Tharlbrak

Cerivm I

Panegírico a Mnar

—Estaba yo una noche querendo robar algo pá comer, cando fui pillao por el herrero en su taller intentando huir por la ventana. La rompí en vez de desatrancairla porcué estaba mu nervoso. Cando a punto estuve de saltá, corrió hacia mí el zalamero y me dio un martillazo en los testículos que me dejo tullio y casi no pude caminar. Iba así, ¿sabe?, como un potrillo recién nacío. Bamboleándosme como si acabara de aprendé a caminar. ¡Ese hijo de la muy puta de su madre me destroció los huevos y mi pene con el puto martillo! Odié la reación ésa. Prefiriese que me tiraste al suelo y me jodiera cue darme con ese puto martillo de condenación. Dospés, los putos guardias no pararon de escupirme en la cara, de humillar y de presioname lo que me quedó de pene con una rama y trozos de metal. Tós se reuían de mí. Sucios gañanes. Cabronazos hios de puta maer que los parió en un mugrento establo por la polla tesa de un vejo maloliente con los dientes podríos…

—¿Qué le impulsó a pretender robar algo tan preciado por el gremio como esa espada ornamentada con tan bella pedrería? —El monje se acomodó en su butaca de felpa. Encaraba al reo con actitud piadosa, sosteniendo sobre sus enguantadas manos un libro de salmos. Sobre la portada, una cruz, estrambótica máquina de tortura. Claroscuros esculpían sus arrugas, accidentes estampados por la temporalidad y prematura senectud; resaltando los pliegues de su enjuta túnica purpúrea.

—Pos el hambre, ¿cué va a sé? ¿Entende compaer? Yo tenía una via muy desgraciá en mi ciudá natal, allá ande las brumas andan perdías, en las montañas del Suroeste; y en toas las ciudaes por las que pasé pa encontrá un sitio ande caeme morto. Desde chiquito, desde nacío, mis paes me abandonaron a mi mala suerte en un hospicio, donde hete convivir con otros malnacíos, soportando los azotes de putas viejas amargás y de hombres cue nos querían meté al servicio de las armas; pero que al poco nos echiaron porque los piojos que residían en nosotros sorbían la sangre de las huetes reales, provoquiándoles enflaquecimiento. Desde entoncies, como mis anónimos paes me importaban menos de una hez de perro con la lepra, malviví con mis compaes duante toa la adolescencia. Muchos murieron de peste. Otros de hambre, asesinaos, en la cárcel. Los pocos listos que queamos tuvimos que sobreviví hurtando a los desgraciaos, a los mendigos y a los despitaos. Les quitábamos de tó, hasta cue un día, el destino quiso torcer mi camino y me vi solo y sin un arrabán en un callejón perdío del Norte. Mis amigos me abandonaron y solo me apañé. ¿Por cué me abandonaron? Vaya usté a sabé. Sé que uno de ellos era mu listo y mu negro, más negro que el tizón, y que algo debió comentá al resto de mis compaers para que me tirasen como una astilla de maera, y ya ni eso, porque cando era un crío las astillas eran como los bistecs de la nobleza. Así que ná, lo de sempre. Con el estómago por cerebro y me quedaá tirao por los caminos suplicando a los viajantes que me tendisen algo pá postergá mi fallecimiento. De migaja en migaja, hasta que arribé a ese pueblucho y me dispusí a robiar en la herrería porcue en la taberna me moldieron a palos por hincá dos dientes en un trozo mohoso de carne exiliao en una esquina.

—Entonces, un incorregible requerimiento, hijo mío. ¿Una necesidad tan acuciante que la médula de sus huesos se atrofiaba, incapaz de sostener el peso de su delgaducho y malogrado cuerpo?

—Sí, compaer. Estaba en mucha necesidad. Mu necesitao y no poía más. Me agarraba a lo cue hiciese falta, sin deber de hacer mayores males cue tomar un bocao de una cesta de panes honesto y honrao. Desde ese trozo de carne, no pegué bocao na más cue a la pata de un gato y el agua de un charco. Le perjuro cue yo quería reforma en mi persona y encontrá algo con lo cue tornar en honra mi ruinosa via. Pero… Como verá, la necesidá habla más en la conciencia cue los gnomos de los bosques de Nybvaror.

—Pero la honra no se consigue tras acto de deshonra. La rectitud es una constante, como la ley de la Naturaleza. Como la bondad de los hombres. Como el Amor. Como la paternidad de nuestro altivo Dios, que nos guarde en su inconmensurable seno. ¿Comprende lo que le digo?

—Mucho. Dete usté seguro cue sus palabras son grandilocuentes y cue he de haceilas caso como si fueran el mandato último de Dios. Muchas misas allá en los bellos templos he escuchao como los cánticos de sus hermanos para intruí a analfabetos y pordioseros como yo.

—Así es, pobre. Así es. La palabra de Dios es inmutable y afecta a cada una de las criaturas que pueblan ésta nuestra tierra. Dios prometió brindar de prodigios al provechoso y aleccionar el camino del ingenuo desdeñoso. Sólo has de creer, desdichado; creer que tu dicha será reparada por futuros actos de fe que encumbrarán tu alma, la que retienes en lo más abisal de tu ser, y que la promesa de la Elevación no será entredicha por las fieras de la vesania que lanzan sus sacrilegios desde el reino del Infierno. Cree en la salvación, cree. —El monje se inclinó rebuscando los negruzcos ojos como la pez del joven infractor que se arrodillaba ante él—. Debes creer, primeramente, joven hijo. Creer. Una vez que la creencia aflora en ti, el perdón restalla enfebrecido. Cree.

Postrado como un pingajo, cadavérico en porte y temperamento, el malogrado prisionero, que apenas había sobrepasado el umbral de la adultez, mantenía una anómala genuflexión desviada por sus desencajadas rodillas. Su boca, descarnada en el labio inferior, dedicaba una sonrisa al bruto carcelero que supervisaba el encuentro desde la titilante umbría del fondo de la cámara de interrogatorios. Ataviado con una capucha igual de negra que los manchones de moho que reptaban por las piedras de las seis paredes, sostenía un hacha de doble filo que lanzaba un mudo mensaje de amenaza y muerte al pobretón que se recolocaba su lacio pelo de esparto, detrás de unos barrotes oxidados; tapado con un trapo de tonalidad parda por la mierda acumulada, enganchado por un hilo, en cuyo epicentro, por una rasgada brecha, se entreveía un macilento y peludo óvalo aplanado.

—Con tal de salvación, creeré en lo que haiga falta, buen hombre. Yo semper quise ser bon compatriota hacer coisas grandes en el mundo y desfallecer en una alcoba con dosel después de haber follao con cinco damas rubias y rescatadas de bellos castillos. Pero no hubo suerte, y heime aquí en esta celda. Más soilo que las marranas de las grandes del Noroeste.

El pérfido tosió y resolló una injerencia inaudible que atravesó, ignorada, la plúmbea atmósfera de la estancia. El monje levantó la diestra clamando la atención del que hacía las veces de guardia, guardaespaldas y verdugo.

—Váyase. Quisiera mantener una íntima conversación con este desvalido.

El innominado vigilante asintió y se esfumó. Los ojillos del prisionero relucieron de jolgorio. Se adelantó un palmo, rechinando las cadenas de metal herrumbroso que lo afianzaban contra un pétreo muro ornamentado con una entropía de signos obscenos.

—Bien. Cuénteme lo que quiera. Sus motivos han sido detallados y la noche de su crimen. Ahora ayúdeme a ahondar en su psique con motivo de hallar aliciente que le ennoblezca para su comunión con Dios. Dígame, ¿ha tenido alguna vez la noción de que el Señor le abandonó desde su nacimiento?

Una desfigurada mueca irónica emergió de sus escuálidas facciones. Sus dedos, con las uñas desprendidas, se estiraron un poco para después engarfiarse. Una desfallecida plegaria orientada a ganarse el codiciado perdón del monje.
El monje valoró discretamente tal hazaña, analizando su estado. Meses de torturas tangibles permeaban los poros de su piel en forma de cicatrices abiertas mal curadas, infecciones, anorexia, privación de dientes y una frente envejecida por el hambre, la histeria, la demencia y el envejecimiento prematuro ocasionados por el confinamiento perpetuo en lo más hediondo y pestilente de las peores mazmorras de Edur. Tendría veinte y pocos años, mas su apariencia denotaba una centuria.

—Beno. No sabría cómo empezar. Verá, como verá con mi lengaje soy un analfabeto cue no ha leído ni escribido en su puta via, que ni siquiera sabe hablá en condiciones porcué es medio tonto. Así que no tiuve acceso nunca a las Sagradas Escrituras cue ustedes con tanta benevolencia pregonan, allá en lo alto de las iglesias y de las plazas. Pero conozco a Dios y a sus salmos, lo conozco muy bien y sé sempre hay perdón incluso pá los zalameros como yo. Por eso creo cue nunca buisqué moitivio ni aliciente pá no sentirme rechazao por Dios, pero tampoco afirmaría fe ciega hacia él porcue no dejio de sé una veja más descarriá cue lo más que sabe de los Apóstoles es lo cue oye por habladurías. Merezco, pero tampoco soy merecedó.

—¿Se haya en un intermedio, entonces?

—Así es, buen compaer. Pero no me malinterpretre, yo querría a Dios si alguien me ayudiase a entendé plenamente su Palabra y a entendé cue mi estao ha sido por obra y gracia suya. Eso me haría estar con paz conmigo mesmo. ¿Entende?

—Sí, comprendo perfectamente. Usted lo que necesita es un guía. Un asistente, un soporte espiritual que le auxilie y le ayude a emprender el camino del retorno al rebaño. Usted nunca fue integrante del mismo porque el caprichoso Destino así lo quiso. El Destino en mayúsculas, usted sabrá a lo que me refiero.

—¿Y el Destino podrá creerse como en Dios?

—Es una cuestión harto debatida en los círculos académicos y eclesiásticos. Una materia que se obceca como incomprensible todavía, pero que algún día será descifrada. De momento, nos resguarda la creencia en que Dios todopoderoso sea lo más benigno posible en el control de nuestro devenir.

—Usté es sabio, compaer. ¿Y en mi Destino figura, entonces, cue Dios pué quererme?

—Sí. ¿Acaso lo duda?

—No, buen señor. Pero me es rario. Alguien tan puteado y desarrapao como yo… Sé cue merezco el perdón, pero siempre pensié cue eso no sería sinónimo de amor.

—Dios te adora como ser divino de la creación obrado por su infinita gracia. Su camino comenzó en un Alfa que sólo le corresponde a usted como estigma. Ahora, su destino dictó un cauce truculento que desemboca en una bendita Omega de reencuentro con Dios. Usted asegúreme que cree en Dios y que está dispuesto a retomar el marmóreo sendero, una vez aceptada su penitencia.

—¿Era necesaira mi mortificaición?

—Sí, hijo. Has cometido muchos pecados a lo largo de tu vida, cobrando merecida y ecuánime justicia en estas mazmorras.

—Entendo, señor mío. ¿Cué debo hacier ahora?

—Confiar en mí, pues únicamente yo puedo sacarte de este deshumano baluarte de tormento carnal.

—¿En serio? ¿Podriá saquiarme de aquí?

—Sí. Sin embargo, deberá referenciarme algunos datos tanto para el traslado como para la residencia en mi monasterio.

—¿Me hará monje, como usté? —Una esperanzadora chispa se desparramó por la entonación del interrogante.

—Sí. Si está dispuesto a tenderme su mano y ser imbuido por la preciada gracia de Dios todopoderoso que nos ilumina vigilante desde el Reino de los Cielos. ¿Cuál es su nombre?

—Wynthakty.

—¿Sabe escribirlo, al menos?

—No, mi señor. ¿Cuál es su nombrie?

—Se lo diré en el monasterio, tras el ritual iniciático. ¿Cuántos años tiene?

—Veinticuatro, pero peridí la conta hace muchos años.

—Entre veinte y treinta años, asumo.

—Poridía decirse.

—¿Siempre habla tan mal? Curiosidad personal manifiesta.

—Como le digo, jamás tuve acceso a estudio alguno y soy medio tonto. No sé habliar casi ná y me invento la pronunciación de más de la mitá porcué ni siquiera sé cómo se ariticulan bien. Pero entender, entendo, compaer, entendo perfectamente. Ya ve usté. Y ademias sé mucho vocabulairo. La gente se sorpriende cuando divulgo mis porfundos pensaimientos.

—Lo veo, hijo. A veces una aguda comprensión de la palabra asimilada por el silencio es más grata que el balbuceo inconsistente sucedido por la imitación.

—Poía ser, pero le digo, compaer, cue soy fino de entendimiento.

—No importa. Le explicaré lo que haga falta cuantas veces sean requeridas.

—Gracias, compaer.

—¿Familia? ¿Hermanos?

—Como le dije, fue echiado al pozo en mis más recientes años sin medias tintas ni explicaciones. A los únicos a los que pueo considerar familia son a los verduos y a los reos cue duermen y chillan conmigo.

—No se preocupe. En el monasterio encontrará amigable familia. ¿Alguna marca en su cuerpo? ¿Algo que se deba tener en cuenta?

—Cicatrices, heridas y un espíritu quebirado señor.

—Será suficiente. Una última cuestión. ¿Cuál crees que puede ser su destino en la vida?

Wynthaky adoptó una seriedad erudita.

—Pos, creáme usté que nunca he pariado a pensiarlo. Quizá ser un héroe. Hacier coisas buenas. Coisas magníficas. Coisas desventuradas y maravillosas. Coisas cue los bardos recuerden. ¿Sabe aquélla estrofa del Cantar de Mnar, seguro que lo ha escuchiado?

—Puede ser. ¿Acaso es relevante?

—¿Podríame recitarla por última vez? Sólo una, si usté la sabe.

El monje arqueó las cejas disgustado por la profana banalidad de su petición.

—Si no recuerdo mal, rezaba así —se aclaró la garganta ceñudo y ceniciento—:

Se cuenta que en las tierras de Mnar

el corazón de los intrépidos aventureros es triturado

por entidades inclementes de mezquinos propósitos,

que tiñen con malévolo arrebato su sino de un carmesí infausto;

que convierten al ilustre en desgraciado

y al desgraciado en pelele de desagrado.

Se cuenta que en las tierras de Mnar

las fulanas danzan por el día

pensando que pueden ganarse un tálur o un arrabán,

pero sólo pueden complacer con una sonrisa

cuando se encuentran fuera del hogar

y con gemidos fingidos en un callejón del arrabal.

—¡Eso es! ¡Intrépido aventureiro!

—¿Una misión tan simplista es tu máxima empresa?

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

También puede gustarte

A %d blogueros les gusta esto: