Reginae Gratia

Panegírico dedicado a Alexia Ashford.

La escrupulosa pulcritud de la tumba de H. A. refulgía atravesando las impías tinieblas de un espacio desorbitadamente milenario. En su epicentro figuraba su nombre, antaño ilustre, devorado por la carcoma inmanente al entretejer del tiempo disuelto. Pretérito. Adocenada curvatura de sus iniciales, rectángulos hediondos trazados sin merecimiento de diletantes en artes competentes que prensasen sus conocimientos en la dorada capa que afloraba desgastada entre las esquinas pulidas del epitafio de H. A., anciano tumultuoso en comportamiento y sereno en visiones. Alucinaciones, disertaciones de un orate posicionado en diagonal sobre un banco de piedra que observaba iracundo el cristal de una ventana situada en el segundo piso de aquella mole feérica, envuelta por las brumas rezumadas de los rebordes de unas colinas mullidas como la lana, suaves y simétricas como hubiere mandado Vitruvio. Senil, desquiciado, se reiteraba que la Providencia me mandó aquí para comulgar y ser partícipe de la profecía, una letanía que rezonga sobre perdiciones y oscila cimbreante entre la destrucción y el resurgimiento, con múltiples sufrimientos y dañinos presagios, bisbiseaba el desamparado.

Pues, más allá del cristal tapado con cortinajes moraba aquélla que en un futuro se entronizaría como reina. Pero, qué reina, sin mayores valores ni consuelos divinos, afligida por causalidades terrenales sin permitir la intromisión de materias espirituales, abrazada a designios pecaminosos y pugnas internas por el diseño de un fastuoso y utópico reinado. Quién era ella, nada más que un espíritu perdido en la marejada de la opulencia. Una sombra residente de las umbrías nieblas, siniestra incluso para los más avezados demonios y gentes en extremo desangeladas. Quién era ella, nada más que una monarca destronada de un vasto reino innominado, deshecho y entrecruzado por los sombríos sentimientos que en todo momento y lugar la aquejan. Desprecio del mundo, desprecio de la vida, desprecio de sí misma y de la fútil existencia. Rechazo categórico hacia el querer, la fruslería amatoria y la inutilidad de los apegos. ¿Qué contendrá, ella, su majestad? Poco más que nada, poco más que vacío, entroncaba el harapiento anciano en su exordio. Poco más que un destino difuminado. Mas ella, aquélla que aguardaba más allá de la ventana, no se contenta con la contención de este pesimismo inexorable. Ella lo usa, lo emplea como instrumento de su soberanía, aflorando la furia y la entropía como los dos guardianes indómitos de su conciencia. ¿Qué quedará de ella, vitoreada como la malvada reina? Si el silencio lo convierte en su marido y la soledad en su fortaleza. Si la insensibilidad acostumbra a elevarse como su guía moral, y la ética es repelida como reglamento insustancial. Si a nadie siente que debe ni se enlaza cariñosamente. Si a nadie implora ni se arrepiente.

Reina despreciable. Reina militante. Reina desolada, asolada por el martirio de la vida insuflada por el egómano artesano, que rubricó en su concepción el estigma de la desolación, de la indefinición, de la búsqueda inmarcesible de un sentido vital que la rehúye incansable; que la maniata a un océano de falsas conmiseraciones proferidas por ajenos. Por aquellos estultos que la mencionan engalanándola de mil virtudes, pero que, en su fondo, en lo más hondo de su ente, braman por su muerte. Pobre reina incomprendida. Pobre reina decaída. Mírala. Mírala. Sollozando sin lágrimas desde la cúspide de su castillo, conocedora de la profecía que reverbera atronadoramente ensalzando su procelosa gracia y que le arrebatará al ingenuo que halló en ella su alma.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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