Análisis de: Hotline Miami [PlayStation Vita]

Querido diario:

El otro día iba caminando por un sendero en mitad del bosque, era de noche y hacía un frío de la hostia. Proseguí con la caminata, de repente, un búho empezó a berrear. Su ruido me molestaba bastante así que trepé hasta su rama y con una navaja de reserva le rebané el pescuezo. La sangre chorreaba por el tronco del árbol, rezumando desde su diminuta aorta, surcando como los meandros de un río las estribaciones de la corteza. Me alegré enormemente, cada día afinaba más la técnica. Descendí despacio y me dispuse a prepararlo todo, la luna estaba en su cenit máximo y esos condenados animales y lobos no dejaban de estorbar con sus putas lamentaciones y griterío. 

Después de varios minutos…………………………….

El campamento ya lo tenía montado y todo ordenado a su vez. Encendí una fogata en el centro con ramitas secas que encontré por el camino. Con un mechero que robé a un excursionista descuartizado por un oso quemé varias y me calenté con la lumbre. La noche comenzaba a estar más tranquila y apenas se atisbaba la letanía de esos infernales seres. Confieso que nunca me han gustado los animales, tan hoscos y salvajes; tienen mi completa desaprobación por y para su existencia. Cené las sobras del día anterior y me piré a sobar.

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—Bienvenida

Me desperté en una habitación parecida a un salón. Había tres animales sentados: un búho, un lobo y un unicornio.

—¿Quiénes sois vosotros?

No obtuve respuesta. El unicornio cerró la persiana y se sentó en uno de los sillones.

—Por favor, siéntese.

Estaba incómoda por lo surrealista de la situación, aun así, obedecí sin oposición. Un sillón marrón desgastado y cubierto de grasa en los posabrazos, era confortable a pesar de su dejadez.

—Hacía tiempo que queríamos hablar con usted, señorita.

—Ah sí…

—En efecto.

El búho era el portavoz del trío. El lobo se contentaba con fumar un puro y el unicornio bebiendo whisky.

—Durante mucho tiempo te hemos buscado arduamente. Pensábamos que moriríamos a este paso.

—No entiendo.

—No te preocupes querida, ya lo comprenderás, confía en nosotros.

—¿Por qué debería hacerlo? Además no habéis contestado a mi pregunta. ¿Qué sois?

—Por favor, no se preocupe, no empecemos con el típico diálogo. Usted bien sabe que no es la típica princesa aséptica.

—Me gustaría que contestara…

—Ufff…

—No pienso hacer nada ni decir nada hasta que me respondas.

Se miraron al unísono, con un gesto tácito con la mano. El búho tomó de nuevo la iniciativa.– 

—Me llamo Ricardo. Mi amigo el lobo es Gregor y el unicornio Francisco. Somos gerentes de una importante empresa y guías de viajes.

—¿Y qué tiene que ver ser gerente con ser guía turístico?

—Preguntas. Casi ninguna con respuesta. Ya sabe lo esencial de nosotros, ahora es su turno.

—Es todo muy extraño…

—No importa, precisamente ésto es lo menos extraño.

—Entiendo…

—Lo sabemos todo de ti, durante mucho tiempo te hemos observado, y ahora es el momento de que cumplas con nuestros designios.

—¿Designios?

—¿No te acuerdas? Tú nos invocaste.

—¿Invocar?

—En aquella gasolinera en mitad del desierto. Estabas caminando por la ciudad y te desvíaste, una curiosidad pasajera; en un teléfono cercano pediste una pizza sin levadura; como te aburrías, cogiste un bloc de notas y escribiste un galimatías inconexo. Éso es lo que pensabas, pero en realidad nos invocaste, pues esas notas era un dialecto rúnico milenario.

—No entiendo una mierda.

—No te preocupes. Al principio es muy confuso pero lo hilarás todo, ten paciencia.

—¿Y por qué os invoqué?

—Escapa a mis capacidades. Nadie llama a la Tierra a unos seres ancestrales como nosotros, y menos por aburrimiento.

—No comprendo.

—Joven invocadora. Es algo que sólo tu puedes responder.

—Y… ¿Qué se supone que hacéis?

—Conferimos poderes especiales. Ultrafuerza, ultravelocidad, locura… cualquier cosa que nos pidas es tuya. Sólo tienes que ponerte una máscara con forma de animal y tus deseos y anhelos macabros y sanguinarios saldrán arrasando todo lo que se encuentren a su paso.

—No soy una asesina…

—¿Segura? Hace poco maldeciste a uno de nuestros hermanos y lo asesinaste, para ti era un ser inferior, un cúmulo de carne, huesos y sangre aleatorio; para nosotros, era alguien más cercano que un hermano gemelo.

— … Lo siento…

—No hay cabida para las lamentaciones invocadora. Ahora que hemos cumplido su deseo es su turno.

—Espera… ¿qué deseo?

—Es confidencial.

—¿Mi deseo es confidencial?

—Exacto, y sólo lo descubrirá cuando haya terminado con su tarea.

—Pues vaya mierda.

—No nos culpe, nosotros no pusimos las reglas.

—Ahh…

—¿Quiere?

Estaba nerviosa y frustrada, pero qué remedio, me dije.

—Está bien.

—Perfecto.

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Me levanté con un dolor de cabeza impresionante. El sol apenas había comenzado a alumbrar el bosque y un par de ardillas ya correteaban entusiasmadas entre la foresta. ¿Qué demonios significaba ese sueño? Preguntármelo había desatado una nueva oleada de dolor punzante. Recogí el campamento apresuradamente. La experiencia había diluido las pocas ganas y esperanzas de otro viaje por el bosquejo o, mismamente, quedarme un sólo día más.

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Tomé el autobús directa a mi hogar. 
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Mi habitación estaba igual de descuidada que siempre. Agotada hasta la máxima extenuación me tumbé y cerré los ojos en mi mullida cama.

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—Bienvenida de nuevo.

—¿Otra vez en este antro?

—Así es.

—¿Qué queréis ahora?

—Encomendarte la primera tarea.

—¿Qué tarea?

—En tu ciudad. Un encargo menor.

—¿Qué clase de encargo?

—Vosotros los mortales lo llamáis “asesinato”. Nosotros lo llamamos “erradicación”.

—Que… ¿qué queréis que erradique?

—En un tienda cerca de la avenida principal. Un vendedor de VHS. Otro invocador como tú. Nos engañó. Un error fatal.

—¿Qué queréis que haga?

—¿No es obvio? ¿Acaso no me he explicado con claridad?

—Sí pero…

– Debes hacerlo. Es tu deber y la única manera de mantenerte con vida, ¿entiendes?

Me atraganté con mis propias palabras. Tan brusco. Tan repentino…

—Entiendo…

—Magnífico.

—¿Hay algo que tenga que hacer en especial?

—No… Sólo entrar en su tienda y asesinarlo.

—¿Y si me pillan?

—No te preocupes. Nosotros nos ocupamos.

—Bueno… ¿armas?

—Con lo primero que pilles. Sólo nos preocupa que aparezca su cadáver. Cómo lo hagas es asunto tuyo.

Temblaba, sin embargo…

—Me hablasteis de unas máscaras.

—Ah sí, por supuesto, ¿cuál quieres?

—Búho.

—Mi preferida. Cuando te despiertes todo estará encima de tu escritorio.

—Si…

—Buena suerte….

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Efectivamente, la máscara aguardaba sonriente encima del escritorio. Los sueños eran sin duda desconcertantes, con ese toque macabro resignado a la oscuridad de un surrealismo sinuoso. Aparté esos pensamientos con una descarga. A pesar de todo…

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#########################################MUERTE############# ###########
Desde ese DÍA. NADA… Los encargos se sucedían unos a otros. Esos tres condenados animales se burlaban de mi pericia en ocasiones. MALDITOS. Si estuvieran en mi piel no se reirían tanto. A veces me lamento de hacerlo todo tan deprisa. En ocasiones los encargos son largos y tediosos. Otros cortos y más fáciles. En general se mantiene la buena línea.  Cada vez que termino uno me quedo con ganas de más… Me comentaron que de momento sólo eran 15… No quiero saber lo qué pasará cuando los complete. En cada uno, sigo una estrategia distinta, esos malditos bastardos son duros y si me pillan me matan de un jodido golpe. La música que escucho por los auriculares está en perfecta sintonía con todo este festín sangriento. De hecho me motiva y voy a su ritmo. El ambiente ochentero en el que vivo apoya otra vez mis visiones. Pega con el tono carmesí a la perfección y conjunta con las heridas abiertas que voy dejando a mi paso. Ese búho me ha dado más máscaras. Cada uno con un poder distinto. Algunas me las da cuando hago un encargo, otras depende de cómo lo haga. Nunca antes me lo había pasado tan bien… He encontrado mi vocación…

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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