Ómicron

—Eh, tú.

Extendió su gabardina por encima de una losa de cemento.

—¿Quién eres?

El desconocido trastabilló. Una famélica incandescencia provocada por una bombilla estropeada ocultaba sus facciones bajo un negruzco manto. Asustado, se alejó, un paso, dos pasos, tres. Tenía la certeza de que huiría como uno de esos cabrones escurridizos que penetraban en su territorio adjudicándose lo poco que poseía. Sin embargo, se sorprendió con cierta crispación cuando el intruso se sentó en una columna de hormigón derruida con sus barras de acero descubiertas y carcomidas por el paso del polvo y el tiempo. El desconocido se mantuvo a cierta distancia. El visitante estaba ataviado con un mono gris y sucio de una única pieza. Su espalda estaba marcada por un código de barras difuminado. Su aspecto era sórdido y deplorable, y no aparentaba ser aumentado.

—¿Quién… eres…?

El tipo chasqueó los dedos.

—Un fantasma. Un muerto. Un espectro —impasible.

—¿Un muerto? ¿De dónde has venido? —se tensó.

Un loco o un criminal puesto de mierda. Si suponía un peligro, de inmediato cogería su gabardina y echaría a correr como el pobre desgraciado que era.

—Del Averno.

El intruso lo miraba fijamente. Era un criminal. Un criminal que se acababa de fugar del Sector policial. Quizás escaparse no era tan buena idea después de todo. Revocó sus intenciones y optó por el díalogo.

—Esta ciudad en sí es un Averno, amigo. ¿De qué parte vienes?

El condenado ladeó la cabeza ligeramente. Percibió una plateada cicatriz en la mejilla resaltada por los haces industriales.

—De un lugar de esta Ciudad. Pero a la vez de fuera de ella. Un mundo paralelo. Un Averno.

—¿Del Sector policial, verdad?

—Muy agudo.

Aumentó progresivamente la intensidad de su mirada. El desconocido se distanció un poco más. El intruso se irguió.

—¿Cómo te llamas?

El vagabundo ante su caminar adoptó una pose defensiva, instintiva, como un perro a punto de ser apedreado por niños malcriados.

–Ko-Kolins.

Se frotó  una barbilla surcada por las marcas. Pasó al lado del desconocido como si fuera un amigo y se acomodó en un bloque liso de cemento ubicado enfrente de la gabardina.

—¿Quieres oír una historia, Kolins? Anda, ven, acércate. Te voy a contar una breve historia, la historia de un tipo que por delito menor fue llevado a Kappa. ¿Sabes qué es Kappa?

—No…

Dio unas palmaditas en su asiento con la mano derecha.

—Mejor, vamos tío, siéntate, hombre. No seas capullo. Te prometo que no voy a aburrirte. Palabra de honor. Coge tu gabardina y abrígate. Antes he notado que va a hacer frío.

Kolins obedeció con ademán adusto, midiendo cada gesto y tono vocal del sujeto. Una vez posicionado, se calentó frotándose los brazos.

—Oye, Kolins. ¿Por casualidad no tendrás algo de beber?, ya me entiendes. Ese tipo de cosas que se encuentran en la realidad.

Kolins se agachó buscando el escondrijo donde ocultaba una botella de vodka sin sintetizar, una delicia al alcance de muy pocos.

—Bien, bien. Gracias Kolins. No hay nada como poner a punto la garganta, y por lo que veo sin sintetizar. Tienes buen gusto, mano.

Asintió levemente. Al menos no lo iba a degollar, no por el momento.

—Verás, todo empezó hace 5 años. Por aquel entonces era traficante de electrodrogas, ya sabes, esas mierdas que se meten los hackers mientras están idos en su mundo súper chungo. Mierda de la buena, de diseño. Cumplía un encargo allí, otro aquí. Esos condenados buscaban dinero hasta en las sucursales de Hong-Kong. ¿Sabes dónde está Hong-Kong?

Kolins negó. Todo lo que estuviera fuera del radio de la Ciudad era extraño y anónimo.

—Bueno, es algo que sabrías si estuvieras metido en un negocio tan vertiginoso como éste. Bien, pues un día debía hacer un negocio con un chino venido de esa misma ciudad, un pirata encubierto que pretendía meterse de lleno en la red bancaria asiática. Resulta extraño que los extranjeros miren a esta ciudad, pero oye, yo no pongo las reglas y ese chino las quería a toda costa, así que no me negué. En ese trato es donde me pillaron. Firmé y empaqueté varias cajas escondiéndolas en un almacén. Alguien dio el soplo y me pillaron en mi casa follándome a mi novia. Fue todo muy rápido y lo último que recuerdo después de que se me pasara el subidón fue que estaba con medio pie en la tumba y confinado en una celda de acero refinado.

El hombre no habla con soltura, como si se hubiera tirado años sin tener contacto social. Se fijó en sus rasgos. Parecía árabe o turco, con una piel cenicienta y cruzada por lagos blancuzcos de piel reseca y quemaduras. Su mirada no paraba de enfocar a un punto muerto en la lejanía. Había algo en su aspecto que no encajaba con ninguna de las personas con las que estaba acostumbrado a tratar. Una novedad, una excentricidad que sobresalía por encima de la cadencia enclenque de su dicción. Algo inédito por lo que se podía figurarse como podía ser aquel Averno llamado Kappa.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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