Composición congruente sobre la celeridad manifestada por el actuador empático en máquinas y otros artefactos

FIDIAS — ¡Habla, truhán! ¡Habla!

FEDÓN — Relame mi subconsciente la ejecución anterior. La que aconteció hace un par de días en aquel destartalado bloque de apartamentos. ¿Lo recompones en la memoria? En norte seis. En… En… En Hyperion. Encontrábame yo bebiendo coñac con desaire en un bar mugriento, sobado por el mal tiempo, lo mal que funcionaban los ventiladores y lo sufrido de mis pulmones. Incido en que no fumo desde hace tiempo, Fidias, pero los vientos nocivos acumulados en los Sectores deberían ser determinados como peligro público de primer orden. En fin, estaba yo en el bar, charlando conmigo mismo sobre mis cosas insólitas, cuando un niño pequeño se me acercó para pedirme unos créditos. ¡Un puto niño mendigo de mierda! Ese pusilánime desacertó mi riqueza. ¡Hace mucho tiempo que ni un duro! La cuestión, que le dije al puto crío que me dejara en paz de una puta vez, que yo quería estar solo con mis putos pensamientos metido en mi puto mundo perfecto. Le propiné un sonado guantazo la diestra, la mecánica, la que tiene los receptores sensitivos más jodidos que la tía muerta a la que mancillé sexualmente el otro día en la planta de procesamiento de desperdicios. ¡Qué sinuosidad en las curvas! ¡Qué muslos! Aquella vez no me ayudaste, Fidias; en mi memoria no albergo registro. Pero no importa. Es un dato superfluo. Volviendo, que me esparzo. Cuando le partí la cara a ese delgaducho imberbe, los parroquianos prorrumpieron en cavernosas carcajadas. Derramaban el contenido de sus vasos baratos, de sus mesas de aluminio; desbocaban los circuitos quemados subcutáneos. ¡Un maldito caos! Y yo sonrío como un cabrón y estrujo el actuador empático para intensificar mis sensaciones empáticas hacia ese crío. ¡No te lo puedes imaginar, Fidias, la empatía que me electrificó el cuerpo a punto estuvo de recalentarme la polla y arrancar de mí un orgasmo! Qué bochorno, con un montón de desconocidos aclamándome como si fuera el último Mesías enviado por Dios. Qué desparpajo en la situación y yo me recoloqué con ímpetu el orgullo y troté detrás del niño, que huyó como una sílfide una vez marcado el hostión en su granulada cara de púbero bribón. El actuador expelía humo. Éxtasis, júbilo, adrenalina. Comprimido todo en los impulsos introducidos en mi sistema nervioso por los receptores del actuador. ¡Qué jolgorio! ¡Qué desbarajuste! ¡Necesitaba follarme hasta una farola para completar un círculo tan catártico! ¡Qué degradado! El niño entró en la recepción de uno de los bloques. Yo le seguí cubierto por mi deshilachada gabardina, silbando como habitual extraño. Extranjero en esos dominios, me aventuré en sus entrañas detrás del crío con cauta presteza y proximidad. Después de traspasar unos cuantos vestíbulos y contar 25 puertas, el crío introdujo la contraseña en el panel de la 450 y penetró en una difusa penumbra. Me pegué a la pared, afinando tímpano. Nada escuchaba, salvo mobiliario entrechocándose por una fuerza superior y una lánguida vocecilla que vociferaba improperios automáticos. Al actuador se le gastó la pila justo cuando el propósito de estamparme contra la puerta insufló mis supresores. Angustiado, lo recargué con las de repuesto. Placer mayestático y arranqué el panel de cuajo. La puerta se precipitó y el niño gritó. Pero no lo suficiente, no tanto como me había figurado. Le partí el cuello. Le rompí los huesos de los brazos, uno a uno. Sus crujidos astillados, los ojos inyectados en sangre y su mueca desorbitada por una inabarcable dolencia. Le arranqué una pierna, a carcajadas. Brotaban miríadas del humor vítreo que tanto me entusiasman. ¡No podía parar! Estaba tan emocionado, tan empático, que agarré la pierna y me puse a practicar béisbol con la mierda que encontraba tirada. Divertido, pero aburrido al poco. Tanteé por la zona de la caja torácica, partiendo costillas anodino. Escindí la piel y comencé a desarmar sus órganos internos. El corazón encima de la chimenea, el páncreas en la nevera, el estómago en la papelera. ¡Qué coñazo! Y al actuador empático le restaban la mitad de las pilas antes de fenecer irremediablemente sin reservas. ¡Qué pena! Y yo sin saber con qué entretenerme me puse a inspeccionar el apartamento. Chatarra variada que no os voy a enumerar porque no merece la pena. Excepto por una cosa. Una cosa tan superflua, tan ordinaria y execrable que me atolondra por su gilipollez. Un diccionario, Fidias, uno de esos diccionarios en papel, una joya del pretérito. Lo hojeé por encima sin saber qué remirar hasta que me entró curiosidad y recalé en el término «empatía». Significa: «sentimiento de identificación con algo o alguien» o «capacidad de identificarse con alguien y compartir su sentimiento». Y desde entonces estoy empecinado con una incógnita. Si la empatía se define así, ¿por qué el actuador empático no obra como tal? ¿Significa que he de suplantar a la víctima? ¿Herirme a mí mismo continuamente a la vez que voy reemplazando mis piezas? Fidias, viejo hermano, alúmbrame.

FIDIAS — Inaudito sacrilegio el que se cierne… Ciertamente, Fedón, debemos compartir sosegado coloquio. Puesto que nunca concebí que un óbice tan peliagudo se interpondría ante nuestras buenas maneras y amistad. Absorbe mis palabras como juicios universales si aspiras testimoniar un entendimiento. Escúchame y obedece, pues yo soy el único virtuoso agraciado con la potencialidad que disuelve las penumbras de tu tormentosa psique.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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