Infiltrado

«Ejecutando rutas de navegación alternas. Códices abiertos».

—Más te vale. No me vayas a fallar ahora.

«Interfaz inoperativa».

—¿Cómo? ¿Se puede saber qué coño significa?

“Los procesos están congelados. Agujero detectado en cortafuegos.”

—¡Venga ya!

“Intrusión detectada. Aplicando protocolo.”

—¡Joder!

«Brecha en el sistema… sistem… sis…»

—Mierda…

Infiltrado. Si no desconectaba inmediatamente todos los sistemas su vida correría grave peligro.

«Iniciando…»

Desenchufó los transistores provocando una fugaz interrupción en la transmisión.

«Reiniciando…»

—Vamos… ¡Vamos! —se congeló con un suspiro.

Unos números crepitaron en el ciberespacio. Sus aumentos neuronales estaban que echaban humo y sus retinas a punto estaban de desprenderse ante la lectura apabullante de cientos de millones de códigos. Su límite, estaba a un instante de sobrepasar su límite y sobrecargarse. Explotar. Arder. Esa mierda era buena de verdad. Muy muy buena. Un código verde. Recalibró una terminal a su derecha en un movimiento. Dos segundos y estaría fuera.

El zumbido de las torres de repente comenzó a degenerar en un traqueteo. Las pantallas chispearon mostrando imágenes aleatorias. Era imposible… Absolutamente imposible. Él… Él… lo había alcanzado. Se reclinó en el asiento tecleando pasmado los pocos reductos de código binario viables que podía emplear en su defensa. Pero fue inútil. El sistema se bloqueó, se paralizó.

—No…

El monitor central conformó varias líneas cromáticas que se encauzaron en un mismo epicentro. Surgieron poliedros y diversas formas geométricas. Él estaba allí. Ésa era la prueba irrefutable.

«Qui… qui… é… n».

Intentó desajustar los enchufes, pero una descarga mortífera lo disuadió. Otra más y las neuronas de su cerebro podrían servirse en un bol como palomitas.

«Qui… e… e… n».

Apagó las luces. A menos que por algún milagro su terminal contara de repente con visores térmicos, esa maldita cosa no registraría su patrón facial.

«Qui… e… n… er… es…»

Su vocecilla reptaba por las conexiones artificiales recién estrenadas de su mente. Se apropiaba paulatinamente de su conciencia. De la voz de su subconsciente. De su voluntad. Cómo cada vez era más cercana. Más más y más. Como penetraba en su materia gris como alfileres…

«¿Quién eres?»

Una voz mecanizada agitó las ondas del reducido espacio de su habitación. Una voz cavernosa completamente carente de funciones y mecanismos orgánicos. La voz de la muerte. Selló sus labios y se cortó los cables de su cabeza con unas tijeras. Sus ojos tiritaban ante la visión de esa masa multiforme de poliedros mal calculados y calibrados en ángulos inconcebibles para un ser humano. Sin duda, era Infiltrado. El Infiltrado. La Inteligencia Artificial más zorra y jodida de toda la Ciudad. Últimísima tecnología. El sueño húmedo de cualquier aficionado a las IAs que había capturado sus sistemas y se había asentado en cada bit.

“¿Quién eres?”

La conexión se había interrumpido y estaba recurriendo a un par de alta voces baratos que robó en un mercadillo. Su tono era impoluto, sólo que ahora había ascendido un par de octavas en un desgarramiento que hubiera destrozado sus tímpanos de haberse puesto auriculares. Él no dijo nada. Tampoco sabía cómo reaccionar o qué decir. Simplemente, estarse quieto y esperar.

«Edificio de apartamentos número 8».

Estaba registrando su ubicación vía satélite. Se mordió el labio. El pillarían en nada. Debía hacer algo. ¡Ya!

—Soy Kile. —¿un nombre falso? ¿Lo mejor que se le ocurría a un pirata experimentado era un nombre falso y una habitación a oscuras?

«Kile…»

Sus pelos se le encresparon. La sensación era la misma que cuando la Parca te leía el testamento en tu mismo funeral. Sin embargo, por muy avanzada que fuera, Infiltrado era poco más que una máquina crédula, una intrínseca amalgama de números, programas y memorias, que se había tragado doblada el nombre del tipo que le prestó su terminal junto con toda su ID. Por suerte, el tío seguía vivo… Dentro de lo malo…

“¿Por qué has perturbado mi paz?”

—Lo que estaba haciendo no es asunto tuyo… Lárgate al agujero infecto del que saliste, puta.

«Reacción esperada. Amoldando discurso».

—¡Qué te jodan!

«Intentabas duplicar los códigos».

—¿Y qué? No he hecho ningún mal a nadie. Sólo informarme.

«Intentabas duplicar los códigos. Terrorista detectado».

—No soy un puto terrorista.

«Amenaza localizada. Proceder a eliminación».

—¡Joder! Mira, mira, destruye todos los discos duros si quieres. Ya no me importan. No tienen nada. Sólo 500 petabytes de porno…

Comenzó a tantear lo que había a su espalda para escabullirse. Saldría por la ventana. Arrancaría los postigos y saldría por la puta ventana. Salvar su vida era prioritario, que le den a los códigos, aunque con Infiltrado en su habitación y sus servidores sumisos las ventajas eran mínimas.

«Iniciando protocolo».

La verborrea no era tan ignominiosa ni profunda como antes, era más predefinida. Alguien estaba tomando parte en su control.

—Vamos, quédatelo si quieres…

«¿Por qué? Enviando archivos. Confirmación».

Un golpe estridente que retumbó el esqueleto de su bloque en las plantas bajas lo alertó. La policía. El servicio especial. Estaba muy jodido.

-¡Joderr!

Se levantó de súbito con las piernas temblando y se abalanzó contra el cristal, sin molestarse en arrancar los postigos. Cayó en picado al endurecido suelo amortiguado por una espalda de acero de penúltima generación. Libre. En el interior de su cuarto, una imagen estalló, implosionando junto con todos los datos.

Tirado en el suelo, reaccionó acariciándose las rodillas y corriendo como un condenado calle arriba. Escuchaba disparos, algunas ráfagas. Len se los devolvería. Esa rata poseía más copias de seguridad que el propio ejército. En una intersección torció a la derecha. No parecía que nadie lo estuviera siguiendo. Un respiro. Lo había pasado fatal ahí atrás, fatal.

Se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta y comenzó a andar sin destino fijo por un callejón. Un vapor ascendía de las alcantarillas, entremezclándose con el hedor nauseabundo de ratas, vagabundos y basura. Los peores barrios son los que mejor te ocultan y sus habitantes los más sabios en la materia. Escoger vivir en ese apartamento había sido una buena jugada. Infiltrado siempre se mantenía la margen de la inmundicia físicamente. Virtualmente no, pero mejor así que de la otra forma. Había escuchado auténticas aberraciones sobre cuando a esa IA la daba por convertirse en persona y repartir estopa. Se encendió un cigarrillo.

Dentro de lo malo había conseguido lo que andaba buscando: los planos para la fabricación de una segunda IA por el Departamento de Defensa de la Ciudad orientada a suplir la falta de trabajo sucio de Infiltrado. Dentro de tres meses, su estructura externa estaría diseñada y su núcleo a lo sumo en un año. Si no lo hubieran cogido… Pateó una piedra. Había estado tan cerca. En una esquina un andrajoso niño jugaba con un convertidor oxidado.

—Oye, ¿sabes dónde está Len? —le preguntó.

El niño se fijó en su chaqueta. Normal, la suya estaba hecha una mierda.

—Me gusta. Si me la das te llevo con él.

Se la tiró con desprecio.

—Quédatela. Iba a comprarme otra.

El crío se abrigó con ella.

—Está en la sexta planta del edificio 15, puerta 606.

—Gracias.

—¿No quieres que te acompañe?

—Que te jodan.

Por el camino, la certeza de la plena destrucción de su vivienda le asaltó. Si fallaba otra vez… No habría próxima vez. Infiltrado estaba en todas partes. En cada registro y onda. Lograr filtrar archivos clasificados con virus sombra en su terreno era muy sencillo, lo difícil era irse de rositas. Aunque, a decir verdad, Infiltrado había supuesto una decepción en parte. Una IA de última generación dominada por un humano. Vaya ironía. Estaba claro que la única vía de que la Ciudad persistiera, era atando con cadenas a sus más formidables bestias. Depender de una máquina para la seguridad. Bufó. Infiltrado era un enemigo formidable. Pero hasta entonces, hasta la próxima vez, las ratas de cloaca se pudrían en las aceras, los gordos de Anxtrium se metían champán en vena… Ah, las máquinas y sus graves problemas de distinción. Tratamos a los autómatas como esclavos y son ellos los que nos esclavizan… Otra aspiración. Al fin y al cabo, sólo son máquinas.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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