El desorden digital. Guía para historiadores y humanistas de Anaclet Pons

Por último, el mayor punto de discordia emparentado con la inmaterialidad lo constituye la deliberada manipulación de información. La información digital es flexible, podemos modificarla y actualizarla; lo que puede perturbar el registro histórico y la idea de lo que es original o falso. Stefano Vitali lo resume en la diferenciación entre cómo la información es físicamente registrada y cómo se restituye de manera inteligible. Es decir, por su desmaterialización el documento no se posiciona sobre un soporte fijo y físico, lo que permite una reproducción, copia o eliminación indefinida.

[…]; la información digital es flexible, podemos modificarla y actualizarla, lo cual puede perturbar el registro histórico y la idea de lo que es original y de lo que no lo es, de lo auténtico y del simulacro. […] Si la copia manipulada viene a sustituir a la original, su la reemplaza, socava la autoridad histórica y, como veremos, ha de complicar los procesos del método histórico.

La manipulación de información es una constante manifiesta del medio digital y que afecta particularmente a la Historia de una forma sangrante y crítica. Sinceramente, poca es la gente que siente pasión por la misma y muchos menos son aquellos que gozan de la suficiente perspectiva como para discernir y buscar las fuentes adecuadas en la Matriz. De esta forma, lo que es publicado en una entrada de blog sin fuentes, mal maquetado y sin demasiadas buenas vibraciones se convierte en la máxima positivista de un usuario desesperado.

La tergiversación es completa y ha sobrepasado a la fuente original, que queda como poco menos que una nota a pie de página en la inmensidad de la red. Por supuesto, el autor queda convenientemente omitido, atribuyendo una autoridad fantasmal a un error histórico que se propaga como una pandemia por todo tipo de medios hasta convertirse en lo auténtico a fuerza de repetición, como si se tratara de un 2 más 2 igual a 5.

Después de Bush, Roberto Buso abrió la primera etapa de contacto entre ambas culturas: Literary and Linguistic Computing. De ella, convine extraer una visión general sobre el contacto entre ambas culturas y su convivencia.

Nosotros mismos somos historiadores bastante tradicionales, aunque la experiencia personal nos ha hecho llegar a la convicción de que el ordenador es una herramienta extremadamente útil para los historiadores.

Como afirma Oville V. Burton, el empleo de los medios digitales se ha extendido tanto que cualquier historiador utiliza los nuevos medios sin ser capaz de concebir su trabajo prescindiendo de ello.

La simbiosis, a pesar de los contrapartes antes analizados, entre la máquina y la Historia es evidente, como si se tratara de una Historia transhumanista. Una visión lógica, pues el historiador debe servirse de los medios de los que dispone en el momento de la realización de su trabajo. Negarlos y refugiarse en lo tradicional porque supuestamente es menos benigno sólo conduce al estancamiento y finalmente a la obsolescencia en un mundo que demanda información a cada segundo como un Saturno devorando a su hijo. En el intermedio está la virtud, cita Aristóteles, y la virtud del nuevo método de la Historia debe hallarse en la sinergia de lo tradicional y de lo moderno, del archivo y el manuscrito y de Internet y el procesador de textos.

Pero para comprender el establecimiento de las pioneras relaciones entre la máquina y la Historia, remontémonos unas décadas en el tiempo, cuando Emile Durkheim mostró una acusada preocupación por la estadística y la reconstrucción social. En los años treinta contó con el refrendo de François Simiand y Ernest Labrousse. Esto encontrará cobertura con algunos rasgos de la escuela de los Annales, dando lugar a la defensa del método cuantitativo por Pierre Vilar o Pierre Goubert, alcanzando su máximo exponente con Pierre Chaunu con su obra Histoire quantitative, histoire sériell, que presenta un nuevo campo: la historia serial. Definida como:

Una historia que no interesa tanto por el hecho individual (sobre todo por el hecho político, pero también cultural o económico) cuanto por elemento repetido, integrable en una serie homogénea, susceptible de remitir de inmediato a los clásicos procesos matemáticos de análisis de las series.

Refiriéndose con esto al proceso matemático, no a la máquina en sí. El que finalmente asentará un referente de cómo es esta relación más allá de la pura estadística y cuantificación será Emmanuel Le Roy Ladurie procedente de la nueva generación de Annales, quien en 1969 publicó L’historien et l’ordinateur, «en el que defendía la tarea del historiador, indicando que lo cuenta no es la máquina, sino la pregunta que hacemos al pasado». Ergo, la relación de la máquina con la disciplina, tomando las palabras de estos autores, se basa únicamente en su condición de herramienta.

En este campo al menos, el historiador del mañana será programador o no será nada.

Obviando la exageración, esta cita final acota en sí misma una obviedad reiterada: la Historia en ningún momento dio la espalda a la Tecnología, simplemente todavía no se pregunta cuál será su futuro.

Durante la segunda etapa, desde principios de los ochenta, las Humanitis Computing comenzaron a proliferar hasta los 90 con la creación de navegadores como el Mosaic y el florecimiento de las Humanidades digitales. En esta ocasión, las Humanidades digitales como disciplina serán descartadas en virtud de la consideración del soporte moderno por parte de Roger Chartier.

Para Chartier, las nuevas herramientas: alteran la técnica con la que producimos y reproducimos los textos, el soporte de lo escrito y la lectura. ¿Cómo? Variando la noción de contexto y cuerpo. Una página web es un fragmento, un trozo desprendido de una obra completa y jerarquizada. Una reproducción inexacta y descontextualizada arrancada de un volumen anónimo. Si no es con una búsqueda, a veces exhaustiva, nunca es conocida la fuente original de la que proceden esas líneas. A esto añadiría, la propensión hacia la lectura diagonal y el desinterés total hacia el contexto global.

Ese cambio en la forma de leer que Chartier sugiere podría verse, según perspectiva personal, en la configuración de un lector capitalista que consume todo tipo de contenido proporcionado por todo tipo de fuentes sin reparar en calidad u origen. Sencillamente, consumir información sin más, como si se tratara de un apéndice de la lacra consumista. En términos de la disciplina histórica, esto acarrea indudablemente un desinterés total hacia la fuente y una escasa autocrítica respecto a lo que se está leyendo, favorecido por las someras descripciones o referencias adicionales que puedan ayudar a situar el texto en su emplazamiento original.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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