Ella

Su caja de metal. ¿Dónde se encontraba su maldita caja de metal? ¿Quizás debajo del colchón podrido que solía ser su cama? ¿Quizás dentro de ese armario carcomido y roído por la plaga de ratas que devoraba el edificio? ¿Quizás dentro de los rotos muebles en cuyo interior se agolpan utensilios y aparatos inútiles y ropa deshilada y sucia por el uso continuo? ¿Dónde podría estar? ¿Dónde estaba su caja? ¿Necesitaba la caja? Anhelaba volver a ser completo. Completo y entero.

Dando vueltas, escarbando como un perro cada rincón, perfilando el aburrimiento con sus angustiosas exhalaciones; rompiendo como un torbellino todo a su paso y gritando cuando una ilusoria caja de metal se transmutaba en un trozo de yeso astillado, en un objeto sin nombre o en basura amontonada. Aumentó el frenesí de su búsqueda condenando al ostracismo cualquier pensamiento o sensación que indicara que su caja de metal lo había abandonado. Su querida caja de metal. Su queridísima caja de metal.

Después de examinar su reducido apartamento y no hallar rastro alguno de la caja metálica donde guardaba la llave del Edén, se derrumbó. Como un enclenque famélico y abochornado por la pérdida, como una máquina desprovista de encanto, se tiró al suelo y se puso a llorar desconsoladamente; mientras poco a poco las tinieblas lo engullían y él o ella recuperaba la noción de un mundo, de una realidad, de un espacio que repudiaba y despreciaba. Lo odiaba desde lo más profundo de su ser.

Y entonces, cuando su alma se resquebrajó de nuevo y tomó conciencia de que no era nada más que un número, sintió la soledad. Un nudo en su garganta, en el estómago. Un corazón desbocado. Las paredes se contrajeron surcadas por cicatrices tan hondas y vacuas como las que discurrían como torrentes su propia voluntad. El techo se abombó y él o ella bramó desnudo en el epicentro de su apartamento. Un zumbido orquestado estalló y una suave alarma resonó rompiendo su iracunda locura.

Atraído por ese sonido, alzó la cabeza y apenas pudo distinguir las letras de un nombre. Un sencillo nombre. ¿Quieres nanotipos? De repente, un fogonazo le recordó que había programado con un sencillo códice un sistema de alertas y alarmas por el que podía contactar con el traficante en el momento que necesitara sus nanotipos. Y todo ello, gracias a una simbiosis parcial con la máquina. Él o ella no era un aumentado, y por mucho que quisiera jamás lo sería. Nunca más. Había sido atado a un bloque de hormigón rebosante de ratas, podredumbre y falta de higiene. Las cosas hubieran sido tan fáciles siendo un aumentado.

Se incorporó secándose las lágrimas y trotó torpemente hacia su propia terminal. Desechó varias pantallas en las que aparecían intermitentemente rostros aleatorios de personas humanas promocionando estupideces que nunca podría disfrutar. Las desechó no por su descontento material, sino por asco. La gente le daba asco. Imperfecta, repulsiva, impulsiva, animal… Los humanos eran tan despreciables, tan inferiores. A punto de extinguirse, una especie abocada al desastre, a la conclusión total en mitad de la basura resplandeciente que ellos mismos habían creado como Hacedores. Un cliché convertido en teleología.

Los aumentados eran la nueva humanidad, y él o ella sonreirían cuando tomaran el control y forzaran a los humanistas a injertarse chips e implantes electrónicos. Los aumentados eran el nuevo escalón. ¿Acaso no lo leíste en el folleto que te pasé el otro día? Relucientes, apuestos, inmortales, ilimitados. El futuro, son el futuro. Si no fuera por su paupérrima cuenta bancaria… Una cuenta hacia la que hacía un flaco favor por el consumo excesivo de nanotipos.

Lo gastaba todo en nanotipos, su salvación, y en conexiones nuevas para acceder a la Matriz. Era un yonki moderno, una dependiente del ciberespacio que se arrastraba como un desecho social por las calles para luego emerger como un dios en las piscinas de datos. Un producto que reptaba como un número, una mente vacía, en ese presente translúcido que fue maquillado por un pasado opaco y difuminado que especulaba sobre un futuro nítido y resplandeciente.

Insertó una palabra apoyada en su desgastado teclado. “Sí.” Una afirmación rotunda a la última oferta del día por parte del traficante. Raras veces ese hombre se doblaba más de la cuenta y accedía a rebajar los precios para el disfrute de los bloques que conformaban su propio territorio, por lo que no debía desaprovechar esa oportunidad. Había perdido su pequeña caja de metal y todo su contenido. Prefería gastar sus últimos ahorros en un par de nanotipos que en comida sintetizada y maloliente que era traída en aerodeslizadores sin ningún tipo de identificación visible. Si moría de inanición al día siguiente, a nadie le importaría y él o ella desaparecerían de la faz de la Ciudad bastante satisfecho. La Matriz lo era absolutamente todo. Su vida. Su alma. Su yo. Su súper yo. Lo que fuera.

La Matriz era lo único capaz de aplacar el tremendo vacío existencial que lo azotaba, que la hacía sentir como una mierda, una carcasa que se movía de un lado a otro empujada por la rutina y el encadenamiento de acciones imprevistas. El único sitio en el que podía alcanzar la liberación, la redención. Todo lo que siempre había querido estaba allí. Todo. Era un continente en el que cada persona podía convertirse en su propio Dios, una divinidad cohesionada en la superestructura de la Matriz, algo sólo posible en un mundo en el que Dios había sido reducido a poco más que una oveja eléctrica.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

También puede gustarte

A %d blogueros les gusta esto: