Charla entre dos locos

—¿Sabes interpretar lo que es la caída? ¿Cuándo el mundo entero se derrumba, quedando la ceniza, la ínfima parte de un alma reducida a un eslabón de una cadena estropeada y oxidada desparramada por un desierto de cientos de motas homogéneas, uniformes y tapizadas por un dorado tan brillante como las intenciones de los mismos cientos de miles de granos y motas que sólo les queda soñar, soñar y dormitar, porque ése es el único propósito de su paupérrima vida?

—Así es cómo son las cosas es en este lugar, te diluyes, te contraes, tu mente se expande en todas direcciones, por toda la Ciudad, pero esa expansión no conlleva enriquecimiento, no aplaca a las malas bestias que te asaltan desde todas sus grietas. No… La Ciudad las contrae y las alimenta con su sangre, con todo su furor. Las anima a destruir, a matar, a aniquilar. Son los perros que te rajan el cuello cuando caes en tu lecho, los que asaltan en los callejones nocturnos bajo una luna llena burlesca que danza y juega con las maldecidas y estúpidas estrellas. ¿Lo oyes? Es el clamor. El clamor subalterno de los espíritus transmutados en motas de polvo de un desierto formado por millones de motas. ¿Alguna vez te has preguntado cuánta gente hay viviendo aquí? ¿Cuántos son humanos y aumentados? Yo no te puedo responder, los de arriba sí. Los que viven en la Torre Blanca sí que pueden hacerlo, porque ellos controlan todo, controlan tus cadenas, tu destino, tu conciencia y destrozan tu subconsciente entre imágenes parpadeantes de pantallas de neón, falsos deseos, incombustibles pasiones y cientos de miles de artilugios insulsos y abocados a la obsolescencia con la garantía de ser útiles. ¿Útiles para qué? Me pregunto. Nos preguntamos. ¿Útiles para qué? ¿Para qué demonios sirven?

—La osadía de un filósofo que predica en una cueva donde las sombras se convierten en la luz y el sol es tan negro e ignífugo como la ceguera de los encadenados. En la Ciudad no hay esperanza, sólo mugre y decadencia.

—¿De verdad lo crees así? Yo creo que estamos en su mejor momento. El momento de un Renacimiento. Estamos en pleno Renacimiento. El mejor de todos. ¿No los ves? Somos antropocentristas, ningún animal ni otro ser ajeno forma parte de nuestra esfera de influencia de perfecta imperfección. Perfecta imperfección. Eso es lo que somos, perfecta imperfección. Seres abocados al desastre mientras buscan una gloria consentida por el dominio de la mayoría y el placer de las minorías. Deplorable, de fanáticos. La Ciudad es el purgatorio de toda esa gentuza, de toda esa morralla. Aquí somos verdaderamente libres, aquí es donde las entidades acechan liberados de unas ataduras impuestas por la mente de aquellos que fueron incapaces de proyectar sus sueños y anhelos más allá del delgado velo de la realidad por su ineptitud, por su ofuscación mental. Pero nosotros somos distintos. Somos diferentes. Amamos el caos y renegamos la imperfección. Despreciamos el orden y adoramos la perfección. Somos la antítesis que mora en los rescoldos de las murallas, en los umbrales de los edificios más vetustos y corroídos. Somos el acero y el neón que devora y soporta las ilusiones marchitas de ciudadanos y vagabundos, de aumentados, criminales, policías y ricos, y presidiarios que se sacuden por las calles de este infausto lugar como los animales inmaduros que son, como las bestias incivilizadas que son y siempre serán. Nosotros somos los únicos que comprendemos La Ciudad, los únicos que nos sumergimos en el océano lúgubre de su consciencia que vela por un imaginario desorden que reposa y azuza el interior humano como si de una onda en un charco se tratara. ¿No lo entiendes? Somos las motas que volamos azotadas por el viento de las fuerzas mayores. Desentendidos del yugo, cruzando las brisas y el firmamento como entes insubordinados arrastrados por los mandatos de la Gran Madre que es la Ciudad. La madre de todos, una madre vil que busca nuestra perdición mientras nos ampara en noches condenadas y prendadas de vicios y pesadillas vivientes. Somos los ladrones de la noche que desenmascaran la muerte roja que sacude una ciudad sin ilusión, salvaje y malviviente que no aspira a nada más que al sufrimiento y el Caos. Caos. Caos. Caos. Sólo deseamos Caos. El Caos es la vida, la muerte, el nacimiento, el cadáver, el fiambre que nos saluda desde la ultratumba. Es el todo y la nada. La vacuidad y el universo. La partícula primigenia que acciona nuestra vida y nos insufla movimiento y fuerza en una realidad tan cambiante y ambigua como las figuraciones de una mente enfermiza. No somos nadie pero a la vez lo somos todo. Somos sombras y luces que caminan y andan por la avenida en marcha sepulcral tranquilizando a los desfavorecidos y atormentando a los intransigentes. Pues nadie debe ser superior a nosotros. Nosotros somos la Ciudad, pendenciera y justiciera que sólo empatiza con el bien de sus más santos hijos. Somos todos, somos Legión.

—La osadía del filósofo que reclama desde la caverna de las sombras convertidas en esferas relucientes de pura luz porque el sol ha dejado de existir y lo único que queda es la nocturnidad incierta y el manto de la incertidumbre sacrílega.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

También puede gustarte

A %d blogueros les gusta esto: