Diabolo

El ron alivió mi garganta reseca. El camarero destapó otra botella y me sirvió un cuarto. El vaso de cristal refractaba haces ambarinos. Dos bailarinas holográficas hostigaban la morbosidad carnal de dos cuarentones trajeados. Vaya animales. Lon trasteaba con dos sistemas Falden-Nine en la mesa de fondo. El chico predilecto del Presidente. Un lameculos de primer nivel. Mi billete para un ascenso. Aunque mucho me temía que no iba a ser nada fácil, y menos en los sectores competentes directivos.

Muchos candidatos arañaban cada éxito, le roían toda su esencia mientras acataban obedientes las decisiones del Presidente. O, para ser más exactos, las de su cuadrilla de burócratas inflexibles. Si no fuera por su cubierta de epidermis y su 40% de órganos no sintéticos, su valor como androides sería indiscutible. Un sorbo. No podía tolerar ni el menor despiste. Cubrirme las espaldas y ser diligente como la que más. Todas las cartas estaban revertidas sobre la mesa, solamente tenía que escoger la correcta y jugar mi mejor baza: relacionarme con Lon. El pobre estaba tan desesperado por arrimarse a alguna…

Tres días preparándome para este ocasión. Tres noches en vela recabando información sobre mi posible nuevo puesto: secretaria adjunta del Presidente, amo supremo de la Corporación Anxtrium y mandamás de la Ciudad. Revelar su identidad estaba terminantemente prohibido. Sólo su cuerpo de ejecutivos y sus allegados más fieles gozaban de semejante privilegio. Documentos, biografías, datos, fechas… todo censurado y guardado con recelo en una caja fuerte cubierta por una espesa capa de hormigón armado. Si un empleado o persona no autorizada se atrevía siquiera a cometer semejante sacrilegio e invasión de la privacidad, dos destinos le aguardaban: ser desterrado al Sector 7 con un billete de no retorno o encerar sus huesos en la prisión subterránea del Sector Policial 1-Omega. Desde luego, no se andaban con tonterías.

El puesto de secretaría al que aspiraba estaba compuesto por un grupo selecto de trabajadores escogidos personalmente por el Presidente a través de sus expedientes: eficientes, sumisos, inteligentes, fieles, retraídos y enfocados en su óptimo rendimiento. Era aterrador, pero sentía que debía estar entre ellos. Una vida asegurada de forma vitalicia a cambio de servir a un vetusto paranoico encerrado en su cárcel de megalomanía. La Ciudad seguiría siendo un pozo de imperfección. Un reino hostil en consonancia con los designios tiránicos de su Emperador. Un cruento bastión de crueldad y egoísmo. Un vertiginoso tren tecnológico a punto de descarrilar en su propia vorágine defectuosa. Un mar de llamas… En fin. No soy nadie preparado ni adecuado para discutir apreciaciones filosóficas. Ni siquiera tengo motivos. ¿Por qué los iba a tener? En el Sector 1, una esnob de buena vida aficionada a la fiesta y el buen gusto. Lo que hubiera más allá de las murallas del Sector 2 no me preocupaba en absoluto. Como decía mi padre “una buena limpieza no estaría de más.”

Lon desconectó los generadores y apagó el sistema completo. Mi oportunidad. Me desplacé alisándome los pliegues y colocándome los rizos. Lon entornaba sus ojos mientras tragaba esporádicamente una copa de cóctel. Su equipo había sido retirado de la mesa por un guardaespaldas. Muy cerca de él, le entré con el tono más sensual posible.

—Buenas noches. ¿Puedo sentarme?

Me estudió largamente. Sus ojos nadaban esquivos por los contornos de mi vestido.

—Claro, por favor.

Me senté. Lon dio un buen trago.

—¿Qué quieres tomar?

—Una copa de vino.

En una pantalla multiventana adosada a la superficie de la mesa pulsó el indicador correspondiente a mi pedido. Pagó con su tarjeta de crédito.

—Enseguida estará —me sonrió largamente—. Beba lo que quiera. Soy el propietaria de este local.

—Gracias.

—De nada. Invita la casa —apartó la copa acercándose a mí—. ¿Cómo te llamas?

—Landra. Un placer.

Posó ambas manos sobre la mesa. Un acuario de peces exóticos se reprodujo en el marco holográfico. Iba a saco.

—Yo soy Lon Lee, administrador jefe de la sección Cibernética de la Corporación Anxtrium y propietario de Diablo, el club con más clase del Sector 1.

Un camarero me trajo una copa. Iba a ser una noche muy larga. Removí un poco la copa.

—Veo que usted es muy importante, señor Lee. Debe ser todo un desafío…

—Ya ves. Pero eso no es lo importante —me miró fijamente—. Landra, ¿qué hace una mujer tan bella a estas horas sola y entrándome?

Al menos no parecía tan imbécil como el resto de chusma prepotente. Podría haber sido muchísimo peor.

—Verle trastear con esos sistemas me ha llamado la atención.

—Ah, ¿sí? —se terminó su copa—. ¿Y eso?

—Soy administradora en el Centro de Comunicaciones e Información de Anxtrium. Sé distinguir cuando alguien se maneja bien con una terminal de nueva generación o es muy torpe… Y usted encaja demasiado bien con la primera.

Arqueó una ceja y se echó a reír a carcajada batiente. Casi estuvo a punto de derramar su vaso con un espasmo.

—¿En serio? ¡Es todo un placer! ¡Haber empezado por ahí! ¿Llevas mucho tiempo trabajando?

—Cinco años.

Su rostro se iluminó en progresión geométrica a su interés por mí. Detestaba este comportamiento, este tipo de estrategias, pero en Anxtrium era la única vía sin aumentarse o tirarte el resto de tu vida sentado en un sillón mientras tu dignidad se desvanecía paulatinamente.

—Interesante… Muy interesante… —se palpó la perilla con gesto pensativo—. Es un poco precipitado… pero… ¿te importaría pasar el resto de la noche conmigo? No es por nada en especial. Simplemente me gustaría compartir algunas impresiones laborales.

—Claro—. Prefería tragarme mi orgullo antes que la dignidad.

Se irguió y me tendió la mano.

—Fern, recoge todo esto y pon a resguardo las máquinas—, instruyó al camarero con aire autoritario. Pobre egocéntrico.

Me condujo a la puerta más alejada del local y la abrió.

—Espero que disfrute de esta noche tanto como yo…

Sonreí. No había nada como ser una humanista en la Corporación con más aumentados por metro cuadrado del planeta. Iba a ser una noche muy fugaz…

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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