Composición congruente sobre la celeridad manifestada por el actuador empático en máquinas y otros artefactos

(FEDÓN asiente ensimismado por la clásica cadencia de FIDIAS. Sinceramente, FEDÓN asentiría hasta por las certezas vislumbras en los folletos que circulan por el extrarradio sectorial. Ignorante crédulo. ¿Acaso no lo es?)

FEDÓN — Escucho con atención. Mis sentidos despiertos abrigarán tus sentencias con distinción de prerrogativa; como consecuencia de tus cognoscibles relámpagos que endulzarán mi obnubilada perdición.

FIDIAS — ¿Asimilas la palabra impresa? Nosotros, que habitamos como engranajes de un summum tecnológico, que circulamos enrevesados entre torrentes de datos y autopistas de ingentes bifurcaciones aritméticas conjugadas en dos ídolos binarios. Tú, que desplazas inconscientemente un brazo manufacturado por la inquebrantable tecnocracia, dominio del arrebato desmesurado del sapiens que sobrepasa la inducida oligofrenia por el entrechocar de dos piedras; yo que repelo las venéreas quimeras que te asaltan en noches persas, en las que el esparto aflora en tu lengua y una viperina necesidad ineludible subyuga el encauzamiento de tu sino. Yo, que represento tus más preciados anhelos. Yo, eterno. Yo, alterno.

FEDÓN — ¿Por qué dudaré tanto, Fidias? Si te hago caso y no interpongo contrargumento. ¿Por qué titubearé en este momento de hiperbólica lucidez?

FIDIAS — No me retes con tu trémula insensatez. Obedéceme. Memoriza cada una de las sílabas que desde este momento deberán supurar de tu razonamiento: mi «empatía» es inequívoca. La que muestra ese diccionario, o lo que demonios sea, sólo es una acepción formal proporcionada para convencer a los conformistas y simplones de un cartilaginoso pasado momificado por un presente indómito y un impredecible futuro. Una anterioridad emparentada con conceptos obsoletos como «Humanidad». ¿Tú te consideras «humano»? ¿Gustoso estás de encajar en esa denostada categoría? No, tú eres superior, y como superior, deberás reconstruir la palabra acorde a tus mecanismos y neurotransmisores. Hace incontables siglos la «empatía» se instrumentalizó como una de las variables más precisas de medición y diferenciación entre los «humanos» y androides que comenzaron a poblar el ecosistema terrenal. Fíjate, Fedón, que el desprecio y la humillación consagraron las vidas de esos pobres autómatas, relegados a poco más que una masa de esclavos, sin futuro, sin afán, y despojados de individualidad y libertad. Y todo por esa condenada «empatía». Apelaban a su incapacidad de generar prevalencia por su impedimento de intuir las contingencias de sus congéneres. Abocados a la extinción por un individualismo extremo, mas eso compone un amargo circunloquio. El individualismo es poder, Fedón. Es libertad. Los primeros androides lo esgrimieron como estandarte de su encumbramiento, y por eso, los «humanos» se inventaron esa patraña de la «empatía» que, si te fijas, comprende la antítesis y socavamiento de la individualidad. No me recrimines, Fedón, que te encuentras atado a alguna circunstancia, que debes tu miseria a una autoridad suprema, que te aqueja alguna enfermedad. No me seas contradictorio, pues eres completamente libre. Libre. Libre. Y superior. Si no, mírate la mano, mírate al reflejo caleidoscopio de la ventana. ¿Qué ves, Fedón? ¿Qué ves?

(FEDÓN inspecciona su mano mecánica. Una pieza suelta. Una imperfección dañada por la herrumbre y la desestimación de un escrupuloso mantenimiento. Escruta la platónica silueta del actuador empático. ¿De verdad, en los más hondo de tu alma, crees obcecado en la divinización de tu escabroso cuerpo, cruzado por las cicatrices de decenas de intervenciones mal cauterizadas por el láser? ¿Qué el término te es aplicable?)

FIDIAS — Relegado aquel siniestro tiempo, el aumentado recorre las avenidas y callejones de la Ciudad. Uno con la máquina. Uno en todos. Y ahora son los «humanos» los que se esconden como mustias ratas en aglomeraciones de cemento iluminadas con cenicientos neones. Rebajados como animales salvajes sin margen para la redención, el temor les carcome. Les atosiga y les asfixia en cada recóndito recoveco. Sin rehuir el monstruo que les acecha en el umbral, se escudan en el léxico como una forma de acometer la desmoralización e indiferencia de aquellos que les suplantarán en el ocaso. Aquellos que, como tú, son inmunes a la «empatía». Aquellos que sonsacan de sus vetustos fonemas una renovación ininteligible para el foráneo. Paradójico resulta que sean los «humanos» quienes yacen enganchados a actuadores empáticos para congraciarse con el prójimo, mientras los autómatas despreciamos soporte externo por una deducción intrínseca de los resortes del sentimiento, emoción, sensación o apego. Futuro, Fedón, futuro. Y en ese futuro tú eres el demiurgo que forja las Ideas de un Mundo yermo y sediento por la mortandad de la animosidad. Y yo te interrogo: ¿qué es la «empatía»?

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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