Psicodelia del incinerador

—No hay nada que hacer. Siempre no hay nada que hacer. —Fumaba en la habitación, estrujando un papel—. Nunca hay nada que hacer. Encerrado en este antro nunca y siempre no hay nada que hacer.

Polvos blancos estaban dispersos en el reverso de una caja. Un papel y un mechero gastado se agolpaban en los escombros de un incinerador antiguo.

—Qué es lo que debo hacer. —Desoyó un graznido procedente de la incineradora. Hacía tantos años que persistía encerrado en aquel lugar.

—En realidad fueron días o meses o semanas. No lo recuerdo. Como no hay nada que hacer nunca no lo recuerdo. —Se relamió los labios agrietados mientras miraba el vacío absoluto e ignífugo de una esquina diagonal—. Siempre solo. En este lugar.

Un neón colgado por dos cables destensados refulgía suspendido del techo como una nebulosa incandescente de rayos beta cerúleos. En aquel antro, a solas, con un cigarrillo, un neón polvos blancos y su mente.

—Suena bohemio. —Destapó una botella sin marca y bebió hasta quedar semi inconsciente.

En ocasiones, en esos momentos en los que el difuminado esparto de una atmósfera ambivalente condensaba su cerebro en un montón de fogosas espirales, observaba una ciudad. Una reluciente y grandiosa. Magnánima. En mitad de una verdosa y aterciopelada pradera. En tal fantasía él no existía. Su entidad y su espíritu convergían, no él. Soñaba que se escurría entre sus rascacielos y edificios de hormigón por la noche como un ave. Adulterando con sus alas las formas curvas del aluminio con gran ímpetu, los neones se tornaban rojos como volcanes a su paso.

Todo era vanidoso y sensual. Como el gentío en ríos de bultos multiformes en océanos desordenados, paralelos, circundantes, verticales y horizontales. Nada tenía identidad y él no se sentía solo. Su ser resquebrajado se recuperaba del lapsus antes de alcanzar a la terminación de esa preciosa ilusión. Preciosa. Y preciada. Volar. No estar solo y la nada. Se golpeó la cabeza insistentemente para siquiera recordar un atisbo retraído en las capas superficiales de su subconsciente. En vano. Como siempre. Nunca había nada que hacer.

Se lió otro cigarrillo ofuscado por un torrente de emociones disidentes que amenazaban con colapsar su ego. Su anulado yo. En ese antro nunca había nada que hacer. Las máquinas, aliadas con los humanos, lo habían encarcelado y aislado del todo por siempre en ese cubículo. Solo y magullado. Eternamente. Lo único que le quedaba eran las drogas desechadas de los muertos de la superficie que caían por un ventanal y basura.

Temía que su apariencia física había sufrido una conversión irreversible, pero tampoco tenía ningún espejo en el que mirarse. Escuchaba los murmullos latentes de los viandantes que cruzaban casualmente su guarida. Disparos, muchos disparos. El pisar tronador de las máquinas y discusiones entre autómatas. La noción del espacio tiempo se intercalaba y acoplaba como dos haces en celo.

—Nunca hay nada que hacer.

Pasaba los milenios observando una pared reseca y desnuda en la más absoluta soledad.

—Esto debe de ser el infierno. —No. Él sabía de sobra que no era así.

Se inventaba ambigüedades tergiversadas por su difusa percepción. Perros bicéfalos. Gatos de ocho patos. Caballos. Era tan divertido. Y con carcajadas se tiraba al suelo quemándose la cara con un cigarrillo. Tan penoso.

—No hay nada que hacer.

Una oración repetida. Estaba seguro de que si hubiera habido alguien con quien compartir celda habría dicho más frases, más palabras, más conceptos. Pero no reconocía ni su nombre en la bruma boreal del techo de la habitación.

—No hay nada que hacer.

Un disparo en el callejón. Otro muerto. Más y más muertes. Cuando un fiambre se arrojaba al asfalto, su egocentrismo se acrecentaba. Míralo. Este pobre diablo es el ser que mantiene la cordura en las entrañas de la Ciudad completamente solo y desfigurado.

—Mírame. Soy subterráneo como las raíces de metal, los neones y las cloacas. Enterrado como el deseo. Muerto en vida como todos mis compañeros de sangre. Soy el elegido. El único que conserva la cordura en este antro de desesperanza donde las putas danzan descorazonadas. Mírame. Mírame. Soy omnisciente.

Y se callaba. Se daba un chute con una jeringa usada y se callaba. Nadie le oía y a nadie le interesaba. Los graznidos procedentes del incinerador se acrecentaron. Era como si esa criatura le estuviera llamando. Como si lo atrajera.

Se tapó los oídos para bloquear sus clamores. Aumentaban más y más. Decían ven a nosotros, sé uno, ven con las almas deformadas. Ven y ven. Sé uno. Únete a nuestra legión. Eres débil y los que te encerraron te olvidaron. Ven. Sé uno con nosotros.

—En este lugar… no hay nada que hacer —masculló aterrado por las presencias. El incinerador estaba abierto. Siempre había estado abierto. Sin embargo—. Aquí nunca ha habido nada que hacer.

Arrojó descuidadamente su sustento y avanzó lentamente hacia el incinerador. Ven a nosotros.

—¿Quién me llama?

—Nadie.

—Está bien.

Se introdujo crujiéndose los huesos en el diminuto rectángulo del incinerador. Cuando hubo estado encajado en el hueco, gritó de alegría. Libertad. Libre por toda le Eternidad. El incinerador se activó. Su cuerpo ardió bramando de felicidad.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

También puede gustarte

A %d blogueros les gusta esto: