Submundo

Dos personas. Era tan difícil ver a dos personas compartir destino.

La entrada del Ramal B rechinaba mecida por ráfagas embotadas de pestilencia. El candado yacía destrozado en el suelo, enmohecido por largas jornadas a la intemperie. El portal al Submundo o debería decirse Inframundo. Manoteó el pomo y lo empujó levemente inclinado sobre el metal forjado. Su hogar.

Un túnel escabroso se estiraba varios metros en dirección a los intestinos de la Ciudad. Descendió valiéndose de un fino cable de acero para no tropezarse. La entrada B-51 convergía en una maraña de conductos transformados por la mano inútil de decenas de marginados y disidentes. Láminas de aluminio, partes de chatarra, herramientas… Todo desperdicio era bienvenido calurosamente por sus manos enfermas. Antes de la instalación de una central de desechos en las inmediaciones, sus paisanos disfrutaban complacidos de una vida acomodada entre tanta miseria endémica. Hasta que los basureros destructores comenzaron a agotar exigentes los pocos reductos agónicos de su valioso tesoro. La Ciudad no era benevolente. Las artimañas de sus dirigentes habían condenado con acritud las miles de desprotegidas ratas que habitaban fraternalmente cada bóveda. Tal era su estima como desperdicios sociales y vagabundos.

Tal era el reflejo que percibía en los espejos convexos. Su ocaso a los estratos inferiores a punto estuvo de arrebatarle toda la cordura. Casi. Por el momento se contentaba con alcohol y su antro en el centro de dos cavidades cruzadas. Pero como su vida en los mejores bulevares del Sector 1, era efímero. Una morada temporal que se desprendía a trozos encajada en una cloaca infecta. Una existencia fugaz. Lo único que le quedaba era una existencia fugaz entre el lodo de las entrañas de una entidad que una vez adoró como la más bella. Pero ahora… Ahora la despreciaba con todas su fuerzas. La repudiada desde lo más hondo de su alma. Desde que pertenecía a la muchedumbre que tanto costaba erradicar, había vislumbrado con claridad el tipo de mundo que se erigía ante sus ojos.

Progreso sin fin. Y decadencia. Veía un mundo gobernador por una élite de tecnócratas aumentados que abogaba por la texnolización más salvaje mientras secuestraba gente para usar en sus experimentos y eliminaba toda aquella masa que consideraba inservible. El funcionamiento del gobierno de la Ciudad era sí de curioso. Una corporación, Anxtrium; y un cabecilla que desde su rinconcito de vanidad gobernada como un rey absolutista los designios de 16 millones de ciudadanos por la gracia de Dios. Dios… ¿Quién era ese Dios? Cuando trabajaba en el Sector 1 alcanzó a oír que ese Dios era una súper IA ultravanzada… Pero sólo eran rumores infundados. Tan infundados como sus reflexiones de vagabundo.

Veía un montón de aumentados asesinando a humanos, y humanos asesinando a aumentados. Veía a personas aumentarse por el mero placer de sentirse superiores. Veía sectas por la carencia absoluta de valores de una sociedad perdida en el mar de la espiritualidad moderna. Veía un vacío y la caída, la caída del todo. De la identidad, de la moralidad, de la ética. Veía un pozo sin fondo de almas descarriadas. El orden en la Ciudad se mantenía, ¿pero acaso se le puede considerar orden el movimiento mecánico de un montón de pedazos de carne sin alma que van de un lado a otro conducidos por la inercia y la costumbre? La diferencia entre existir y vivir estaba tan diluida… Odiaba el mundo en el que vivía.

De camino a su choza, fue partícipe de la lucha encarnizada de dos jóvenes de 20 años a lo sumo que se acuchillaban con trozos de aumentos por unos tarros de comida caducada. El salvajismo. El salvajismo más extremo. “Déjalos actuar. Déjalos libres. Ellos solos se desintegrarán. Sólo es cuestión de tiempo.” Esa cita resonó en su espíritu. ¿De verdad se merecía todo esto? En otra vida debió de ser un hijo de puta. Rehuyó su humillante lucha por un túnel transversal sin estorbarlos. Se jugaba la vida de que en ese mismo lugar había un tercero disfrutando del espectáculo.

Sus piernas enflaquecieron por la caminata. Por suerte, minutos más tarde su estropeado cuerpo descansaba en un silla astillada en la calidez de su hogar. Se apagaba. Su círculo vital se empequeñecía irreparablemente y a nadie le importaba lo más mínimo. A nadie. La soledad. En la Ciudad sólo existía la soledad y la incertidumbre. En la Ciudad, sólo existía la soledad… La soledad y la negación personal. Ser un don nadie en un mar de extraños desconfiados. La carencia de apatía, la simpatía… Las personas se habían vuelto tan frías como el mismísimo acero. Tan individualistas, tan egocéntricas, tan egoístas que no se daban cuenta que eran poco más que un número en una cadena de datos. Poco más que un nombre y una ID en un servidor polvoriento.

Era curioso. Con la cantidad de información que circulaba por el mundo, estaba seguro de que cuando falleciese nadie recordaría su nombre. Nadie lo recordaría jamás. Moriría en un reducto de metadatos hexagonales tan azulados como el mar sintético que observaba con interés en pantallas holográficas. Como el cielo de los paisajes cambiantes que tenía enmarcados en su oficina. En la Ciudad, el cielo era tan gris. Tan ofuscado. Tan nublado, que ni siquiera se atisbaba el sol. Ni siquiera las estrellas. Lo veía todo tan negro. Todo tan mal. “Bienvenido a la postmodernidad.”

Recordó que nadie lo invitaría jamás a unas copas en el bar Diabolo. Nadie se acostaría más con él en noches pasionales. Estaba harto de su existencia nefasta. De él mismo… La Ciudad perecería algún día. La Ciudad… ¿Por qué se llamaría así? Quizás no eran tan distintos después de todo. Cuando muriesen, nadie recordaría su verdadero nombre. Perdidos para siempre en los océanos de datos que ayudaron a construir. La Ciudad estaba tan sola como sus habitantes. Como él mismo. Y por eso, era el fin. Bebió su última botella de Whisky. Se desabrochó la chaqueta desvelando una pistola bastante vieja. Estaba cansado. Viejo y dolorido. Anhelaba descansar.

—Salud.

Disparó.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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