La chaqueta metálica (1987)

Después de tragarme decenas de vídeos cuyo motivo principal eran los mejores momentos del Sargento de Artillería Hartman, fue el momento de coger valor y visionarla de una puta vez. Me molaban tanto esas escenas sueltas pertenecientes a la primera media hora de la película que no podía ni debía apartarla a medias como un mal polvo. Entonces, llegó el día, me la bajé en un arranque encomiable de apología al intercambio a bajo coste y me la vi en una noche del tirón, como sólo las buenas películas saben hacer en mí. De principio a fin —puede parecer una gilipollez, pero pocas son las películas que ostentan este honor—. Por último, antes de ahondar propiamente en la crítica, análisis o lo que cojones sea esta entrada; tengo la obligación de anunciar que estará dividida en las dos mismas partes que la propia cinta. La primera relativa a todo lo que englobe el reclutamiento y la segunda a Vietnam.

¿Qué decir de la primera media hora que no se haya escrito o inscrito con tinta, sangre o códigos binarios en el mundo? Una ristra de elogios a los actores, a los diálogos y a las actuaciones; en eso se resumiría. Lee Ermey sabe como ser el mayor hijo de la gran puta que ha pisado la Tierra. Convertirse en ese ser, esa entidad omnipresente que provoca la unión de batallones integrales de soldados por el desprecio y el odio conjunto que sólo tipos como él son capaces de despertar como si de una musa griega se tratara. Hartman es el cabrón, el gran cabrón, y bajo sus órdenes —aparte de estar bien jodido— eres su esclavo personal, siendo capaz de violarte a ti mismo si ésa es su todopoderosa voluntad. Cada vez que aparece en pantalla se la come y eclipsa al resto del reparto incluso, muestra de ello es el gran reconocimiento que obtuvo por el papel y la ingente cantidad de recopilatorios de los mejores momentos de La Chaqueta Metálica.

Aunque, realmente, obviando al actor y al personaje en sí, no es tanto su grado de maestría a la hora de gesticular y de gritar los mejores improperios jamás vistos en una cinta; sino lo que transmite, lo que pretende reflejar. Leí en alguna parte que principal trasfondo de la película era criticar la falta de humanidad con la que los reclutas son tratados, a lo que se añade un mensaje antibélico no demasiado profundo. Mentiría si negara que logra una exposición más que correcta de ambos puntos. Pero, seamos sinceros, el primero es bastante más potente e intenso que el segundo. Muchísimo más y no parte ni de una historia elaborada ni de unos personajes con una psicología intrincada y barroquizante y tampoco de una factura técnica o efectista de varios miles de millones. Ni de coña.

El teatro montado en la primera parte para exponer que meterse en el ejército es lo peor que puedes hacer con tu vida si eres incapaz de soportar una presión y una situación como aquellas, es muy sobrio y con el guión más simple que se pueda ver en película alguna. Un puñado de tíos se meten en los Marinos durante 8 semanas y a comer mierda. Una voz en off de apenas cuatro frases lo narra muy al principio para meterte en situación y después absolutamente nada más. Enfoque absoluto hacia el entrenamiento y a la degradación mental progresiva de Leonard Lawrence. Ambos arcos constituyen los dos ejes sobre los que se articula ese gran mensaje principal antes expuesto. Quizás, se le podrían añadir otros rayanos en importancia como la despersonalización absoluta, la humillación y la excesiva dureza; pero claro, te has metido en el ejército. Lo raro es que fuera un camino de rosas. Y si eres un puto inútil que no sabe ni levantar la tapa del váter, ¿qué cojones pintas ahí?

A grandes rasgos, esto sería lo que he podido extraer de la primera parte. Nada fuera de lugar. Resulta obvio incluso leyendo exclusivamente una sinopsis. Apreciable en cada minuto, el final de la parte es el mejor cierre que Kubrick le podría montar. En definitiva, película redonda a pesar de su trama simplista y lineal, desarrollo superficial de personajes, con excepción de Leonard; y grandes momentazos caóticos o puestas en escenas espectaculares. Simple y efectivo, como un buen homicidio; incluso cuando el 99% de la maravilla impresa en la primera parte se debe a los cojones y a la metida de polla continua de Hartman a sus reclutas.

Por el contrario, la segunda parte no es ni de lejos tan brillante o memorable como su predecesora. Sí, se reproducen escenas muy crudas y hay algunos diálogos que te incitan a maldecir la estirpe entera del personaje; pero sin alcanzar los extremos absurdamente épicos de las ocho semanas de entrenamiento. Los protagonistas están medio qué y las escenas de pura acción tampoco es que sean una maravilla, son normales, ordinarias, tan corrientes como su trama, igual de lineal y simplista que el resto. Por ende, de nuevo, la magia de la segunda parte radica enteramente en el pretendido mensaje antibelicista que atestigua a partir de escenas y de elementos como el pin de la Paz y la dualidad de la doble naturaleza del hombre. Variados modernos gafapastas seguro que clamarán al cielo por el profundo significado simbólico de cada gesto y cada matiz del pin de Bufón, pero venga, ¿en serio? No hace falta ser un maestro del ilusionismo para captar el predicado de las imágenes. Tampoco, creo que se proponga aspirar a retorcerse como un drama humano psicológico de una calidad filosófica inigualable. Sólo un poco más de chica por aquí en una peli que se expresa por sus secuencias y en su máxima expresión durante la primera tanda de treinta minutos. Ni siquiera veo factible que los guionistas se esforzaran en elaborar un discurso arrollador.

¿Qué se puede sustraer de la unión de ambas? La chaqueta metálica es el Sargento Hartman, el resto es el relato de los días en Vietnam de Cowboy y Bufón. Es desigual, mucho. Aunque pese a esta carencia, se disfruta en toda su longitud. ¿Es la mayor obra maestra de la historia? No. Es una película bien hecha, bien realizada, simple y entretenida, levantando un poco de sensibilidad a su paso. Sin excederse.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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  • Estoy de acuerdo. Me gusta bastante, pero ni esta ni la mayoría de las pelis de Kubrick me parecen la repanocha como se les tiene… Sólo amo de verdad 2001, y es más por afición propia que porque la peli sea tan TAN buena (asumamos que es un coñazo, sobre todo sin HAL).

    • Ni de coña es “la mejor película bélica jamás rodada” Ese puesto está ocupado por otras, como he visto. Está bien, pero es que los 30 primeros minutos son la película entera y el resto es un añadido que puede estar mejor o peor según vaya pasando la cinta.

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