Sobre cómo un grupo de amigos intentó imitar la República de Platón.

Sócrates suspiró abstraído el riachuelo fangoso del callejón. Una piedra lo partía en dos a mitad de camino. Sus sucias botas eran humedecidas por los chapoteos ansiosos de una rata en la boca de una alcantarilla situada en el borde de la acerca a su derecha. El mugriento río se había desbordado por la lluvia corrosiva despidiendo un hedor indescriptible, como si una fosa común de hace un mes hubiera sido excavada y dejada a la intemperie para el deleite de los transeúntes. La noche cerrada no ayudaba demasiado, más bien confería un matiz trinstón al lugar. Se suponía que las noches eran hermosas, repletas de vida y misterio. Se suponía. Suspiró toqueteando una pantalla maleable más vieja que sus padres. Un noticiero de las doce notificaba el incremento pausado de gases nocivos en la atmósfera, por lo que se recomendaba portar mascarillas a partir de ciertas horas. Con la cantidad de industrias subterráneas e investigaciones que funcionaban a plena potencia en los mismo cimientos de la Ciudad y que encima expulsaban su mierda al aire libre, no era de extrañar que algún día no muy lejano la Ciudad entera se convirtiera en una cámara de gas a gran escala. Escalofriante, sí, mas podía optar por conseguir dinero suficiente para colocarse unos pulmones mecánicos con filtros automáticos y limpieza semanal. A lo que uno tenía que llegar para sobrevivir decentemente hasta los 30, que por cierto, 30 años era la esperanza de vida del 70% de los jóvenes en 6. Vaya faena, ¿y el gran favor que le hace a los gobernantes? Sócrates murmuró una incoherencia aleatoria, aburrido, deprimido.

Nada de esto era su mayor preocupación. El eje de su desmoralizamiento era su implacable descenso. Había sido degradado a un ciudadano de clase 2. Estaba a un paso de ser un ciudadano 1 (vagabundos, parias y demás gentuza) y lo que venía después era el 0… Un rango que según los rumores sólo podía ser obtenido en el Sector 7, lo que le aliviaba, en parte. Vivir en la periferia central del Sector 6 no le había servido de nada. Absolutamente nada. Se había esforzado tantísimo en mejorar su virtud y actitudes, desempeñando diversos trabajos de importancia y estudiando largas y largas listas sin fin, con la inocente intención de poder ascender a la clase 5 y tener un pase que le aseguraría un puesto de trabajo mediocre en el sector 1. La Utopía. Ascender era complicado. Rebajarse al nivel de cuatro borrachos sencillo. Demasiado sencillo. En la oficina le habían atestiguado que su futuro personal era trabajar incansablemente en una central de desechos hasta que, derruido, derrotado y amargado; se arrojase a la acuosa lava que destruía toda la basura electrónica. Su destino final era existir, no vivir, rodeado de basura tecnológica que nadie quería como un despojo y todo porque en una de las pruebas había dado negativo.

—Maldita sea mi suerte…

Le había llamado inferior, ciudadano, borrego, inútil e irracional. <Además de virtud. Es preciso que nuestros aspirantes demuestren cierto grando de afinidad hacia el conocimiento.> ¿Queñ había de malo en no saberse cuáles eran las tres capitales de Rusia? Una criba para quitarse chusma de encima. Una trampa que te prefabricaba falsas ilusiones. A decir verdad, ninguno de los que conocía habían llegado a ser ciudadano de clase 5. Era como si todo estuviera manipulado de antemano. Los 6 Sectores que conformaban la Ciudad estaban pensados para albergar como una escala piramidal el tipo de gente que les correspondía. En el 1 y 2, los racionales y gobernantes. Los que dirigían los destinos de toda la población como si fuera una partida de damas con peones desechables. El 3 estaba dominado por los guerreros que masacraban sistemáticamente a la población. Y en el resto, los ciudadanos de clase baja que no servían para nada y eran tratados como escoria inmunda.

—Qué bien…

A lo mejor habían hecho ese engañatontos de la clasificación para fingir que en este sistema podías aspirar a una vida mejor. Y él había picado como el perfecto bobalicóin que era.

—Mierda de vida…

Una vida trabajando como un esclavo en una central de desechos siempre será mejor que no tener nada.

Categorías: RELATOS

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.