Realmente no sé qué escribir a la memoria de este gran Maestro sin caer en lo típico o sonar excesivamente emocional. Poner un “Gracias” o un “Muchas gracias” es demasiado simplista y pueril, demasiado acotado en sentimiento.

Aunque, se me ocurre que gracias a él descubrí un algo del que estoy profundamente orgullosa, quizás de las pocas cosas de las que estoy auténticamente orgullosa y que jamás en mi vida renegaré. Gracias a él, el terror atávico del mundo se me abrió en todo su esplendor; acompañando de otro aspecto que forma parte íntegra de mí y que fue el principal motivo por el que mi blog está tan inundando de reflexiones  barriobajeras de filosofía de salón. Gracias a él hoy en día el Cyberpunk es mi máxima inspiración e indirectamente a él le agradezco ser poseedora de un blog que es casi como mi criaturita digital. Gracias a él dejé de ser de una puta vez un alguien que no comentaré de ninguna forma. Gracias a él pude percibir el valor estético de la escritura, la gracia y sobre todo la personalidad y el mensaje. Gracias a él, comencé a fantasear con escribir algún libro que no se leerá nadie y que sólo me causa frustraciones. Gracias a él me volví una escéptica relativista que desconfía de todo lo material y vendido como verdad, pero que se vuelca tanto en lo espiritual que prácticamente podría montarme mi propio camino zen con secta incluida.

A él le debo tantas cosas en el sentido más literario y personal de la palabra que realmente no sé esbozar qué habría sido de mi devenir si la suerte, el fatum o algún ser extraterrenal no me hubieran regalado la mejor casualidad de mi vida en el momento idóneo.

No coincido en el 99% con la ideología de Lovecraft, ni con su pensamiento ni tampoco con muchas de sus afirmaciones. Principalmente por la razón de que él pertenece a una época distinta y a un contexto difuso que sólo puede ser esbozado por la arqueología de unos libros. Sin embargo, siempre será mi Maestro espiritual y modelo artístico. Parece que esté evocando a un Dalai Lama, pero el grado de cariño que le tengo al caballero de Providence por algunos de los motivos antes enumerados se explicaría más o menos en ese sentido. Más o menos, porque parece más una cuestión de pura fe íntima que un simple favoritisimo o gusto hacia un mero autor que vivió y murió en la miseria.

Quizás justamente sea eso, cuestión de fe. Fe en la guía proporcionada por su sempiterno legado. Fe en la locura, en lo desconocido, en la crítica y en la insignificancia de un planeta que sólo representa un milésima parte de un Universo en continúa expansión y formación. Fe como la sentida por los personajes de sus cuentos. ¿Una estupidez? Es probable que sea así. Una completa estupidez relativa cuyo juicio dependerá del receptor. Una imbecilidad que me llena y que me proporciona la inspiración necesaria como para seguir viendo este oasis de ignorancia como un valle de decrepitud, decadencia y pura sensibilidad. Aunque justamente, como la revelación de alguno de sus personajes, es bastante complicado describir con exactitud mi aprecio.

Y realmente poco me queda por decir salvo que, esté donde esté, tanto si se encuentra en la ignota Kadath, en la maldita R’Lyeh, en Yuggoth o en Ulthar, en  las tierras del sueño o en la caída Sarnath; en los dominios de Azathoth o en Irem junto con Abdul Alhared; que su alma haya hallado la paz que sólo los profetas como usted pueden alcanzar.

Descanse en paz, Maestro.

Categorías: REFLEXIONES

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.