Ella

Así, cada uno se formaba una entidad que era proyectada como un alter ego. Un ser perfecto. Prendado de virtudes y carente de defectos, aquello que exactamente todos y cada uno de los ciudadanos anhelaban ser. Omnipotente, él o ella circulaba por las autopistas de la información como un cometa surcando los cielos de la Tierra, tan implacable e indómito como los neones que alumbraban incansablemente cada una de las arterias y vértebras de ese monumento al hedonismo humano conocido como la Ciudad. En la Matriz no había guerras, no había criminales. La chusma se convertía en ángeles y los débiles en sobrehombres. Un valiente mundo perfecto que jamás caería. No. Mientras la Ciudad permaneciera en pie la ilusión no se desmoronaría. La utopía fraguada en las entrañas de la distopía, de esa extraña dualidad que le asfixiaba en ocasiones, no se desmoronaría. Eso le gustaba pensar.

Las máquinas se reconstruyen, se regeneran, se reactivan y congelan sus sistemas y memoria en el tiempo. Era imposible que la Matriz fuera menos que eso. Algo que ni siquiera existe no puede desaparecer, no mientras que haya una persona unida a sus invisibles circuitos. Inmortal, todo lo contrario a su infausta existencia.

Cuando recibió la confirmación del pedido, se incorporó para tumbarse en su maloliente cama. La Matriz era lo único a lo que podía aferrarse en su escabrosa vida. No le importaban los controles biométricos, la recopilación exacta de información personal, la invasión ocasional de su privacidad e intimidad. No le importaba en absoluto que Anxtrium condujera su vida como un supervisor en una fábrica. No le importaba en absoluto. Sólo quería un poco de felicidad, un poco de alegría. Quería ser una máquina aunque fuera por un momento. Por un breve instante.

Los informes que la miraban con ojos mustios desde una retirada mesa corroboraban que su llama vital se extinguiría en menos de un mes por el abuso constante y el desgaste mental provocado por los nanotipos. Y no le importaba. Mientras que pudiera conectarse por última vez a ese paraíso, a esa tierra prometida donde sólo había cabida para los datos, le daba igual fallecer en el acto. Nadie se acordaría de él o ella. Tampoco tenía saldo para replicar su mente y cerebro y almacenarlo en un hielo sellado de la Red. Moriría entre la decadencia, moriría en el silencio, en el olvido. Moriría en soledad. Moriría después de estar muerto en vida.

Pero no le importaba. No le importaba si podía conectarse una última vez a la más perfecta ilusión creada por la Humanidad con todos los derechos reservados a la Corporación Anxtrium.

No le importaba en absoluto.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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