Dualidad

Accionado por un torrente de ecuaciones y algoritmos mentales, solucionaba los problemas matemáticos almacenados en su base de datos de la Matriz. Los profesores se habían pasado tres pueblos. Perder el tiempo de esa manera tan absurda con unos deberes tan burdos. Aburrido, abrió ventanas emergentes de foros, webs de moda y una radio en línea. En ese instante, una aguda punzaba perforó la base de su cuello. Tanteó ligeramente su conector cutáneo preocupado. Cuando terminara, pediría uno nuevo al SAT.

Al teclado le faltaban unas cuantas teclas, la perfecta excusa para abandonar todo lo mandado y escabullirse por la puerta trasera al primer MMORPG que pillase y que todavía se jugase de forma tradicional. Folios amarillentos se amontonaban en su escritorio, vetusto y carcomido en las patas. Los libros eran partícipes del mismo destino desde su rincón de desprecio. Sólo eran un puñado de letras enfiladas que no eran de ninguna utilidad en la Ciudad. Menos en las áreas de informática e ingeniería que azuzaban su interés. ¿Para qué demonios servía estudiarse toda la historia fundacional de la Ciudad?

Desconectó las clavijas. El fin de ese calvario. Había libros electrónicos esparcidos por una alfombra de piel orgánica. Le empezaba a doler la cabeza y estaba tan consternado por la monotonía.

—Qué puto coñazo.

Le obligaban a estudiar un montón de materias hacia las que no sentía ni el más mínimo interés.

—¿De qué me sirve saber la teoría de un tío sobre progresiones geométricas si no me va a servir para cuando sea empresario?

Estaba claro que Pitágoras no iría a echarle un cable con sus triángulos si sus inversiones comenzaban a descender lenta y dolorosamente.

Oprimió con tanta fuerza que casi partió su único teclado de repuesto en dos. Si lo hubiera conseguido, su padre lo regañaría, si estaba en casa. Tan importante era su vida en las calles que no tenía tiempo ni para acordarse de comprarle un teclado nuevo. El ordenador se reinició. Un ordenador. Era tan pobres y tan tradicionales que sólo podía aspirar a poseer un armatoste obsoleto de hace más de un siglo. Y encima con un sistema operativo más viejo que su propio linaje y estropeado.

—Lo que me faltaba…

A ese ritmo, no le quedaría otra que visitar al basurero en busca de componentes nuevos y también pedirle al viejo que actualice el SO. Regatearía por una terminal de última generación, una holográfica con sensaciones cutáneas, pero no tenía ni un puto duro.

—Vaya vida.

Sus padres no estaban en casa, como siempre. Le agradaba tanto la soledad paternal de su hogar. Ni un alma, ni un estorbo ordenando, imponiéndose. Los robots de limpieza eran una compañía excelente. Tan silenciosos y sumisos. Un televisor de pantalla de cristal estaba encendido proyectando una envolvente película recién sacada. Se aburrió y puso el canal de noticias. Una tía no hacía nada más que farfullar un montón de titulares insignificantes. Retrocedió de nuevo a la película. A los cinco minutos la apagó y encendió el chat. Jess estaba ausente, como siempre. Haciéndose la importante.

Su madre arropaba a su hermano de cuatro años. Sus manos surcadas por las cicatrices sugerían una vida arriesgada y clandestina, como la de casi todos los vecinos de ese bloque. Él la observaba desde la rendija de la puerta. Podría haber conseguido un montón de androides para la casa que ayudaran en cosas tan estúpidas, pero ella odiaba la tecnología. Era una humanista de pura cepa metida hasta las trancas en el ideario de un montón de grupos diseminados por toda la Ciudad que reclamaban la vuelta a las raíces y el cese de la dominación tecnológica. Era una clásica que, como su padre, había cometido más de una ilegalidad bastante grave en contra de todo aquello que consideraba una amenaza. Había oído decir a un aumentado que todos los humanistas era unos nostálgicos demasiado peligrosos. Sin embargo, que lo fueran no significaba que no rechazaran todos los coqueteos con al tecnología. Su madre se había casado con un traficante de nanotipos.

Nanodrogas de última generación que se chutaban los aumentados para incrementar sus capacidades. Su padre las vendía para lograr el efecto contrario. Su padre que no le regalaba nada y tampoco lo llevaba con él. Su madre lo forzaba a ir a un colegio ruinoso a un kilómetro de distancia en coche terrestre, soportando lecciones absurdas que poco se equiparaban con la auténtica y pura esencia mortífera y cibernética de la Ciudad, de su universo hermético cerrado por murallas. Su padre le había contado anécdotas sueltas sobre la Ciudad cuando era muy pequeño. Le relataba historias de cazatesoros más jóvenes que él jugándose el pellejo en callejones más estrechos que los pasillos de su casa con la única misión de remover los desperdicios de una sociedad decadente. Caída en desgracia y con brillo tan artificial como el de los neones que inundaban unas avenidas tan enormes como el barrio en el que habitaban. Matones, sicarios, traficantes, sectarios, aumentados. El progreso sólo había traído desgracias y más desgracias. Era la hora de retornar a la tan añorada Edad Oscura y al progreso 0. Destruir para siempre la Ciudad, la Ciudad que él tanto quería conocer. Se alejó de la puerta cuando su madre comenzó a marcharse de la habitación. Dijera lo que dijera su padre, él se las ingeniaría para salir de ese barrio y abrir horizontes por toda la Ciudad.

Jess era una chica simple. La típica rubia pija incapaz de discernir un sarcasmo o una indirecta. Pero como amiga follable le venía en bandeja. Esa inepta se llenaba con el más mínimo enaltecimiento vacío. Sería suya, como Anxtrium algún día; mejor, fundaría su propia empresa, una más o tan enorme y poderosa como Anxtrium. Su padre era un importante ejecutivo de la sede de la corporación, un pez gordo que le echaría un cable le gustase o no. Sin embargo, por su ansia adquisitiva su padre lo había amenazado con meterle en la Academia del Sector 3.

—Puto viejo.

Repudiaba la Ciudad, repudiaba todo Sector que no fuera el primero. A pesar de que todos los habitantes del Sector 1 vivían en una burbuja de perfección paradisíaca, él estaba al tanto del tipo de mugre que había en el resto de Sectores. La Ciudad realmente era poco más que un estercolero, uno enorme. Por tanto, todo a lo que aspiraba estaba fuera de las murallas. El camino de su éxito estaba por encima de las nubes. Se tumbó en el sofá mirando el techo. Cuando terminara la Universidad, cogería el primer transbordador a cualquier lugar.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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