Espacio informativo

—Remodela este párrafo y éste también.

Eliminé parte del contenido, suprimiendo la poca verdad contenida en un par de diminutos fragmentos.

—Perfecto. A continuación escribe el siguiente titular: 12 muertos en el Sector 6 a causa de un estallido de una tubería en un edificio de apartamentos.

—¿Murieron por aquellos soldados de la FPA, no?

—Limítate a escribir lo que te digo, ¿entiendes? ¿O prefieres perder tu empleo?

—No, señor.

Comencé a escribir desesperadamente. Reorganicé varios comandos latinos y un titular cerúleo con reflejos neones se perfiló en un reducido espacio delimitado por cuadrados anaranjados en los que estaban enmarcados extractos de noticias y entrevistas programadas por una I.A. convencional.

—Muy bien. Tómate un descanso. Ya te llamaré para el siguiente encargo.

—Sí, señor.

—Adiós —despedí al encargado con un efusivo asentimiento.

Otro bonito día productivo de falseamiento sistemático. Saqué un cigarrillo y me lo fumé ¿arrepentido o condescendiente? Por una parte, el poder absoluto de la información era enteramente mío, mi puta personal. Era capaz de inventar guerras y acusaciones con un trémulo teclear de funcionario amargado, mientras la máquina se tragaba de una vez todos esos procesos y añadía detalles eventuales. Por otra parte, era un simple trabajador hundido en la mierda que seguía las órdenes de un montón de jefes narcisistas que sólo se contemplaban la polla sin la menor vacilación. ¿Cuál de los dos era lo peor? La verdad, me daba igual. Éste era mi trabajo. ¿Por qué debería preocuparme?

Exhalé varias veces con una leve intranquilidad que me había estado recorriendo las arterias durante toda la última semana. Una foránea angustia adormilada por cigarrillos… Una luz verde se encendió encima de un panel cerrado con pegatinas. Las pantallas rotaron describiendo un nuevo escenario holográfico de alta resolución. Presioné el interruptor y un basurero repleto de cadáveres de críos se proyectó. Entre el montó de cuerpos, creí ver hasta una familia.

Encima de las imágenes. Un título: limpieza llevada a cabo por la policía sectorial en el Sector 6. 56 fallecidos. Los cadáveres serán incinerados a las 16 horas. Un subtítulo: una banda callejera ha iniciado una guerra en un basurero del Sector 6 provocando 46 fallecidos. La policía sectorial intervino a tiempo pero no puedo evitar la masacre.

—Mierda, qué desagradable.

Acerqué el zoom y observé varios miembros desmembrados esparcidos por el asfalto y la basura, con sangre discurriendo como torrentes junto al óxido y los restos de la faz de una niña pequeña. También había un par de hombres o mujeres incinerados e irreconocibles, y un bebé destripado encima de un ordenador o de una terminal muy muy antigua. La guardia de la Ciudad era verdaderamente implacable. El intercomunicador emitió una melodía estridente para reclamar mi atención. Accioné una conexión auditiva neuronal.

—¿Sí?

—¿Has recibido la noticia? —mi jefe ladrada con un tono que me volatilizaba el córtex lentamente.

—Sí.

—Confiamos en tu capacidad para tapar este asuntillo, ya sabes.

—Sí, señor.

—Perfecto. Quizás puedas recibir una bonificación como compensación, ¿qué te parece?

—Sí, señor.

—Adiós.

—Sí, señor.

Descolgué y me encendí otro cigarrillo cuando casi me quemo los labios con el anterior. De nuevo, reprimí el ardor mortífero en la boca del estómago que me inducía el vozarrón inclemente de mi gerente. Puto hijo de puta. Siempre mandándome la puta basura que a otros no les salía de las gónadas hacer.

De repente, un pitido suave y una segunda tanda de imágenes emergió de los metadatos. La Ciudad logra tener un índice de escolaridad del 100%. ¿A quién coño le importa? Dividí las dos noticias en categorías poniendo en modo espera el programa encargado de hacer un llamamiento a la I.A.

—Veamos.

A punto estuvo de volver a quemarme los labios. Tiré el pitillo, me crují los dedos y, con una celeridad infernal de estilo clásico, reproduje las palabras exactas que todo el mundo quería leer. Lo encubres con eufemismos y le das una capa de buenas intenciones y de verdades a medias, una técnica ancestral desarrollada a lo largo de los dos últimos milenios. Era maquinal, sencillo y te evitabas pensar, una de las reglas de oro de cualquier empleado de esta corporación. ¿Verdad? ¿Realidad? ¿De verdad habrá gente por los Sectores que siga creyendo en ello? Vaya pérdida de tiempo.

Una luz ambarina propulsó una descarga intermitente en mis neuronas. El jefe vendría en cualquier momento. Los cadáveres del basurero habían sido provocados por una guerra entre dos bandas de drogatas muertos de hambre adictos a los aumentos. La Ciudad tenía un índice de escolaridad del 100 y a nadie le importaba las horas muertas que pasaba tergiversando noticias para después filtrarlas por una Matriz local controlada por una I.A. reprogramada. La puerta deslizante se abrió detrás de mí con la carita porcina de mi jefe asomando por el umbral.

—Remodela los párrafos iniciales. No encajan con el cuerpo.

—Sí, señor.

Se esfumó por dónde vino. Lo único que eché de menos en ese instante fueron las luces nocturnas de la Ciudad que desde mi oficina nunca podía contemplar.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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