Después de tres años y medio cursando el Grado de Historia en la Universidad de Alcalá, una certeza irrecusable ha emergido perfectamente perfilada a contraluz del plan educativo propuesto para esta carrera: la enseñanza de la Historia está obsoleta. Desconozco el caso de otras Universidades y de otros ámbitos continentales o estatales. No obstante, parece haber un sentir general acerca de esta reversible pandemia de ineficacia e incompetencia en la enseñanza de la disciplina histórica. Sumado esto a la degradación generalizada que están experimentando las Humanidades, parece ser que esta ciencia de la erudición y narración se aproxima a una infausta debacle sin remisión, sin apenas un ápice de rescate o de resurgimiento ante el incremento de la aceleración tecnológica y de la volatilidad de la nueva sociedad surgida en el alba del siglo XXI. Acelerada e inclemente, lo que se podría designar a severos rasgos como «progreso» aparenta abocar a esta «asignatura inútil y sin futuro» a su consunción.

Un agudo pesimismo que se arraiga e incordia cualquier germen de renovación. Pero, en este mío desfavorable pesimismo existe el intento de delimitar las causas que impiden tornar esta visión desilusionada en un contoneo de esperanza. Claro queda que no es necesario puntualizar que el sistema educativo español atraviesa lo que yo misma contemplo como una crisis estructural y sustancial. Una crisis crítica que cruza la misma estructura de las Universidades, de cómo se plantean y para qué sirven, para qué deberían servir y cómo deberían conectar con la sociedad; y sustancial por cómo son estipulados sus planes educativos y cómo se enseña. Reitero que no conozco otro caso que no sea de la Universidad de Alcalá, la cual tomaré a modo de ejemplo personal para materializar este esbozo de reivindicación de la transcendencia de la Historia. Añado que también esta opinión está vertida desde el egocentrismo de fascinarme únicamente la investigación.

La Historia no se plantea como algo utilidad pública, algo que sea dominio de la sociedad para pretender su mejora. Se acredita erróneamente que la Historia es el campo de los que únicamente saben narrar cuatro historias medio inventadas sobre un pasado difuso y disuelto por la erosión de los eones. Que su labor es casi la propia de un anticuario y que el conocimiento producido en su seno se asemeja al de una lista de la compra. Sabes contar fechas, sabes contar datos y algunos hechos sueltos, ¿pero alguien sabe cómo interpretarlos? Aquí, en esto último, es donde incurre un error fatal en cuanto al estatus de la Historia. La historia en minúsculas puede ser aprendida por cualquiera. Cualquier puede acceder a un libro, a un manual, a un artículo o a una entrada de una enciclopedia en línea, repitiendo con exactitud geométrica la algarabía de informaciones encadenadas en un orden concatenado y cronológico. Mas, ¿esto es la Historia?

Me resisto a aprobar que la Historia en mayúsculas solamente sea empleada para esto. Para ser un mero relato de historia en minúsculas sin ningún tipo de estilismo, pensamiento o análisis, como si se retornara a una versión moderada del historicismo del siglo XIX. Soy contumaz en apreciar la Historia en mayúsculas como una ciencia de máxima trascendencia social que debe proporcionar las herramientas críticas y analíticas suficientes que permitan una reconstrucción del pasado histórico de una sociedad, cada vez más plural, interconectada y ajena a lo nacional; para a partir de ello atisbar los rescoldos de un futuro entrópico y los fundamentos del presente. Esta habría de ser la esencia de la Historia en una contemporaneidad que ha roto con los desgastados paradigmas de los tres siglos precedentes. Una Historia en mayúsculas emparentada y preocupada por la realidad, no solamente por la formalidad vacua y rimbombante de las constricciones de la Academia.

Este punto es aquél que me ha resultado casi imposible de hallar en la Universidad de Alcalá. Pues, lo que allí se enseña, lo que se pretende exponer para futuros historiadores principalmente dedicados a la investigación, no es una Historia en mayúsculas que fomente el pensamiento crítico, que provea de una amplia base de teoría y práctica, de historiografía, que se cuestione a sí misma y que sea capaz de derruir la cuarta pared de una facultad para aterrizar sobre el cenagoso suelo social. Lo que ahí se muestra es una historia en minúsculas, atenuada por la parálisis docente y metodológica, inerte y desmembrada por el exceso de la focalización local, la marabunta de conocimientos insulsos que son transmitidos de manera unidireccional e inequívoca y una melancolía global, la melancolía por el fracaso anunciado de la Universidad y de un Grado.

Tres años y medio de carrera y el grado de aprendizaje sobre la Historia y las maneras del oficio ha sido nulo. He debido acceder a las prácticas de una institución agregada a la Universidad para poder comenzar a atisbar el cimiento de lo que sería un proyecto de oficio como investigadora. En apenas tres meses lo que jamás pude siquiera concebir en tres años y medio de carrera con asignaturas obligatorias, transversales y lo que fuere. Entonces, ¿para qué ha servido esta supuesta formación? ¿De qué ha servido si no has desarrollado prácticamente ninguna competencia de investigación? ¿Si no se ha elaborado ningún trabajo académico? Visto así, ¿cómo se pretende que la Universidad prosiga valiendo como una institución de excelencia intelectual? Y es que en ella prevalece la abulia antes que afrontar la transformación; un narcisismo patológico por desconsiderar el cambio o la mejora en favor de su faz vetusta y desfasada. Un problema agrandado por la fractura estatal del sistema educativo y la degradación de la Historia por su presunta inutilidad.

Categorías: REFLEXIONES

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.