Bar Sumeria

—Papá, ¿cuál es la diferencia entre una persona y un aumentado?

—Oh, ¿por qué quieres saberlo?

—Cuéntamelo.

—Bueno… creo que éste no es el lugar adecuado…

El barman limpiaba una botella de Vodka industrial con los ojos fijos en la pareja que comía cautelosamente en una de las esquinas de su bar. Un padre y su hija. Dos inusuales y asustadizos clientes a los que más les valía tener veinte mil ojos puestos, más, con la pregunta de aquella pequeña niña.

—Papá, vamos, dímelo.

—Para… Para… Te lo contaré cuando lleguemos a casa. No te preocupes.

Una buen movimiento desde luego. Su bar era un epicentro de aumentados, unos buenos y otros malos; unos auténtica chusma y otros algo más decentes. Cualquiera diría que toda esa amalgama de gente sólo tenían en común los aumentos, pero no, había que adentrarse más en la mente colectiva del aumentado para saber, y de memoria si hacía falta, que los aumentados despreciaban que los expulsasen de la condición de humanos. Eran humanos mejorados con implantes, aumentos, aumentos sonaba ciertamente mejor. Estaban por encima de aquellos que eran demasiado débiles y nefastos como para aceptar un hecho irrenunciable en esa sociedad. Los aumentados se contaban por cientos, por miles. Los nuevos humanos, los posthumanos si eres de los que les gusta poner etiquetas a todo yendo de moderno; ellos eran el futuro, eso decían. Aunque había muchas demostraciones e hipótesis que lo corroboraban, todavía existían muchas disidencias y rechazos unánimes por partes de ciertos sectores. En resumen, los ciudadanos estaban divididos entre los humanos, los llamados humanistas, radicales que asesinaban a sangre fría aumentados sólo por el hecho de ser aumentados con el amparo de unas ideas tan antiguas como los cimientos de la ciudad y tan retrógradas que hablar con uno de ellos era como retroceder a la Edad Media; y los aumentados o posthumanos. Al principio la denominación aumentado era usada con desprecio, como un insulto, muy al principio; ahora el nombre por excelencia de los posthumanos y era exhibido con orgullo y como estandarte del verdadero progreso. Ése era el panorama. Los primeros asesinaban a los segundos por amargura tecnológica y la incapacidad de comprender su alcance, mezclado con axiomas de control y conspiración sin fundamento; los segundos asesinaban a los primeros en respuesta considerándolas escoria pasada de moda que sólo era un obstáculo para el verdadero progreso. Matanzas de unos y otros, muertes por ambos bandos, sin acuerdos, caos y más presencia policial. Una maravilla.

Los aumentados eran cada vez más numeroso, muchísimo más, dentro de unos años los humanos puros habrán desaparecido de la faz de la Ciudad, por lo menos; aunque al barman este tipo de asuntos le importaban más bien poco. Él era un simple ciudadano que dirigía su negocio sin meterse en problemas lo mejor que podía. Tenía un par de aumentos en los brazos para soportar las duras cargas de trabajo, fumaba y tenía un hijo que trabajaba como conductor de aerodeslizador de mercancía cobrando un sueldo de mierda, y una mujer que trabajaba en las intramurallas como inspectora en el departamento de residuos. Los conflictos entre aumentados y humanistas eran meros titulares de periódicos ante su criterio.

—Cómetelo todo, vamos, date prisa…

Un par de tipos miraban a la familia desde la barra con muecas cómplices y sospechosas. Suficiente para dar problemas. Uno de ellos tenía una pistolera en el cinto.

—Vosotros dos —se dirigió a los dos aumentados sonando lo más imparcial que podía—, dejadlos en paz. Si empezáis a joder os vais de mi bar.

Uno de ellos se rio a carcajadas derramando parte de la cerveza de una jarra con la mano derecha. El otro se limitó a sonreír, sorbiendo whisky como un pozo sin fondo. El padre captó la fuente y el significado de esa gesticulación, alarmándose visiblemente. Su hija seguía comiendo ajena a la acción y el peligro tan inminente que su padre había descifrado.

—Nos vamos.

El padre aferró la mano de su hija férreamente arrastrándola a la salida del bar. Estaba asustado de lo que podría acontecer a continuación, por suerte guardaba su pistola cargada en el interior de la chaqueta. Uno de los aumentados dejó su jarra y siguió al padre con el otro detrás de él. El padre estaba sudando. ¿Lo habían descubierto? ¿Sí, no? Aceleró el paso abriendo la puerta deslizadora con un efusivo gesto. Los aumentados estaban al tanto de sus movimientos acortando las distancias.

—En cuanto te diga ya, corres en esa dirección. ¿Entendido?

—Papá…

—¡Ya!

La niña trotó despavorida por el callejón alejándose todo lo que podía de su padre, llorando. Los aumentados corrieron a apresar al hombre, corrieron como bestias, pero fue demasiado tarde. El padre accionó la bomba de uranio que había depositado debajo de la mesa.

—¡Salve a la Humanidad!

El bar estalló en cientos de millones de pedazos de carne, acero, aumentos, trozos de cuerpos, fiambres, extremidades despedazadas y cascotes, expandiendo un rastro de radiación de alta frecuencia que fue limpiada dos días después por los servicios de emergencia. El bar Sumeria cerró sus puertas.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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