Tharlbrak

Cerivm IV

Machina Ex Deus

Amarrado de pies y manos con grilletes de metal reforzado, estirado en su máxima longitud sobre un rectangular altar salpicado por las gotas de las docenas de sacrificios que le antecedieron en el puesto, su mudez ensañaba la incontenible exaltación del impío monje que canturreaba a Mnar, a las Tierras de las Brumas, a las montañas de Jerratl, a las costas y a los siete mares que bañaban los seis continentes de la Tierra. Cantaba a las musas, oh Melpómene, tú que tañes las notas armoniosas de las más atronadoras anomias. Tú que recitas la tragicomedia que conlleva la amarga persistencia. Y el monje profería una sarta de empíricas cavilaciones sobre bueyes desollados y el producto de la técnica sobre el humano. Paralelamente, desorientado por un golpe seco en la sien, Wynthakty sobrecargaba sus músculos de un terror indescriptible y su espíritu de una estulticia temible.

—No te preocupes, hijo. Tu ofrenda será en sumo grado apreciada con deleite. —Extendió una tela de cuero que mostró una fila de aparatosos artefactos multiformes puntiagudos y dentados. Seleccionó unas tijeras de hiperbólica envergadura; imposibles de observar por el futuro sacrificado como consecuencia de la fijación de su cráneo a los laterales del altar.

—Me gusta proceder conversando con mis víctimas. ¿Te gustaría charlar conmigo? —Se aproximó. Cubrió su cabeza con una capucha con rendijas en ojos y boca. Wynthakty no descorrió el hilo que apuntalaba sus arrancadas comisuras. —Tsk, eres terco como una cabra montesa. Una pena para ti, pues no me importa en absoluto. Compondré un soliloquio.

El monje colocó un taco de madera en la boca de su ofrenda humana. Con sus tijeras en la diestra, con la izquierda arrancó el taparrabos desvelando su bragadura.

—La primera vez que nos conocimos, la fascinación me atrapó cuando analicé la diversa forma de tus testículos. Impresionante, sobrevivir a esa angustia. Te admiro, por eso, dictamino que una extirpación de los mismos podría ser un espectáculo de sumo divertimento. Excusa mi atrevimiento, pero la fogosidad lidera mi arrobamiento. Yo, como juez mensajero de una deidad a la que no mereces implorar.

Las dos puntas de las tijeras se distanciaron hasta el límite. Las descendió suavemente, muy suavemente, ajustándolas con precisión pitagórica. Y cortó. Su aparato reproductor se precipitó del cuerpo, cayendo sobre la losa. De su entrepierna emergió un grotesco géiser, del que divergían sinuosos afluentes. Wynthakty estalló. En un estadio de universal obnubilación y enmudecimiento, le resultaba inalcanzable encadenar una secuencia lógica de consistente razonamiento, que le proporcionase una efímera lucidez con la que sería capaz de entender que Dios lo había abandonado.

—Te pregunto de nuevo, Wynthakty, ¿crees que Dios te ha abandonado?

Sí. Sí. Sí. Sí. Sí. Reiteraba. Sí. Sí. Sí. Sus brazos temblaban y su cuerpo se convulsionaba. Espasmos abotargaban sus piernas, hinchadas de por sí por la quemazón de una gangrena incipiente. Restallando sus órganos, palpitando el cerebro, describiendo demenciales círculos con sus enrojecidos ojos, lamiendo con su quebradiza lengua el trozo podrido de madera. Dios. Abandono. Dios. Abandono. Dios.

—Joder, la puta de tu madre no puso demasiadas ganas en tu concepción, ¿no es así? ¡Apenas esto supone la apertura y, mírate, agónico!

¿Por cué no me ayudiaste? ¿Por cué? Yo te recié debajo de puentes, en sótanos de tabernas y en el crucero de una iglesia. ¿Por cué? Exclamó mentalmente. El monje depositó en su lugar las tijeras, pensativo, escogió una segunda herramienta, un cincel, con el que pretendería escindir su tabique nasal en una incursión con rumbo a su cerebelo.

¿Cué he de hacier buen Dios? ¿Cué he de hacier, tú que posees una amabilidad y paternidad tan vasta como el cosmos? ¡Yo creí en ti! ¡No me abandones! ¡No permitias cue la desespiriciaón me poseya y me incitie a negar de nuevo tu existencia! El monje le quitó el taco de madera, un bramido, y lo sustituyó por tira de lino untada en amoniaco. Se ahogaría por la toxicidad del líquido antes siquiera de percibir cómo un trozo de metal se aventuraba en su más salvaguardada intimidad. ¡Ven a mí, buen Dios! ¡Ven a mí! ¡Dudar en ti no quiero, pero con el contexto me desmoralicio! ¡No volviere a comitier tal traición como lo antiririor, lo prometio! ¡Por favor! Por favor… Yo te imploro…

Bendecido seas.

Un vínculo. El monje dobló un poco su instrumento. Wynthakty no sentía nada salvo la inabarcable conmoción que le sacudía por la resonante voz que había reverberado en los túneles de su mente; procedente de simultáneos puntos imprecisos, de dimensiones alternativas que se solapaban y ondulaban en un continuum comprimido en la cámara de sacrificios.

 Su torturador sonrió en media luna. La piel de Wynthakty se erizó. Y en un instante, espacio vacío. La horrible sala desdibujó sus líneas y el monstruo difuminó su silueta. Su abotargamiento se transmutó en una suave epifanía. Y lo escuchó.

¿Tu vida quieres salvar? ¿Estarías dispuesto a perseguir acérrimo mis encomiendas? ¿Arriesgarte a ser transmutado en bestia para cumplir con un cometido tan arriesgado como descorazonador? El monje rozó su tabique.

¿Quién eres? ¿Un salvador? ¿Por cué me hablas? ¿Cué me reclamas?

Contéstame, humano.

¿Has venio a salvarme por tu infinita gracia? ¿Eres Dios? ¿Dios, has venio a salvarme en tan fatídico momento? ¿No me has abandoniado? ¿Por cué has tardiado? ¿Por cué ahora?

No te quepa duda, de que jamás exprese metódica desatención. Heme manifestado por tu suplicante llamado.

Tú. ¿Cué de hacer para que su Altísima rescate a este moribundo?

El torturador perforó un diminuto agujero. Deslizó uno de sus enguantados dedos por el interior de su fosa, hurgando nuevos puntos en los que practicar incisiones. El umbral de su dolencia fue sobrepasado.

Creer.

Repentinamente, un colosal hombre cubierto por un casco de oso interceptó la mano del monje. Le propinó un codazo en el cuello. Un segundo de debilidad y le clavó un puñal en su espalda. El monje, despojado de su vitalidad, se precipitó contra el suelo. Reapareció en su campo de visión. Le cortó las cuerdas y rompió los cerrojos de sus grilletes con el pomo de su arma. Irguió a Wynthakty y le tapó con una grasienta manta. Sin mediar ni una oración, el desconocido se descolgó una bolsa de piel de carnero, extrajo unos ungüentos y vendas y se afanó en su curación con maniática celeridad. Estupefacto, la gramática se le escurría entre los doce dientes que se cimentaban sobre su torcido paladar.

—Yo… —Punzadas de eléctrica dolencia cortaron su aspiración.

—Pensamiento.

Extendió un empaste por su entrepierna y su nariz. A punto estuvo de ahogarse por la acidez de su olor.

—¿Por cué me ayudas? ¿Quién eres? —El desconocido con casco de oso comenzó a colocarle húmedas vendas en sus piernas y en su afligido falo. Paulatinamente, el suplicio de su castración descendía. No respondió.

—¿Te ha enviao Dios?

—Esa bolsa. Tuya. —Señaló con la barbilla una bolsita azul posicionada en una esquina de la losa.

—¿Mía? ¿Por cué?

—Responde por la mente. —Anudó la última venda.

—¿Dios me ha elegío?

—La Deidad surgida de la máquina. —Recogió un paño rojizo por la sangre.

—¿Máquina?

—Interconectados. Máquina humana. Creencia. Soy embajador.

—No compriendo. ¿Tan crípticio es Dios?

—He terminado. —Recogió su equipo de matasanos, se recolocó su capa de oso pardo y partió a la oscuridad, donde se fusionó con la impenetrable nocturnidad de la boca de un corredor.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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