Paisajes conceptuales

Sin duda, este extracto retrataba a la perfección tanto su posición en el mundo como su estado mental. Una pena que nadie supiera apreciar su afilada genialidad. Además de la escritura, sus horas se desparramaban con la lectura ávida de todos los volúmenes de la biblioteca. Hasta cinco veces repasó los 896 libros almacenados en las polvorientas y carcomidas estanterías. Absolutamente nadie fue capaz de batir su récord.

Sumada a estas extrañas aficiones, como había ocurrido con sus progenitores, su intensa e impávida mirada y sus extraños soliloquios estremecían a sus compatriotas inevitablemente expatriados de las aulas y corredores por los que Luke pasaba. Los cuidadores y profesores atribuían este extraño estado como una desviación implacable de la Naturaleza. La magia del azar había generado un todavía minúsculo ser que gozaba de un nivel de raciocino tan adelantado que incitaba pavor en las simplonas y planas mentes del resto de huérfanos y empleados. El psicólogo poco pudo hacer y al final Luke se vio abocado a la salvaje y arbitraria desventura durante su adolescencia.

Amargado por las circunstancias de su niñez, Luke desarrolló una coraza de comportamiento anómalo que chocaba con las imposiciones éticas y morales de la sociedad. No encajaba en su pueblo, no encajaba con su familia, no encajaba con otros niños, no encajaba con adultos. No encajaba con el planeta Tierra ni en la Naturaleza. Y Luke se rindió.

Finalmente sucumbió al abrazo del desentendimiento y se refugió en su mundo interior. Prosiguió con su exasperante labor de redacción de todo tipo de creaciones. Esos mundos conjugados por su extrema mente imbuida de perversión se le aparecían como sus hijos, su heredad. Pensó que, si era incapaz de perpetrar su progenie carnal, al menos extendería sus divinas producciones. Una romántica versión de trascendencia socrática.

Con todas las potencias en su misión final, como leyó en cierta cita de Edgar Allan Poe, Luke fue absorbido por su frenética ensoñación de mundos inacabados, personajes esperpénticos y enrevesadas tramas. Cada día creando irrefrenable. En los siete días que Dios tardó en hacer florecer el Universo y la Vida, Luke había escrito dos tetralogías. En una hora de clase, él había forjado cientos de personajes y mapas conceptuales. Era Dios, el mismísimo Dios, y la sentencia «Dios ha muerto» adquirió pronto significado en su desbocada conciencia.

Llegaba a unos extremos de extenuación extática que paró de comer, paró de beber y el blanco de su piel se trastocó en un macilento gris enfermizo. Digno de admirar ver a ese ser que una vez respondió al nombre de Luke encadenado en su cuarto. Su mundo, su Creación. Empuñando el Verbo en su mano, arremetía imparable sometiendo al mundo con sus interjecciones, sus injerencias sobre el humano, sobre la metafísica.

El psicólogo alertó a buena parte del personal sobre la afección de esa criatura encorvada y entumecida, de apariencia deplorable. Y a él, le importaba una soberana mierda.

Le importaba una mierda que el mundo no estuviera preparado para alguien de su genio, para alguien que directamente deconstruía el mundo con un puñado de limitados fonemas. Le importaba una reverenda mierda que hasta el cura acudiera presto al edifico para exorcizar al demoníaco muchacho. Cuando fue llevado al patíbulo, supo que sería un réprobo encadenado a la perfidia hasta su extinción. Lo supo y lo aceptaba, sin importarle su decaída mental y la corrupción de su cuerpo.

Cada vez más débil, flacucho y con los ojos a punto de desprenderse de sus órbitas, un Luke de 15 años materializaba sus 18 años como un ataúd bajo tierra en una fosa común, en algún lugar de su natal Northumberland.

A raíz de esta certidumbre, un templado marzo, firmó la que sería la última obra de su vida antes de suicidarse, pues la idea de morir por la consumación le era reprochable, y no quería que ninguno de los insidiosos empleados y perfectos incompetentes que poblaban el orfanato lo reformaran y la mediocridad asomase como su sino. Ni lo deseaba ni lo quería.

De modo que, el 15 de marzo de 1999, Luke Whimbley, de 15 años de edad, ataviado con una camiseta en la que se reproducía el chistecito del HTML, con Paisajes conceptuales abiertos de par en par en sus últimas páginas, escribió su manifiesto:

«Nadie ve lo que el corazón siente, porque este enfermo ser que anida en la absoluta frustración y desesperación es incapaz de reprochar al mundo la condenación que arrastra desde su tierna infancia. Nadie ve lo que el corazón siente, porque prefieren justificar con el rechazo y la marginación al incomprendido que aporta una nueva visión, una nueva perspectiva de pureza virginal a esta pútrida realidad. Nadie ve lo que el corazón siente, porque la pasión sólo se contempla en seres altivos que ya han alcanzado a la gracia y no en aquellos que, como yo, pobre criatura del Averno que se arrastra como el gusano que repta por las cavernas más lúgubres de la Tierra, relinchan como caballos en una yerma pradera rebuscando la amarillenta luz que los catapultará a la Trascendencia. Mundo de acero, mundo de neón, cómo te anhelo y repruebo.»

Afianzada la última letra, se subió a una silla de madera donde le esperaba la horca. Ajustó a su cuello su verdugo. Un suspiro. Graznidos de cuervos. Un sol postrado en lo alto del cielo. Y la silla fue apartada. La respiración enmudecida. Sin entonar últimas palabras. Un destallo y el vacío.

Fue enterrado en un cementerio emplazado en un suave altozano, donde los cuerpos de Aurora y Leonard Whimbley habían reservado un espacio intermedio para su bastardo.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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  • Me ha gustado mucho. Por algunos momentos me recordó a uno de mis relatos, el que se llama como yo, pero no tiene nada que ver, claro… Muy buen texto.

    • Gracias ^^ Me ha salido un poco el alter ego en la biografía sin quererlo :p

      • Por cierto, no sé si has jugado e incluso reseñado ya en otra página el juego The Evil Within, pero me gustaría mucho leer tu opinión.

        • Pues, fíjate que iba a hacer un análisis de The Evil Within pero siempre se me olvidaba y al final no lo hice. El juego empieza medianamente bien para después convertirse en un RE 4 genérico, con ganados de distinta forma, acción y más acción, y dificultad artificial por la escasez absurda de recursos. En eso se resume más o menos la impresión. Mikami tenía una idea bastante buena pero no ha acertado en la ejecución esta vez, y además se le fue la mano con los clichés, el surrealismo y las movidas mentales.

          No es una obra maestra, no es un juego sobresaliente; está bien, sin ser malo.

          • Vale, gracias por el análisis personalizado, me doy por satisfecho, jeje.

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