El sueño más profundo/Eliot

Existe una aspereza sin parangón que azota al soñador cuando se haya envuelto por el tenebroso halo de la desesperación. Sin mayor escape que una fantasía, que una ensoñación recubierta de apelmazadas ilusiones, desfigura la proyección de su realidad al imaginar sobrepuestas a las paredes de su guarida las imágenes fraguadas en un arranque de atrevida euforia. Pero esta exaltación es transitoria. Difuminada por la pesadumbre, el soñador remonta un presente embadurnado de tragedia, de frustración, impregnado por la imborrable mácula de la decepción, el fracaso. Y la divergencia dimensional converge y se concierta que la predestinación adquiere el rango de solvente sino, absorbiendo un ensombrecido futuro que ínfima o ninguna posibilidad aguarda. Y, ¿qué quedará? Salvo la tristeza y el hundimiento. Salvo la congoja y el silencioso sollozo en el desierto.

Eliot, así es como me nombraron en 1973. Hermano menor de dos gemelos, tercero en la sucesión de mi dinastía, nací como consecuencia de un amor no consumado legalmente entre mi padre, Alexander, y una madre cuyo nombre apenas desentraño en mi saturada memoria. Me lo recuerdan continuamente, pero tan escasa relevancia despierta en mí que se pierde en un vendaval vocálico. Si su inicial era L o N me es indiferente, sé que existo exento de las penalidades e infortunios de las clases sociales más modestas o sitiadas por su restringido capital adquisitivo. Pues, como miembro legítimo de mi casa, he residido desde siempre en esta esplendorosa mansión, circundada por alborotados bosques y una cantidad inconmensurable de hectáreas y propiedades…

Ahora no sé dónde situarme.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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