Tecno Quetzalcóalt

Negativo. Negativo. Negativo.

—No hay respuesta.

Negativo. Negativo. Negativo.

—Se acabó, desconecta.

El nuevo fiambre se sacudió en la mesa de operaciones en un estertor cadavérico. Otro más para la incineradora. El doctor ordenó todo su instrumental para su esterilización en una bandeja metálica colgada por dos alambres al techo. Otro fracaso de mierda. Si continuaba así, su reputación de cirujano de aumentados se derrumbaría.

—Quetzalcóatl. Informe.

Quetzalcóatl, una I.A. de última generación programada por encargo a unos tipos de los que se negaba a decir su nombre, se reubicó en sus cadenas de datos geométricas analizando cada resquicio de información que se correspondiese con los datos biométricos de ese tipo. Mientras su cibernético amigo operaba, el doctor se preparó un whisky natural frustrado por la complicación que se había desatado al intentar aumentar a ese tipo. Los aumentos habían rechazado el soporte masivamente, como si se hubieran puesto de acuerdo o alguna tontería extraña; se habían rebelado y habían asesinado a ese hombre que hace tan solo dos horas se había presentado en su clínica ilegal con un fajo de billetes. Le había mandado aumentarle los brazos y la pierna izquierda, inmediatamente. Al principio se negó en rotundo ante el peligro que suponía comenzar la intervención sin un análisis riguroso del futuro aumentado y su grado de compenetración y tolerancia. Pero sus evasivas y reticencias de poco sirvieron. A la media hora, se enfundó su traje de cirujano y empezó sin saber muy bien cómo se iba a desenvolver todo ese paripé que se había montado sin conocimiento de causa. Y nada, ahí estaba el resultado: un cadáver para la incineradora, un óbice más en su carrera y un aliciente de humillación y negligencia pasto de la competencia. Ser cirujano de aumentados era el peor trabajo del mundo, desde luego.

—JC, lo tengo. ¿Quieres oírlo?

—Claro, proyéctalo.

Quetzalcóatl accionó unos proyectores holográficos atornillados a la pared que extendieron en abanico un informe completo, aunque un tanto fragmentado y difuso, de la persona que acababa de operar.

—Benditos sean los caídos que llorando en campos de hierro ondean sus banderas con una mano muerta y el alma trémula.

—¿Qué significa eso, JC?

—Nada, déjalo. Cosas mías. Adelante con el informe, Quetz.

—Morgan Olson. 45 años. Sin profesión conocida. Ciudadano de clase 4. Habitante del Sector 5, zona Este, bloque desconocido. Antecedentes penales por malversación de fondos y tráfico de nanotipos. Familia reconocida compuesta por dos hijos: uno mayor recluido en el Sector Policial Dseta y una menor ejerciendo la prostitución en el Bloque 6-N-F, conocido popularmente como Dracón. Relaciones con bandas menores locales y un intento de asesinato a manos de un grupo de aumentados por venta de nanotipos defectuosos. Estaba siendo investigado por la policía. Estado civil: divorciado.

—¿Algo de interés, Quetz?

—Absolutamente nada, JC, he penetrado en el rompehielos de la policía por un canal secundario usando el cortafuegos que me compraste y nada.

—Vale, gracias. Activa la incineradora.

—¿Reclamarán el cadáver?

JC se rio sardónicamente lavándose las manos en un fregadero ubicado en una de las esquinas más alejadas, bajo un póster de una cadena de ADN.

—Aquellos para los que de antemano recae la condena del más absoluto anonimato muertos son, muertos estuvieron y muertos estarán. Nadie reclama las cenizas disueltas de unos muertos sin rostro.

—A veces me das bastante miedo, JC.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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