Caos

Un río ácido agonizaba entre laderas de hormigón. Un templo insumergible de almas raquíticas. Senderos abrasivos serpenteando como torrentes desembocaban en rascacielos. Espíritus. Espectros inundando las corrientes. Encantadoramente dramático. La jungla tecnológica conocida como la Ciudad apresaba cuerpos inertes mecanizados por un cerebro sin mente. La vida se limitaba al devenir de pobres alicaídos rencorosos con sus antagonistas. Por mucho que me esforzara, comprender el por qué de este círculo era ofuscado por renovadas incógnitas. Una muerte animada. La Ciudad, la parca de los sueños y esperanzas. Es impresionante el apego por el orden, al misma continuidad rectilínea alterada por picos incandescentes de fragor anárquico. Como agente del desorden, mi deber era desatar el caos dormido avivado con pequeñas llamaradas de impiedad ignífuga.

El Caos y la Ciudad habían coexistido sin crispaciones durante demasiado tiempo. Poco a poco, el resurgir sobrevendría. Tejido a partir de la técnica humana que se abría hueco entre las amigables conciencias. Pero el proceso tenía sus inconvenientes, como los malditos A-CB01. Una deplorable progenie de delincuentes aumentados y salteadores salvajes, una contingente de adolescentes irascibles envalentonados por hostigar vagabundos y escupir lo que ellos llamaban Mastodontes. Su líder, Rikon Masley, era mi objetivo. Sólo faltaban cinco minutos para su llegada.

Abracé las sombras detrás de un muro derruido. Dependiendo de sus secuaces, una oportunidad o dos. Un encapuchado salió de sus desvaído aerodeslizador. Era él. Eché un vistazo superficial. Extrañamente estaba solo. ¿Emboscada? Asegurando el área con mis sensores infrarrojos no hallé ni el menor rastro. Apoyé el cañón encima del tabique de yeso. Rikon sacó un cigarrillo y lo prendió. Demasiado tranquilo. Demasiado… Un fogonazo deslumbrante seccionó la mitad de su cara. Se estremeció y falleció entre convulsiones. Descendí del edifico donde estaba apostado con un bote de gasolina. El parque ardería junto con todas sus ilusiones vengativas. Me acerqué al cadáver caliente y le arranqué un collar plateado.

—Qué estúpido…

Era un medallón de plata de imitación. En un compartimento oblicuo estaba oculta la foto de una mujer pelirroja con su hijo. Un ámbito incomprensible de la Ciudad. Desparramé por encima de su cadáver el bote entero y accioné un percutor del que salió una chispa que prendió el fiambre entero. Arrojé el colgante a las crecientes llamas que empezaron a expandir sus lenguas por los matojos mustios. En todo el tiempo que llevaba asesinando por encargo, mostrar afecto era estigma de debilidad crónica. Un tipo de debilidad que en otras partes era maquillada con bonitas escenas endulzadas con un pordiosero concepto de familia. En la Ciudad, la familia y el amor eran dos conceptos reservados a unos pocos afortunados. Desaparecí del lugar escabulléndome por unas escaleras antiincendios.

Horas más tarde, lenguas de fuego danzaron y se esfumaron aplacadas por tubos de agua. Una pena, la muerte de las ratas callejeras nunca hacía ningún mal a nadie. Seguro en un tejado, uní un transmisor a la ante de comunicaciones portátil. El nuevo encargo no tardaría en llegar. Me acomodé en un sillón desgastado. El Caos sometería a la Ciudad. Era su destino. Esto no era más que una etapa transitoria. Un mero preludio a la realidad apabullante. Guste o no, estarán obligados a asimilarlo, pues sólo así daré por finalizado mi cometido. Viviendo marginados entre desechos de tungsteno y titanio. Si supieran la verdad… Se hundirían más en el lodo. La Ciudad muerta sueña en su jaula de cristal… Su Edad Oscura volará hacia su indefinida conclusión. Por eso yo estoy aquí. Sólo era cuestión de tiempo.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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