Paisajes conceptuales

Imprecando a un dios convertido en oveja eléctrica que pastaba en praderas de cuarzo, o por un demonio de forma humana bigotudo que clamaba al desierto que Dios había muerto, se fijó que junto a su tío sobresalía una curvada piedra. Justo a un empujón de la pira. Aurora y Leonard acercaron a su bastardo Luke a su inmolación, mientras Roderick se preparaba para el ritual con un mechero y una lata de gasolina en sus manos.

En un esfuerzo, el fuego estalló y ante sí se descubrió un infierno. El mismísimo Infierno que Dante había inmortalizado en sus metafóricos escritos. Un infierno que quemaba su piel, que ocasionaba una quemazón en su garganta que le asfixiaba. Y entonces, en una fugaz lucidez, concluyó que Whitton no era su hogar. Si se quedaba en Whitton, el fuego lo consumiría lentamente, muy lentamente, hasta desprender su alma y desintegrar su carne, sus músculos y evaporizar sus órganos internos, si tal milagro era posible.

En el instante que sus padres cogían fuerza para arrojar la Maldición al fuego eterno purificador, a Luke se le ocurrió una estratagema. Aprovechando el impulso, haría que sus padres se tropezasen y que Roderick, quien no había percibido la piedra sobresaliente, se precipitase detrás de ellos. Fingió adelantarse para ayudar a sus padres en su empresa, inclinándose levemente para esquivar sus manos cuando las atrasaran para pillar el máximo impulso. Sus padres procedieron de la manera esperada. Luke rehuyó el contundente empujón. Aurora y Leonard Whimbley chillaron de consternación y dolor. Roderick, se tropezó. Tres almas nuevas para el Noveno círculo, se burló exultante Luke.

Los estólidos padres que habían pugnado por asesinarlo habían terminado por fenecer en su misma trampa mortal. Luke se sintió satisfecho. ¡Malditos seáis, esclavos! ¡Que el abismo os engulla y haga de vosotros dos pusilánimes monigotes en vuestro merecido Averno! Y se marchó. Se escabulló esquivando la foresta y una valla de madera y retornó al hogar como un hijo rechazado.

Leonard y Aurora Whimbley, de 45 y 46 años respectivamente, fueron enterrados cristianamente en el cementerio de la localidad, emplazado en un suave altozano del norte. Luke se acercó, de incógnito, una sola vez. Contempló el epitafio de ambos y allí mismo desterró su fe arrancándose del cuello un crucifijo y tirándolo a la sedosa hierba. Solo, azuzado por el profundo conocimiento del decadente que se le aparecía como Satanás encarnado, sin más familia querida ni conocida, Luke rehízo sus pasos hacia la salida del cementerio. En una décima de segundo, en cuanto atravesó el umbral de las puertas de metal forjado, Luke Whimbley se transformó en algo. En algo de lo que no estaba seguro en absoluto. Veía el mundo con los ojos del decadente desencantando, que sólo escruta podredumbre en las formas más pletóricas y belleza en las formas más despreciables. Eso era Luke, un pequeño diablillo marginado.

A la semana de la muerte de sus padres, el 2 de agosto de 1988 fue atrapado por los servicios sociales y conducido a un orfanato a las afueras de Lossfeld, donde forzosamente cohabitó con todo tipo de huérfanos indeseables. Sobre su estancia en aquel pozo infernal de degradación, cómo le gustaba pensar que era, la soledad se presentó como su más preciada amiga. Con ella podía compartir sus oscuros pensamientos, sentirse libre de vejar de maneras inverosímiles al resto de sus compañeros y maldecir el buen nombre de los profesores de su escuela. Su estigma de chico rarito y asocial no se lo quitaban ni los cuidadores. Un caso perdido, lo calificó el psicólogo.

 El resto de su infancia discurrió más dignamente que sus abruptos cuatro primeros años. Su habitación pasó de estar decorada con horribles payasos multicolores a estar repleta de papeles con sus grandes obras literarias. Paisajes conceptuales, rezaba su recopilatorio, su magna obra. En su interior había desde relatos cortos de contenido meditativo, hasta erudiciones y anotaciones sobre guiones que nunca llevaría a cabo. De los últimos, el que más le llamaba la atención era Desorden Sustancial, una poesía corta que copió de otro libro. Había añadido el nombre de su dios ficticio favorito:

Cayendo en el vacío,

suspirando sin aliento,

soñando con seres impíos,

mi mente divaga extenuada,

en este antro de desesperanza,

donde los caballeros mueren

y las putas danzan descorazonadas.

¿Quién soy yo?

Una sombra más aquí debe estar,

nadie más debe aportar.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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  • Me ha gustado mucho. Por algunos momentos me recordó a uno de mis relatos, el que se llama como yo, pero no tiene nada que ver, claro… Muy buen texto.

    • Gracias ^^ Me ha salido un poco el alter ego en la biografía sin quererlo :p

      • Por cierto, no sé si has jugado e incluso reseñado ya en otra página el juego The Evil Within, pero me gustaría mucho leer tu opinión.

        • Pues, fíjate que iba a hacer un análisis de The Evil Within pero siempre se me olvidaba y al final no lo hice. El juego empieza medianamente bien para después convertirse en un RE 4 genérico, con ganados de distinta forma, acción y más acción, y dificultad artificial por la escasez absurda de recursos. En eso se resume más o menos la impresión. Mikami tenía una idea bastante buena pero no ha acertado en la ejecución esta vez, y además se le fue la mano con los clichés, el surrealismo y las movidas mentales.

          No es una obra maestra, no es un juego sobresaliente; está bien, sin ser malo.

          • Vale, gracias por el análisis personalizado, me doy por satisfecho, jeje.

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