicho que un desgraciao como yo soy el mismísimo héroe de Dios.

Acude a la caverna, humano, cruza de una maldita vez y detén tu algarabía de cuestiones absurdas. Marcha de una vez.

Allí me dirigiré, bon Dios.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

También puede gustarte

A %d blogueros les gusta esto: