Composición congruente sobre la celeridad manifestada por el actuador empático en máquinas y otros artefactos

(Acaricia el actuador empático estimulado por la inopia.)

FIDIAS — Has desarmado el último verso con un despojado decoro repentino sorpresivo. Infrecuente. ¿Alguna aviesa rata perfora tu mente? ¿A qué se debe tu prolongada parálisis?

FEDÓN — Quiero permanecer estólido por unos momentos antes de escoger qué opción presionar con éste mi dedo índice. Abúlico en temperamento, me arrastro sobre una eternidad delimitada como un momento inexacto de una era tergiversada en eón por la dilatación relativa de un Tiempo remanente desentendido por la espacialidad sostenida por una insensible Sensibilidad, resuelta como imprevista conjugación devanada por el dirimir entre experiencia y percepción.

FIDIAS — No seas esquivo. ¿Qué propulsa tus sinapsis? ¿Qué se te antoja como irrevocable antes de proceder? ¿Qué te aturulla, te postra en el sitio como si estuvieras encadenado como perro deslomado por los palos? Exijo un hálito de indulgente sapiencia. Satisfáceme. Apremia.

(FEDÓN se relame sus descarnados labios, comisuras agrietadas por alimentos procesadas y puñetazos propinados en menos de lo que se tardaría en pronunciar «defenestrado». Sus huesudos dedos palpan la parte trasera del actuador empático, donde dos pilas de 5 vatios han de posicionarse en horizontal y paralelo con tres milímetros de separación. La primera, situada en el mediodía, con la polaridad negativa apuntando al «No» estático en el reflector LCD; la segunda, en el atardecer de las seis, con la polaridad positiva señalando el «No». Colocadas adecuadamente, la energía imbuye la máquina una vez deslizado el interruptor hacia el «ON», emplazado en el lateral derecho del aparato. En la esquina inferior siniestra se dispone de un asidero en el que se puede atar algún tipo de correa que facilite su transporte.)

FEDÓN — Coligo sobre muchas cosas, cosas insustanciales, sustanciales, abstractas, inexactas, marmóreas y plañideras. Sobre tantas, tantas, que no correspondo ni ápice de índole clarificadora sobre ellas. Tú las intuirás, tú que tan bien me conoces. Pero, ¿acaso atañerá prioridad suma?

FIDIAS — Me preocupan tus estadios espirituales, tus estados del alma que tanto alternas en ínfimo espacio-tiempo. Seguro estás de que prometo y perjuro que siempre me he preocupado por ti, pues tu vivacidad para mí es trascendental y me colma de prodigios y pródigos deleites y esparcimiento.

FEDÓN — No estaré asegurado contra el Diablo. En la Ciudad pocos cobijos me reservan, mas qué remedio me quedará, aparte de relatarte mis feéricas vicisitudes. Nada pierdo, nada me queda, postrado yo ante mis penas. Véase, Fidias, que nunca te guardé rencor ni desconfianza, encomendándote la protección de mi infausto corazón. ¡Fausto! ¡Fausto! ¡Fausto debería haberme llamado!

(FEDÓN ubica el actuador a exigua distancia del borde. Se fricciona las manos, suspendido, aterido por sus cavilaciones. Encorvado, su postración me evoca solícita decadencia.)

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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