El callejón

Oscuridad. Neones iluminando tenuemente en una densa oscuridad. La Ciudad refulgía como un Sol en mitad de una vasta llanura. Tan umbría… Neones creados para guiar en las tinieblas. ¿A quiénes? A los moradores que se sentaban agolpados, cruzando sus manos ante bidones inflamados. Los charcos y la mugre salpicaban el callejón. Las gentes lo solían llamar con otro nombre, pero quien guardaba ese recuerdo murió hace mucho tiempo. Dos fornidos y desaliñados hombres atravesaron la anchura de la calle como sombras. Ellos son las sombras. Las sombras de una ciudad resplandeciente como las supernovas. A ambos lados tiendas de aparatos desgastados e inoperativos, contenedores, basura, rata, inmundicia… La parábola del progreso retratado en un simple viaducto. La grandeza y la más pura decadencia. La tecnología que tanto añorábamos y ahora… Ratas y restos. El corazón de la Ciudad.

En un portal una decrépita anciana protegía un medallón de oro con sus huesudos dedos blancos. Niños sin futuro ni destino correteaban entre los accidentes artificiales del asfalto. Todo era tan singular y aislado. Tan encantadoramente… Bloque 56. Mi contacto debía estar cerca. ¿De negocios o una fiera inmunda de las cloacas? La cuestión siempre radicaba en la afabilidad. Dos jóvenes harapientos se inyectaban la poca mierda que les quedaba. Capaces de comprar droga pero no comida. La Ciudad siempre ha sido tan incomprensible. O quizás no era la Ciudad. Quizás éramos nosotros, sus habitantes, los incomprensibles. Siempre ha sido tan fácil atribuir las desgracias a entidades magnánimas y omnipresentes…

A pesar de tener la certeza de que me hallaba en las inmediaciones del lugar correspondiente, no me orientaba entre todo ese amasijo de cables, conectores, halógenos y podredumbre genérica. Fastidiado, no me quedó más remedió que preguntarle a un viejo tuerto en su ojo derecho.

—Disculpe, ¿sabría indicarme dónde está este lugar?

La mudez del carcamal se extendió como las ondas planas de un receptor intratérmico. Me miró con su ojo sano de arriba abajo profiriendo un extraño galimatías que aparentemente sólo cobraba sentido a oídos del viejo. Su brazo derecho era un trozo de óxido pegado por cuatro cables al hombro… Sus músculos estaban al descubierto, al igual que sus tendones. ¿Y eso era… Me tapé la boca. Me entraron náuseas y me fui.

—Gracias, ha sido de gran ayuda —acerté a decir antes de abandonar la horrorosa vista de aquella protuberancia rosada y colgante…

A continuación probé con un adolescente de unos 13 años que estaba tirado en las escaleras de lo que parecía la entrada de un derruido almacén.

—Oye, tú —le enseñé un fajo de billetes. El dinero siempre era muy elocuente.

Atraje toda su atención. El tipo se irguió atraído por fuerzas mayores y escupió al suelo con la romántica y salvaje indecencia de estos mundos creados por un dios en minúsculas adorado como una oveja eléctrica.

—¿Sabrías decirme dónde está este edificio? —le mostré un plano holográfico que había sacado de uno de mis bolsillos que, por suerte, fue sobradamente preciso.

El chaval alzó la vista y con un dedito negro y famélico señaló un bloque distante a tan solo unos pocos metros, semioculto por los vapores que ascendían de una boca de alcantarilla.

—Está… allí…

—Gracias —le arrojé el montón de papeles sellados.

Se abalanzó a él como una hiena sobre un trozo de carne. Malditos sean. Sucios despojos. Perpetuamente destinados a comer los restos de las tres clases principales, como buitres, como los perros sarnosos que eran. Vagabundos, lisiados, aumentados… Lacra y escoria social que se agolpaba por esa clase de callejones en una suerte de desfile infernal distorsionado que reflejaba las puras maravillas humanas… Tanto, tanto, tanto, para acabar aquí. Tanto para acabar así… ¿De verdad ha merecido la pena tanto esfuerzo? Es cierto… Era cierto que la Ciudad lo impuso así. Ella. Supraentidad que todo lo domina y absorbe. No te es permitido seleccionar cómo, cuándo y dónde. Arrastras tus huesos desgastados por el cemento o tu grasa por alfombras de terciopelo. La Ciudad es implacable, absoluta y justicera. Su ley natural es el acero y la sangre. Nadie decide rebuscar en la basura o cenar en restaurantes transparentes bajo su yugo. Cada persona es regida por su personal criterio, y nadie, nadie puede contradecirla. Nadie.

Llamé a un timbre bastante arcaico empotrado al lado de un transmisor. Desde luego, si la reencarnación existe, la Ciudad no es aficionada a sus reglas.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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