Remontando la temporalidad

Cuando apenas rememoro un atisbo de los fatídicos días que se sucedieron en 1983, contemplo con sapiente delectación la curvatura de las armaduras medievales que desfilan por el corredor principal del hogar de mis ancestros. Mi reflejo en ellas me devuelve ráfagas oníricas que imposibilitan un tratamiento objetivo de los fragmentarios recuerdos que supuestamente he de plasmar con dignidad en un manuscrito dedicado a la posteridad. Apenas me contengo. Apenas mi léxico atina en desprenderse de la conmiseración que mi cuerpo y alma rematan cuando emprendo la redacción. La miseria que me atribula excede mi templanza, y desemboca en una algarabía vacua con nula pretensión de manifiesto. No sé qué hacer. Ni por dónde empezar. No concibo remedio. No me queda otra opción que permitir que el espíritu cabalgue indómito, que sea él mismo quien asuma la revisión de este período histórico que fue anunciado por una explosión y un titular de un periódico matinal. Mas, ante todo, por un deslavazado testimonio.

Testimonio #1

Espere […] Sé que alguien se infiltró en aquella base. […] Estaba en un corredor del tercer o cuarto sótano. […] Casi todos murieron. Solamente un helicóptero consiguió despegar. […] No sé qué ocurrió después de cuando nos fuimos. […] Pensábamos que el director y aquella niña habrían muerto dentro. […]

Aquí se corta sin aportar más datos sustanciales. Fue dicho por uno de los antiguos empleados, encargado de las prospecciones, de la base antártica que mi padre, en colaboración con mi abuelo, había establecido en el este de la Antártida para impulsar una investigación lateral. Su naturaleza me fue sugerida a partir de comentarios sueltos pronunciados por mi hermana mayor, pero nunca logré que la concretase o me comentase superficialmente cuál era su objeto último. Simplemente, que se relacionaba con las otras investigaciones que mi abuelo dirigía. Por aquel entonces, no me impliqué en averiguaciones difusas y me contenté con ver de nuevo a mi familia reunida y de una pieza. Otra vez, después de transcurridos tres años en los que mi padre y mi hermana se instalaron en aquel derruido complejo, de que mi abuelo se ausentara por su tráfago empresarial; dejándonos a mi hermano mayor y a mí en Northumberland con mi abuela.

No puedo decir que me sintiera exultante, pero sí contento, pese al coro de expresiones entumecidas por la desmoralización y la autoaflicción. Mi padre se culpaba de lo sucedido en soledad; y se exculpaba cuando mi abuelo le inquiría. Mi hermana mayor acusaba a mi padre con decenas de diatribas diferentes, a la vez que mi hermano la respaldaba desde el silencio. Mi abuela, circunspecta, nos arengaba en pro de la racionalidad y el requerimiento de averiguar la causalidad última. Discutir no repararía el crítico daño causado a mi familia. Una ofensiva desmedida que aún en la actualidad no soy capaz de desenmascarar.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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