Xendiran

Desdobló un papel. Letras y números se alternaban entre asteriscos y barras. “Edificio-15*Puerta-78*Sector-6” Lo rajó liberándolo al viento. Abrió su bolsa y reagrupó su material: cables, microprocesadores, discos duros, tablas magnéticas, imanes… Lo más jugoso del Sector 6. Contento, silbó hacia la nada organizando su mercancía. Cerró y se sacudió la chaqueta torpemente. Afianzó las bandas de poliéster a sus hombros retomando el camino hacia su destino.

Faltaban por atravesar dos intersecciones y tres callejuelas. Un encontronazo con los pandilleros y no tendría escapatoria. Esos buitres acechaban desde cada esquina asaltando a los desprotegidos caza-tesoros. Arrebatándoles lo que con tanta indulgencia y sudor habían podido recolectar… Por suerte, contaba con su instinto agudizado y sus reflejos entrados. Ni el más veloz de esos gilipollas podría alcanzarlo. Aunque… Se la cabeza con la capucha inclinando la cabeza. Un soplo y era hombre muerto.

En el lateral derecho de un callejón, dos vagos fumaban tabaco de liar en las escaleras de un supermercado desvencijado. Miró al frente acelerando.

—Eh, tú, chaval. ¿Adónde vas tan rápido?

Con los nervios erizados, torció bruscamente en la primera bifurcación que encontró. Esos hombres eran jodidos. El de la derecha lo conocía, no recordaba su nombre, pero sí que había asesinado a sangre fría a una pareja de vándalos en plano centro de la Ciudad. Si ese par descubría por algún casual su mercancía, lo más suave que se les ocurriría sería rajar con una navaja láser su aorta. Tragó su desbordante saliva. Ante todo, sus trece años lo superaban. Se asomó analizando al hombre sentado al final de las escaleras. Era más alto y aumentado que el otro. Estaba exhalando lánguidamente el humo sin el menor rubor en el rostro. Con los ojos vidrioso perdidos en la negrura y unos espasmos espontáneos en los componentes electrónicos. Nanotipos.

El otro levantó una botella de whisky que derramó encima del aumen de no buen aspecto en un descuido. Escapó con una celeridad igualable a la conseguida por los cables de fibra óptica aéreos del Sector 6. Se adentró en una vía lateral que conectaba la avenida principal con una fábrica de destilados de baja calidad ubicada justo en el eje central. Su destino. Cuando hubo estado a lo que consideraba una distancia prudencial, se paró haciendo acopio de sus restantes fuerzas.

—Por poco…

El Sector 6 apenas rebosaba vida ese mes. La callejuela en la que se había metido era testigo de esa anomalía. Un par de tirados bebiendo, niños huérfanos robando a los indigentes su dinero para aumentarse. Ni un Ángel o sujeto sospechoso. Las últimas redadas de autómatas inteligentes armadas con ametralladoras y cohetes empezaban a surtir efecto, por lo visto. No había nada en el mundo como la sensación de parcial seguridad brindada por el silencio mezquino del gentío. Una paz sin forma, teñida por los cadáveres de grupos callejeros y homicidas.

Andando por el centro de la calle, la envolvente oscuridad era lo único que acompasaba el rugido de su corazón. La oscuridad y el silencio. El silencio… Alzó la cabeza y vio un apartamento destrozado seguramente por una explosión o por la intromisión de algún cuerpo especial. En la Ciudad la policía era muy propensa a llamar a tu puerta sin una orden judicial. ¿Alguna vez existió algo mejor? Siempre se preguntaba si toda la decadencia congénita que la Ciudad parecía era producto de una mejor época productiva y esplendorosa. Pero, ¿y si siempre había sido igual? Los mayores balbucían que en sus pesadillas aparecían edificios achaparrados de dos plantas en zonas frondosas de bosques. Personas normales, amables y respetuosas.

¿De verdad alguna vez existió algo así? Calma y prosperidad, aquello que la Ciudad rechazaba. Se cuestionaba si los niños como él tenían que ganarse la vida intercambiando basura electrónica en otras partes del globo. O siquiera podían fantasear. Una dura experiencia le había demostrado que inventarse una dimensión personal, un lugar improvisado alejado de la crudeza del acero romo, estaba vetado a las juventudes de la Ciudad. Marc se evadía frecuentemente a un lugar que él llamaba Xendira, una ciudad majestuosa y pacífica. Dos semanas antes de su decimocuarto cumpleaños su cuerpo era encontrado fiambre en las aguas residuales del Ramal-F. Sufrir la realidad por tu fuerza de voluntad.

Edificio 15. Un almacén a medio construir adosado a una fábrica convertido en la sala de reuniones de un contrabandista. Tocó el intercomunicador de la entrada. Una voz barítona.

—Las alas del Fénix…

—Velan por los caídos en campos de hierro.

La voz se cortó. Un pitido seguido de un chasquido anunciaron la apertura de la plancha cromada que funcionaba como abertura. Se adentró en un pasillo iluminado en tono verdoso. A su izquierda, un adusto hombre percutía un conejo apoyado contra la pared.

—Bienvenido. ¿Cuál es tu interés?

Se descolgó la bolsa señalando su cremallera.

—Intercambio. Sector 6.

El hombre se ajustó su gorra.

—Tercera puerta a la izquierda.

Agarró su bolsa por un asa y se encaminó a la puerta 3. Llamó con un par de golpes secos.

—Adelante.

La hoja de metal se deslizó descubriendo una sala de madera con dos sillones y una mesa recién pulida. El contrabandista era una mujer esbelta de aspecto amenazador sentada en un sillón de cuero. Imponía bastante.

—He traído buena mercancía.

Se acercó a la mesa. La mujer lo observaba sin decir una palabra. Desabrochó la cremallera y esparció todo lo que contenía sin reparar en orden o limpieza. Esperó de pie unos segundos sin inmutarse. Estaba un poco nervioso.

—Uhmmm… no está mal. Un medido nuevo. Un trasistor de nueva generación… Te doy 500 por todo —sacó un fajo de su billetera— en metálico.

Sin moverse del asiento, su cálculo había sido perfecto. Será cierta la frase de que la práctica hace al maestro. Pero su destreza no quitaba que el precio fuera una miseria.

—¿Solo?

La contrabandista se lo lanzó.

—Es innegociable. Si algún día traes algo interesante te daré el triple. Hasta entonces, confórmate con eso.

Rechinando los dientes, se guardó los billetes en el bolsillo. A fin de cuentas, algo es algo. Y con eso sólo le quedaban 300 para un billete de aerodeslizador rumbo al exterior de las murallas. Se despidió resignado. Regresó a las cavernosas calles. Estaba decidido: 300 más y se largaría de la Ciudad. Muchos viejos repetían la oración como discos rayados de “la Ciudad es una mínima porción de este planeta” y él estaba dispuesto a atestiguarlo.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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