Tharlbrak

Sobre el Tharlbrak. Códice sobre los símbolos perdidos de Ethilagord de Anvil

Amartensis IV inquirió antes de proferir su final exaltado hálito que las potencias apáticas del destino habían conspirado conjuntamente para garantizar su perdición en la inefable Ultratumba. El destino, el destino. Siempre el destino. Amartensis IV encaró malas bestias, encabezó batallas, se enfrentó contra tiranos y enclenques emperadores, pues siempre el triunfo alcanzó con una mirada rezumante de entereza. Sin embargo, muchos terrores persecutorios le acompañaron en sus desatinados escarceos. Unos terrores de connotaciones mágicas y metafísicas que se enlazaban singularmente a un símbolo. Una mistérica entidad surgida en los albores del nacimiento humano sobre la que todavía ningún ilustre sabio ha sido capaz de articular cándida definición: Tharlbrak.

Gentío de todas las regiones profiere con desagrado tan abrupta nombre en unas circunstancias y situaciones variopintas que recurren a la casualidad fatídica de la que fue partícipe Amartensis IV. Aunque, siquiera, ¿la mayoría de ellos se interroga en la intimidad sobre el contenido de aquello que proclaman en los momentos de retorcimiento del devenir? ¿Qué es el Tharlbrak? Acusada materia que deberá ser desglosada y abordada con las buenas maneras que el Arte del escrito histórico me bendice. Qué es Tharlbrak, entonces, pero, primeramente, qué significa Tharlbrak.

Tharlbrak surge de la comunión de sendos términos igual de vetustos y diversos: tharl y brak. Acorde a las investigaciones realizadas por mi compañero Lethurk, el buen alquimista del Oeste, tharl es una antigua denominación de los primeros pueblos huma-nos del Nordeste que hacía referencia a algún tipo de Dios sin nombre. Una Divinidad de pantagruélicos atributos incognoscibles que pudo asociarse al Tiempo o a la buena For-tuna.
Brak podría recordarse como manifestación, transformación, presencia. Supone una deformación de la partícula brakal empleada por las razas inferiores humanas del Sur en palabras como mörbrakal, que significaría transformado, revertido, presenciado. Unidas, Tharlbrak se afirmaría como Dios manifestado. Sin embargo, desde la Iglesia no se permite semejante aproximación metalingüística, troceando su remoto significante en un montón de apreciaciones inverosímiles y azarosas que poco o nada se emparentan con el aportado por estas investigaciones. Retomando su acepción original, cabría preguntarse en este punto qué es el Tharlbrak.

Actualmente, Tharlbrak encarna de las fuerzas sobrenaturales que rigen desde las desconocidas dimensiones la predestinación de los hombres. Algunas fuentes lo asocian a divinidades innominables que una vez caminaron altaneras por los continentes. Dioses que ocasionaban la perfidia y el infortunio a los humanos hace incontables eones, cuan-do estos residían en maltrechas pocilgas erigidas sobre el cieno que ellos proclamaban como ciudades. Otras las contemplan como si fueran las potencias primordiales e impla-cables de la Naturaleza, aquéllas sobre las que la humanidad no interpone resistencia y es engullida por éstas como una rata común por la deletérea serpiente.

Como sea, se reitera y afirma continuamente a Tharlbrak como un Dios. Habría que interrogarse si Tharlbrak supone el Dios originario de las leyendas entonadas por los trovadores. El Dios Perdido. Pues, la Naturaleza a la que se refieren autores como Optimus y Galvenio es poco más que un eufemismo que atañe al mismo concepto de fuer-za divina. ¿Acaso no es eso la Naturaleza? ¿Una forma pagana de llamamiento a Dios?

Y más trascendental, ¿cómo se manifiesta semejante Deidad? En un continente místico como el nuestro, las manifestaciones paranormales y sobrenaturales acaecen como los crepúsculos cotidianos y las dobles lunas menguantes que penden en el Vacío Universal cada despejada noche. No sonará extraordinario, ni siquiera para el más escéptico y aislado. Aunque, he de reconocer que no logro atisbar qué clase de manifestación podría derivarse de esta Deidad manifestada, sepultada por una ausencia total de grimorios y manuscritos al respecto. Manifestación, o acaso, ¿metamorfosis? ¿Conversión del individuo humano en un ser supremo? Leyendas relatan vetustas afrentas de héroes semidivinos agraciados por esos execrables dioses. Sin arrojar detalle al respecto. El abismo bibliográfico sella la conjuración de una hipótesis sobre la aparición de la Deidad, y tan sólo queda nada más que proseguir escudriñando monótonos libros en una sagaz búsqueda de respuestas ambiguas y cenagosas certezas. Como una vez comentó un fallecido alumno mío, a lo mejor el Tharlbrak no es nada más que una Idea que se manifiesta si piensas mucho en ella. Pero por más que me recreo sobre ella, el silencio incrementa su espesa agudeza. Entonces, ¿qué combinación de condicionantes serán requeridos para garantizar su advenimiento?

Poco se conoce, más cuando el génesis de Tharlbrak se haya perdido en la noche de los tiempos, habiendo heredado apenas una reminiscencia difusa de su genuino tras-fondo, malversado por el solapamiento de las eras. Poco queda, salvo la pervivencia de un carácter absoluto e inherente al símbolo, común en todas sus adaptaciones: el sometimiento del humano, condenado, mujer y niño a los designios de la creencia en las superiores energías que tejen el Destino.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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