Paisajes conceptuales

En la periferia de este asentamiento, entre las marañas de granjas dispersas y tierras cercadas anexas, se situaba la modesta granja de los Whimbley, una casita con dos cobertizos anexos en los que únicamente se cuidaban de puñado de viejas vacas.

La empresa ganadera familiar estaba al punto de la bancarrota, de modo que no se podían permitir siquiera comprar una oveja. Todos sus parientes cercanos estaban muertos y su único sustento lo constituían los subsidios que recibían de cuando en cuando por parte de una cooperativa de la costa. Encima, para su consternación, la granja estaba plagada de cuervos, una cantidad exasperante de esas endebles criaturas que eran asesinadas en muchas ocasiones para evitar que la Maldición afectara a uno sólo de sus habitantes. Concretamente, Aurora y Leornard pensaban que uno de esos cuervos había absorbido el alma de su jovencito Luke.

Malditos sean los cuervos, pensó su padre cuando, después del parto, avistó la silueta recortada de un cuervo surcando los grisáceos cielos. Maldito sea él y toda su descendencia, aullaba la gótica ave desde su posición privilegiada. O eso creyó escuchar Leonard. Aturullado, no le apetecía ni pasarse por la única taberna del pueblo para disfrutar de las vidas ajenas mientras su familia se hundía en la miseria. Mucho menos cuando, con una cara rasgada por la desesperación y las facciones contraídas en una mueca de tremendo desagrado, percibió que la cruz de plata que remataba su tejado a dos aguas había sido doblada. ¡Pobres Whimbley! ¡La Maldición! ¡La Maldición!

Respecto a este suceso, Aurora prefirió asumirlo sin consternación. Ella, mujer despechada y cruzada por las yagas de trabajos forzados y una absoluta dedicación a su dios anglicano, no concebía que Dios fuera capaz de castigarlos como meros réprobos. Ella que, día y noche, tarde y mañana, ocaso y amanecer, no se tomaba un meditabundo respiro en su ajetreada vida.

Ajetreada, hasta que vino su vástago al mundo. Despedido a una velocidad tan ralentizada que su padre alucinó con ver el número de marcos por segundo con el que ese ser salía de su vagina, su querido hijo le ocasionó unos daños irreparables en su más íntimo interior. Impedida por el resto de su existencia en cargar con la amargura de ser estéril, a las pocas semanas Aurora pensó en abandonar esa condena con patas en una fría cuneta escocesa. No pudo. Su misericordia se lo impedía.

Superados estos sucesos, a trompicones entre altibajos y arrepentimientos, durante tres años consecutivos Leonard se dedicó a frecuentar con insistencia al pastor del pueblo, recibiendo de él cientos de agasajos, en su mayoría símbolos cristianos, con objeto de enmudecer los sollozos perpetuos del niño y atenuar la animadversión de su degradada familia.

Simultáneamente, demasiado pequeño como para comprender qué demonios aconteció el día de su venida, Luke se contentaba en actuar como un bebé ordinario mientras su madre lo rehuía continuamente y su padre inhibía sus ganas asesinas. Tal era su desolación, que ni se molestaron en anunciar su existencia a sus los familiares que restaban dentro de su peculiar linaje. Los Whimbley convirtieron el aislamiento en su particular refugio ante las inclemencias de cuchicheos y miradas indiscretas.

A los cuatro años, Luke, como si fuera el ser caprino que desató el horror en Dunwich, mostraba una peculiaridad terrorífica. Sus rizos, alborotados y despeinados, y sus facciones, bonachonas y estúpidas, correspondían a las de un crío de su edad. Sin embargo, su mirada, su honda e ignota mirada, era un objeto de estudio aparte que lanzó la exclamación sorpresiva de especialistas y locales. ¿Por qué un niño tan pequeño poseía una mirada propia de filósofos griegos que han contemplado un abismo que no se atreve siquiera a devolverles la mirada? ¿Por qué ese niño era tan especial simplemente por un par de ojos castaños almendrados que despertaban temores e incomprensiones?

¡Quemadlo! ¡Es el mismísimo hijo del diablo! Reclamó un amigo íntimo de la familia que estaba desesperado con el crío. Sus padres no se le acercaban, persistían en un estado de perpetuo y aborrecible miedo indescriptible hacia el vástago que habían contribuido a gestar en partes desiguales. ¿Puede ser el hijo del demonio? ¡Un enviado de Satanás! Les comía la cabeza su amigo Roderick White, un personaje sin absoluta relevancia cuya mayor contribución a esta biografía fue fallecer inmolado en la pira funeraria que construyó para quemar al niño.

Esto último, aconteció el 26 de agosto de 1988. Un día de parque durante el ocaso. Sus padres, de mirada trémula y perdida en la vastedad salvaje del horizonte, caminaban como un par de borrachos por el puerto de Lossfeld. Luke no entendía a qué venía de repente todo ese interés por salir a jugar con él, cuando no era nada más que un niño que se pasaba el mayor tiempo soñado completamente solo y obviado por unos padres que ni se molestaban en tenderle una servilleta durante la cena. Una pena, reflexionaba Luke, es una pena por qué no sé qué motivo les impulsa a despreciarme de esa manera. Como se verá, sus padres nunca se molestaron en relatarle la verdad y Luke, en un burdo desconocimiento, creía que era porque a veces hablaba raro.

Cuando tenía un año o dos años menos, no se notaba, pero a partir de los cuatro Luke había empezado a despuntar por una forma de hablar un tanto singular, anacrónica para un niño de tan corta edad. Hablaba con el acento típico de Northumberland, en esa chirriante vocecilla de duergar tan característica de los niños pequeños. Era igual que los demás, incluso articulando cada término, aspiración y expiración. El problema, intuía, radicaba en lo que decía. Justamente en el contenido. Por ejemplo, una vez los Whimbley estaban cenando y, de repente, el pequeño Luke exclamó animado por una ráfaga reveladora:

«¡Dios ha muerto! La religiosidad no es nada más que una falsedad propagada por una sociedad de moral esclava incapaz de asumir los designios del fatum y alzarse desde la decadencia nihilista al amanecer del sobrehumano, una vez superado el ocaso.»

Ambos progenitores quedaron petrificados. Las cucharas de la sopa se congelaron en el vacío y el perro se tapó los ojos con sus orejas. El aire estancando del comedor se tornó irrespirable, viscoso. Una escena digna de estampa, con un protagonista que, no descifrando el motivo de la hiperbólica reacción de sus padres, prosiguió su comilona.

Una vez hubo finalizada este achaque, sus padres marcharon a zancadas a la casa de su amigo íntimo Roderick, sujetándose con fiereza sus crucifijos. Roderick concertó una reunión de urgencia y entre los tres finalmente trazaron el curso de su plan maestro. Y así, con la feliz idea de librarse para siempre de la maldición que sacudía las raíces genealógicas de su pobre dinastía, ambos padres partieron al sitio de su redención final.

Luke, como un saltimbanqui, correteaba de un lugar a otro como un zorrillo desentendido del mundo, del entorno, en una pureza infantil que airaba a su padre y le provocaba apretar los puños. Su tío se distinguía en la lejanía, posicionado junto a un montículo indistinguible de una materia oscura.

En el lugar, le pidieron a Luke que se sentase en un banco de piedra y se distrajese contando las nubes que discurrían por la bóveda atmosférica mediamente despejada. Acto seguido, procedieron. Los padres asieron a su hijo y le ataron con cuerdas. El pequeño, a sabiendas de que estaba en peligro, forcejó con todas sus fuerzas. Su padre lo tenía tan amarrado que era descabellado para el pequeño conjugar la idea de una escapada exitosa. De modo que tenía que diseñar una contramedida urgentemente.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

También puede gustarte

  • Me ha gustado mucho. Por algunos momentos me recordó a uno de mis relatos, el que se llama como yo, pero no tiene nada que ver, claro… Muy buen texto.

    • Gracias ^^ Me ha salido un poco el alter ego en la biografía sin quererlo :p

      • Por cierto, no sé si has jugado e incluso reseñado ya en otra página el juego The Evil Within, pero me gustaría mucho leer tu opinión.

        • Pues, fíjate que iba a hacer un análisis de The Evil Within pero siempre se me olvidaba y al final no lo hice. El juego empieza medianamente bien para después convertirse en un RE 4 genérico, con ganados de distinta forma, acción y más acción, y dificultad artificial por la escasez absurda de recursos. En eso se resume más o menos la impresión. Mikami tenía una idea bastante buena pero no ha acertado en la ejecución esta vez, y además se le fue la mano con los clichés, el surrealismo y las movidas mentales.

          No es una obra maestra, no es un juego sobresaliente; está bien, sin ser malo.

          • Vale, gracias por el análisis personalizado, me doy por satisfecho, jeje.

A %d blogueros les gusta esto: