Tharlbrak

Cerivm VI

A quién conoces

La impronta de sus pisadas descalzas delimitaba un sinuoso sendero por el margen oriental de un caudaloso río. Pese a estar abrigado con su apropiada manta, las brisas levantadas por el crepúsculo entumecían sus músculos y sus injuriadas articulaciones. Sin embargo, inspirado por una potencia desconocida, Wynthakty transitaba enérgico por un atajo recomendado por Dios. Sus oídos, anquilosados por el cambio de presiones, no codificaban otro rumor que el de una cascada cercana, al norte.

Dios le había estado indicando el recorrido exacto desde el comienzo de su periplo cuando, con descomunal esfuerzo, encontró la salida del monasterio. Además, preocupado por las complicaciones derivadas de su tormento, encontró consuelo en las acertadas palabras de un Dios que le alentaba a proseguir sin entretenerse con ese tipo de nimiedades inconsistentes. Dios lo había sanado. Lo había imbuido de una determinación tan arrolladora como las olas que rompían contra los acantilados. Estaba seguro, a salvo, y se encaminaba hacia la misteriosa cabaña de las montañas. Solamente necesitaba una voluntad suficiente que lo mantuviera enhiesto y presto a su resolución.

En poco tiempo, en apenas unas cuantas millas, avistarás la entrada de una grieta en la que deberás internarte, le orientó Dios al alcanzar la orilla. Y Wynthakty supo inmediatamente que la sinceridad caracterizaba al gran Dios, con el que nunca esperó que asentaría una conexión tan especial.

Se detuvo unos instantes a apreciar el movimiento de los salmones que nadaban indiferentes, sorteando las rocas y siendo arrastrados por las corrientes. Suspiró largamente. Un salmón, en eso le gustaría reencarnarse cuando muriese. En un plateado salmón de dos colas. Dos colas sonarían ilógicas hasta para el pescador más avezado, aquél que siempre murmura sobre criaturas inmensas tentaculares o dioses subacuáticos que dormitan en siniestros templos encaramados en el cenit de perdidas ciudadelas. Mas, escasamente le importaba cómo el gentío enjuiciase sus inquietudes existenciales. Después de Dios, su petición exhibía inaudita congruencia.

—¿Quién es usté?

Wynthakty ladeó su mirada. Una delgada y castigada mujer se había posicionado a su derecha. Portaba en ambas manos trampas para cangrejos. Sus facciones denotaban un clarificador interés, sin afán de hostilidad. Un minúsculo cangrejo se debatía con una rama de su jaula, emitiendo un molesto repiqueteo con sus pinzas. Ella arqueó las cejas, interrogante. Él se giró en todo su cuerpo, teniendo cuidado de que la manta cubriese escrupulosamente su pecho, entrepierna y la mayor parte de sus brazos y piernas. El contacto visual establecido forzó a Wynthakty a contestar inmediatamente.

—Wynthakty. Estaba nadiando por el río éste tan bonito. —Se apretujó un poco más la manta, fingiendo que hacía unas horas había emergido de las aguas. —¿Y usté quién es?

—Hem’cla la Cangrejera. Vivo en una choza allá arriba, ande la cascada. Me dedico a los cangrejos. Los mato pá venderlos al monasterio y al mercao que ahí allá en el pueblo. ¿Quiere alguno? —Le enseñó las jaulas. Las visitas inesperadas debían constituir una parte fundamental de su trabajo, sean de villanos, convictos o afables campesinos. Por su acento, debía ser oriunda de las tierras del Este.

—No gracias, bona mujer. Pos no tengo dinero alguno, ahora mesmo. Tengo lo que llevo puesto y poco más.

—¿Algún bastardo malnacio que le robó allá en el río cando nadaba?

—No sé, bona Hem’cla. Sólo sé cue cando salí de este precioso río me di de bruces con la mala fortuna y saqué na más que esta pobre manta y esta bolsita ande guardo un amuleto de mi abuelo.

—Entiendo. —Analizó escrupulosamente al desvalijado nadador. —¿A qué vene ese aspecto? ¿Esos labios? ¿Esas cicatrices en la cara?

—Soy soldao retirao del ejército del norte.

Hem’cla pareció aceptar su patraña con reservas.

—Beno. ¿Acarreba mucho?

—Una armadura sin limpiar y un escudo con el pendón de Klherjil.

—Es de bona estirpe. ¿Ha comío algo, antes de que los ladrones le asaltaran?

—No. No tuve la suerte.

—¿Tene intención de irse?

—Sí, ancue mi regimento está lejos.

—¿Y qué va a hacier?

—Intentar comier algo.

Hem’cla se ensombreció.

—Bueno, ¿por cué no viene a mi casa a comier ese algo? Así se va satisfecho sin necesidá de tirar por otros medios.

—Si no supone mala molestia. Me encantaría compartí asiento con usté. Comer un poco, aunque sea. No mucho. Con un cazo.

Examinó su gesticulación, intuyendo sus disimuladas intenciones. El convencimiento no definía correctamente la expresión de Hem’cla, pero tampoco rechazaba su irreal pasado.

—Sígame. Le invitaré a cená.

—Muchas gracias, bona Hem’cla.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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