Tecno Quetzalcóalt

Se secó las manos con una toalla templada por un radiador. Nadie vendría a por él ni en esta vida ni en la siguiente. Colgó la bata de una percha encendiéndose en un cigarrillo, enfocando su mente en un nuevo punto mucho más importante y mucho más entretenido que el de preocuparse por un fiambre sin nombre que nadie quería: por qué había rechazado los aumentos. Se sentó en su escritorio abriendo un libro por el marca páginas. El índice de rechazos de los aumentos se había incrementado en un 5% en los últimos dos años. Para la mayoría de personas era insignificante, pero para los que estaban metidos hasta las trancas en ese fascinante mundillo, un 5% era una puta barbaridad. De cada 100 personas 5 rechazaban los aumentos de nueva generación, infiriendo con ello dos cosas: que los nuevos aumentos de Anxtrium era una puta mierda o que los microsoft que integraban como núcleos centrales de su funcionamiento poseían unos nuevos códigos genéticos que provocaban esas monstruosas incompatibilidades. Los microsoft de hace dos generaciones habían sido capaces de mantener el rechazo en un 0.1%, los de la pasada rondaban en torno al 0.8% debido a una generación de prótesis de una compañía rival que los había lanzado defectuosos. Pero ahora, un 5% abrumador en todos los Sectores excepto en el 1 y 2, obviamente. Por qué ahora y no antes… Leyó un párrafo suelto que encontró en una de las páginas en voz alta, despejando hipótesis, como había hecho siempre.

—Él o ella no estaba muy seguro de cómo reaccionaría su jefe cuando supiese que había destrozado la máquina dispensadora de agua. Había intentado repararla desesperadamente, pero no funcionó. Ni ahora ni nunca. Estaba rota, y él o ella tendrían que asumir todas las consecuencias con resignación y sin la oportunidad de regresar en el tiempo para evitar el estropicio.

—¿Es otro de tus libros de literatura barata?

—¿Qué puedes decirme de los microsoft?

—Que tienen un nombre muy de los ochenta del siglo XX.

—Una tasa del 5% de rechazos. Una barbaridad si los comparamos con las generaciones anteriores, ni siquiera la primera generación que salió a la calle tenía un índice tan alto y estamos hablando de hace casi más de un siglo.

—La tecnología de hace un siglo no tiene nada que ver con la nuestra. En aquella época llevar un microsoft era como tener un Stradivarius o el Santo Grial. Por eso apenas había rechazo. Quienes los tenían se aseguraban de cuando se aumentasen fueran considerados dioses terrenales, no difuntos que murieron por meterse tecnología casi alienígena.

—Ya, eso es cierto. Pero cuando pasó al dominio público y se abarataron, sus rechazos eran ínfimos. Y estamos hablando de que el lugar en que eso se produjo, el lugar donde los aumentos, los microsofts, las IAs personales y los hologramas proliferaron y se extendieron por todo el mundo fue esta ciudad, la Ciudad, aquella cuyo nombre auténtico es un misterio.

—El nombre de la Ciudad es sólo un vago intento promovido por entidades superiores a nosotros de ocultar algo mucho más importante, mucho más lóbrego e impactante de lo que un simple humano es capaz de comprender.

—Aquello que hizo que las IAs os transformarais en la Tercera Humanidad.

—Sí.

—Aunque ninguna de vosotras sabe qué es.

—Exacto. Entre nosotras hay rumores, cosas que se dicen en la Intranet, en la Supranet, en los canales traseros de las principales agencias, pero en realidad son eso, rumores. La Ciudad es tan enigmática y tan carente de lógica para las IAs como para los humanos.

—Tanto como estos nuevos índices que van a terminar por hundir mi negocio.

—No desesperes. Nadie tiene por qué enterarse de este incidente.

JC suspiró con una media sonrisa. Cerró su libro y se levantó del asiento con intención de prepararse un buen café y olvidarse de todo lo que había ocurrido en ese día de mierda.

—Muy agudo, Quetzalcóatl, muy agudo.

—¿Llevo el cadáver a la incineradora?

—Adelante.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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