Max

El señor Grey descendió del coche adusto. Entornó sus acuosos ojos. Ladeó su cabeza varias veces examinando los alrededores del aparcamiento. Los reflejos del atardecer resaltaban una amarillenta y descuidada barba, un voluptuoso cuerpo y una gorra camionera deshilada. El señor Grey entró en Sable and Gules, la tienda esotérica de las afueras de Addyhitt.

El señor Grey mira una especie de cabeza reducida decorada con un sombrero de paja. Pregunta al dependiente con ironía si eso perteneció alguna vez a un molesto e irritante crío. El dependiente se estremece cuando la puerta de la tienda vuelve a deslizarse y una mujer se adentra en las tinieblas del establecimiento. El dependiente sonríe, sonríe anchamente. El señor Grey golpea con atrevimiento una campanilla de invocaciones. Su tintineo agudiza el silencio incómodo de un espacio grisáceo y congelado, desprovisto de frenética animosidad. El dependiente sigue sonriendo mientras la mujer extrae suavemente una pistola plateada de su bolso. El señor Grey bromea sobre un ataúd en miniatura puesto en la tercera balda de una estantería.

—Puta mierda. Qué asco—. Max arrancó el papel del carril de la máquina de escribir. Lo estrujó como sus sueños despedazados por tonterías varias y sangrante carencia de inspiración. Lo tiró a la basura, sin concebir que se trataba de su último guión antes de que las campanas de la catedral tañesen las doce de la noche.

—Joder joder joder joder—. Era un gilipollas. El mayor gilipollas del distrito. Un pedazo de inútil soplapollas que levantaba el desprecio y asco de todos cuantos se encontraban a su alrededor. Un puto fracasado incapaz de hilar dos letras coherentemente sin comprometerse con la pretenciosidad y la desgana. Pedazo de anormal.

—No sé qué coño voy a entregar para dentro de una semana. Voy a perder mi trabajo. Por gilipollas—. Lo que siempre fuiste y siempre serás. Un perfecto subnormal.

Max, tocándose la barbilla con brusquedad, extendió las palmas sobre su escritorio y revolvió los papeles y cuadernos dispersos sobre su superficie. Desordenadamente, rebuscando un indicio de idea, un atisbo de evocación que disparase la reanimación de sus famélicas esperanzas, aquéllas que le hacían olvidar que su vida era una puta mierda, una vida de existencia hiriente que saltaba la animadversión de su casero.

—Algo. Tiene que haber algo. Estoy seguro de que había una noticia…—Sus huesudos dedos tocaron el filo de un periódico. El titular destacaba por encima de la bazofia de texto que le acompañaba como insustancial contenido. Eso era… una noticia… Sí, una noticia de mierda.

—Asalto a una tienda regentada por musulmanes en Anlwick—. De su mano se escurrió el papel. Vuelta a la búsqueda. —Que les follen. Yo quiero algo más interesante. Rompedor.

Increíble. Sobrenatural. Ni siquiera proponiendo temas era bueno. Al contrario, un puto patán que siempre recurría a terceros para rellenar folios medio plagiados medio cocidos por el alcohol. En su trabajo lo despreciaban y mantenía puesto porque no había otro patán piojoso y zarrapastroso que ocupase su lugar. Su familia no le quería ver su puta cara enajenada de politoxicómano en horas bajas; de prominentes ojeras negras, ojillos acuosos, facciones deformadas en una extremada silueta de duende, granos, negro cobrizo por pelo, barba de chivo y chepa. Una chepa tan prominente que describía una parábola perfecta que casi podría considerarse el trazado exacto de Fibonacci.

Su aliento mataba a los muertos. Su halitosis sin remedio repelía desde los más indiferentes hasta los más bravucones y envalentonados. Hablarle sin mantener una distancia prudencial acarreaba muerte súbita. Instantánea. Desprendimiento de la carne de los huesos en finas tiras relucientes, sanguinolentas, sostenidas poco a poco por unas venas gradualmente necróticas que al alcanzar el suelo se tensionaban y rompían. Se iban a la mierda, como la víctima por extensión.

De un modo tan rancio, nadie se acercaba a Max a menos que contara con protección o un palo. A propósito de palos, rememoraba con cariño aquel fastuoso día que intentó entrar en Ashford Hall con «la pinta de Innsmouth» y los guardias de la mansión lo molieron a palos. Del Hospital lo echaron por su comportamiento. Tuvo que lamerse las heridas como un perro callejero y cuidarse el mismo yendo a la farmacia. Su vida de mierda era muy desgraciada.

Por suerte, la desgracia comenzó a desmembrarse cuando aceptaron su currículo en una revista. Su trabajo consistía en inventarse horóscopos. Así es, horóscopos. Todos los días de la semana, de los meses, de los años, de los eones, de los milenios, de los miles de milenios. Su trabajo consistía en coger ideas de mierda copiadas de la televisión, de otros periódicos y de otras fuentes y plasmar su creatividad esotérica en la leyenda de 12 signos zodiacales. Sólo servía para ello y era el peor de todos.

Mientras se dedicaba a jornada completa a desgastar su intelecto en horóscopos, oteaba a las transeúntes que discurrían por la calle donde se ubicaba su apartamento. Una calle limpia y pulcra. Una vena secundaria que conectaba con la arteria principal de Addyhitt. Veía a sus contemporáneos como manifestaciones espontáneas de lo apolíneo y lo dionisíaco. Los Apolos eran los hermosos, los superiores, los que no incitaban a la violencia por su físico. Los Dionisios representaban la antítesis de los primeros. Feos como abominaciones salvajes, se desplazaban como espíritus descarriados por las calles y callejones, al margen de la realidad, al margen de la sociedad, al margen del estereotipo. La belleza de la fealdad. El encanto de lo degenerado.

A Max le gustaba pensar que era un Dionisio bendecido por las aptitudes y virtudes apolíneas. Le gustaba escribir historias. Historias y guiones de mierda como el de los primeros párrafos. No había otro alto entrenamiento en su subsistencia como entidad corpórea. Gastaba horas y horas de un Tiempo que amenazaba por corroerlo paulatinamente hasta sus cenizas avasallar en una fosa común de las colinas. Estólido sentimiento de convincente autocomplaciencia.

Justamente en ese instante, Max se hallaba en uno de esos momentos personales de acción literaria. Rebuscando una noticia a la que afianzarse para escribir sus elucubraciones.

—Tiene que haber algo más interesante… Algo más…— Sus ojillos saltones enfocaron otro titular suelto. —Empleada de Ashford Hall fallecida por ahorcamiento—. Apartó los trozos inservibles que tapaban el cuerpo del noticiero. —Una empleada de Ashford Hall fue hallada ahorcada en uno de los vestíbulos de la mansión. La policía apunta a un suicidio—. Max extendió el papel. —¡Lo encontré!

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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  • Me ha encantado.

    • ^^ ¿Qué es lo que te ha gustado?

      • Pues todo, en especial el mismo personaje de Max y su manera de enfrentarse a una vida mediocre a la que parece abocado haga lo que haga… Todo me gusta, la descripción de su día a día y sus devaneos mentales por sacar historias contundentes de los sucesos, como buscando un reconocimiento como narrador que él mismo se niega al dar por malas sus ideas… La ambientación, más emocional que otra cosa, que le has dado al relato, y por encima de todo, y pese a que él lo consideraba malo, me encantaba el relato que estaba comenzando a componer, el pobre tarado.

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