Laureana

Hay una araña encima de la mesa. Una araña tiesa y tuerta que me mira de reojo. Me mira estúpida, tupida y ciega. Los pelos de sus patitas se escabullen y se retuercen. Brisa invernal. Nocturnidad. El cielo raso y la araña no para de observarme de reojo. Ciega. Yo me siento, la miro también resuelto, ya la acaricio, suavemente. Sus patitas tiemblan de regocijo. Me arranca con sus finos dientes un trozo de piel. Yo me alegro y la sigo acariciando.

Laureana ha sido desde siempre mi mejor amiga. Una compañera de viajes y mi amante. Mi gran amante. La conocí en los establos de la casa, en el más recóndito y lúgubre establo. Confinada entre cajas, me percibía mirándome de reojo a pesar de estar cegada. La luz del sol no le gustaba y cuando la saqué al exterior gruñó y tiritó. Yo me entristecí. La deposité encima de un banco y esperé a que se tranquilizara. Esperé allí, sentado. Oteando el abismo horizontal torcido sobre la vertiente euclidiana de una masa rectangular ciclópea que componen las finas hileras cuánticas de los ladrillos de argamasa de mi casa. Mi dulce hogar de ladrillo destartalado parapetado en la cuneta de la autopista principal.

En ese cubículo de una habitación y dos plantas me instalé con Laureana. Le disgustó la pocilga en la que vivía. Ella quería magnanimidad, opulencia, aristocracia. Una inconformista adicta a las causas ajenas. Yo la obedecí, pues su disgusto enfebrecía mi disgusto reprochando mis anhelos reinsertos sobre un injerto de amargo patetismo alejandrino. Me comunicó una noche de luna llena, a la luz de un candelabro, ambos tirados en el patio; que su destino era encontrar morada para su progenie en la casa grande apostada sobre las colinas. La gran casa.
La casa grande emplazada más allá del cementerio.

No recordaba cómo se llamaba. Algo de Ashford. Algo de Hall. No lo sé. Únicamente soy consciente de que ese palacio le pertenecerá a Laureana, quien ciega me ve a través de la filigrana de mi apesadumbrada alma. Cuando hubimos discutido los detalles, Laureana se mostró dispuesta a cohabitar con alguno de los residentes familiares en sus magníficos dormitorios. Me pareció bien.

Preparados los bártulos, encerré a Laureana en una cajita de mimbre con agujeros para que pudiera respirar. En la oscuridad, grácil criatura que entreteje la futilidad con el chirriar de unas peludas patitas. Quimera obtusa que atisba un mundo depravadamente enfebrecido. Musa juiciosa y lareda que clava sus punzantes colmillos sobre mi cuello para encadenarme a su imprevisible entelequia de grandeza.

Abrí lánguidamente los portones del cementerio. Una plúmbea atmósfera barría vientos viciados de muerte, muerte y nada más que muerte. En lo más alto del montículo de las colinas nebulosas, la gran casa se erguía como el torreón de la esperanza, de la vida espléndida ennoblecida. Laureana me apremió.

Avanza, maldito, avanza. Mi desesperación roza el límite y mis cegados ojos no contemplan las paredes broncíneas sobrevoladas por águilas doradas.

Y yo avanzo y avanzo, apartando la maleza y abriéndome paso entre las ciénagas colmatadas de descomposición y barro.

En uno de esos estanques, perdido en mis visualizaciones oníricas de existencia consumada con Laureana, tuve la delicadeza de tocar mi cintura, donde la cajita de mimbre de Laureana era sostenida por un hilo de cuero reforzado. Palpé el sitio, lo seguí palpando. Seguí y seguí. Seguí y seguí. Grité, grité airado. Laurena, ¿dónde estaba Laureana?

Me volteé e inspeccioné la hedionda ciénaga con mis callosas manos. Rebuscando, topé con suerte con su cajita de mimbre. ¡Pero ella no estaba allí! ¿Dónde te encontrabas, Laureana, maldita desgraciada? Marchado, ido, sentí el encogimiento de los órganos y la pulsación del cerebro.

Había perdido a Laureana. ¿Me había abandonado? ¿Pero cómo? ¿Si no era nada más que en ciega araña? Sollocé mientras el denso barro se pegaba a mis piernas y me aprisionaba en el cieno. Descendiendo, poco podía hacer. Laureana había muerto. Muerto. Muerto muerto muerto muerto. ¡Pobre de mí que sólo aspiraba a la felicidad en este mundo displicente!

En un palacio remoto, Laureana colgaba de una de las lámparas de araña del comedor principal. No podía percibir el oro puro esmaltado con piedras preciosas de la patricia chimenea principal. Tampoco podía dibujarse mentalmente el águila dorada que brillaba con una tétrica fuerza en el epicentro del conjunto. No podía comprender las palabras de los humanos que bajo ella cenaban ignorantes de su vigilancia, de su acechamiento. Los miraba de reojo con sus negros ojillos, tejiendo su suave red en una lámpara de araña.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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