Tharlbrak

Cerivm II

Adormecida por los ecos sueltos de las mareas

El monje resolvió los trámites de su liberación en apenas una hora, con una presteza que asombró a carceleros y funcionarios. Exonerado de culpa, Wynthakty habría saltado si sus tobillos no contasen con la desventaja de desmoronarse. A las afueras de la prisión, el monje le prestó una sotana guardada en su carromato. La aceptó con lujuriosa ilusión, pues comprometer su alma al Señor Padre se auguraba más prometedora que ser molido a palos por guardas, otros rateros y traicioneros compañeros. Esperanza, el término más óptimo que englobaba su crecido denuedo.

Se asentó con agradecimiento y esfuerzo en una bancada de madera en la parte trasera del carro, a la derecha del monje. Exultante, tarareó una breve tonada portuaria mientras el monje se perdía en el pozo insondable de sus elucubraciones.

—Que tanto anhelas aprisionada en tu jaula… No solloces… La mar es distante y los marineros voraces…

—¿Ahora qué cantas, hijo? Ociosas y censurables canturreos quedarán vetados en cuanto te insertes en nuestra sacral Orden.

—Es una plejaria. Una plejaria a…

—¿A qué?

—No sié, nunca me preguntié a cué. Sólo la memoricé y la canto cando estoy alegre.

—Típico. Pues será mejor que olvides esas mezquinas rimas. Va a entrar en un monasterio, no en una escuela de bardos.

—A sus órdene. Pero, quisiera cantá una última.

—¿Cuál?

—La de los Hiperbóreos.

—Sacrílega es.

—¿Podría?

—Lo pasaré por alto.

—Recordo… Recordo cue era algo como…

Hiperbórea. Hiperbórea.

¿Por cué te aleja?

¿Por cué con distancia nos tientas?

Algo así. Pensaba cue me la sabía mejó. Pero no. Una pena. Porcue era de mis preferidas. La olvidé en prisión. Allá había poco espacio pa la dispersión.

—Ya. No la cantes.

—¿Por cué no?

—Porque no te la sabes.

—¿Usté me entende?

—Debo hacerlo.

—Entonces comprenderá porcué estoy alicaído por habé olvidao una canción tan bonita.

—Hay que olvidarse de tantas y tantas cosas… Te olvidas de algo, recuerdas otros algos. Y al final todos esos algos no sirven para nada más que un efímero regocijo interno. Un instante en el que tomas el control del entorno. Pero, ¿para qué? No son más que supercherías. No dominas nada. No eres nada. Ni nadie. Sólo eres un tipo más, un animal racional más, que por un momento retrae una instantánea que no sirve para absolutamente nada. Eres un trozo de carne que en una asolada habitación cualquiera acciona determinados mecanismos de su cabeza. Sólo lo percibes tú, y tú no representas absolutamente nada en el Infinito. Date cuenta, hijo, que, para comulgar con Dios, requisito indispensable es cegarte con la Verdad universal de que eres un número en una larga lista del censo poblacional. Una inoportuna oveja que por la arbitrariedad caótica del destino fue absorbido por el cenagal displicente de Edur.

—Empero, cué filosófico. Usté es sabiduría andante.

—Lo que sea. ¿Y tú que piensas?

—Noi sé. Yo pensaba cue los nacidos estamos por algún motivo.

—Típico.

—Algo por lo cue luchar. Algo por lo cue morir. Noi sé. Lo cue dice usté… Es muy desoladó. A nadie le gustaía escuchairle decí algo así.

—No soy culpable de la fragilidad de sus voluntades. Acéptalo, imbuido por la consternación. Revive de la anomia y camina como un ser sin ser. No seas, siendo… Vive sin vivir. Sería la única forma de coexistir en este planeta sin recaer en la inocente mascarada que supone el pensamiento positivo y esas tonterías banales que únicamente sirven para dotar al simplista y el mediocre de unas aspiraciones intangibles, procedentes del agrio sumidero que suponen la diferencia individual y el temor a la muerte supresora. Realización personal… ja… No hay mayor realización personal que subordinarse a Dios con deferencia.

—Desmoralizao me hallo, padre.

—Verdad, falsedad, muerte, vida… Cuántas incógnitas, hijo, reiteradas sucesivamente por todos los eones. Cuántas incógnitas sostenidas por la inopia…

—¿Y cué es lo correcto?

—La corrección no existe. Existe una certeza formal, un punto afirmado por el consenso. Pero, ¿acaso el consejo es signo de aceptación?  Endeble.

—¿Dios es esa certeza formal?

—De’mos creer que así es.

—Entendo…

—No te martirices, hijo. No tiene importancia.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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