Askopos

¿Alguna vez admiraste a cualquiera? No importa quién sea. Alguien. Algo. Hacia el que brindar compungida pleitesía. Alguna vez no admiraste… Mujer. Brazo mecánico deshecho por presión ejercida por plancha neumática. Palpo el occipital de su cráneo. ¿Qué buscas compungido en mí? Aquejado te incorporas de tu camastro. ¿Una pesadilla? ¿Una vivencia auténtica? Tus brazos. Mis brazos. Mis piernas. Mi torso. Aumentados. Resaltan con ardor los remaches y las líneas de conexión. Aumentados. ¿A qué vino un cambio tan repentino? No lo sé. A lo mejor su salud peligraba. Tan quebradizo y escuálido, y encima sometido continuamente a las radiaciones de alta potencia de los Motores Inmóviles. Al final, poco le caía para caer en el aumento. Marlik, ¿por qué no se toma unos días libres? Tomar días libres. Le noto cansado. Exhausto. Abrumado. Sé que últimamente ha debido soportar angustiosos y desbordantes contratiempos. Se ha extralimitado y excedido sus paupérrimas capacidades, mermadas por su idiocia y exigua plenitud física. Idiocia y exigua plenitud física. Es usted un completo inútil. Ni siquiera mecanizado resulta productivo para el Área de Mantenimiento. Sin embargo, podría ofrecerle una última oferta antes de su traslado forzoso a las Intramurallas de Siete. ¿Qué le parecería?

La mujer expiró. Falleció en mis brazos bramando una tropelía de enunciados sintácticamente inconexos. Acaricio sus cabellos sintéticos. Me entretengo oprimiendo sus senos. Ser primario. Recalibración de comportamiento. Desviación extática. Recomposición. Una mierda carnosa. Poco más que una mierda carnosa. Inspecciono su abdomen. Adúltero. Sacrílego en una connotación foránea divergente de la próspera religiosidad industrial que imbuye a la chusma aumentada incapaz de desligarse de sus vestigios orgánicos. Desarraigado. Supresión de juicio valorativo. Prosigo. Sin satisfacción. Se escabulle. Aminoro la frecuencia. Concatenación delimitada sin aspiración recluida en un paroxismo de frialdad indeleble impostado en el cimbreante pábulo amortajado de las ondas del charco replegado con euclidiana ubicuidad desprendido de las fronteras corporales de la medio humana aumentada rubicunda de faz querúbica que me remira furibunda con la comisura superior retorcida veinticinco grados en inflexible desuello. Despreciable. Arranco sus brazos con esfuerzo animoso. Desgajo somnoliento el recubrimiento epidérmico y jugueteo con algunos cables. Mas divertimento no me genera, prodigándome un agridulce ensimismamiento. Plúmbeo. El habitáculo decrece en niveles existenciales. Soledad. Inyección de módulo límbico superior. Ansiedad. Arrojo los brazos. Cavernoso. Cacofonía que crepita en mis sistemas auditivos. Un trozo de sanguinolenta piel se desprende. Escalofrío.

Suspendido en la condensada boca de una arteria de los Motores Inmóviles, afianzas tus metálicas manos a un tensor. Solo. Atemorizado por la inacción de los engranajes que presagian tu impredecible desaparición sin haber oteado siquiera una vez las luces de la Ciudad. La Ciudad. La Ciudad. Yo sólo quería contemplar una vez las luces de la Ciudad. Pero estoy aquí solo. Solo. Solo. Solo. Relegado por la desidia de los que me recriminan mi categórico estatus. De los que se burlan frenéticamente de mí por no desprenderme de mi reprochable medianía. Condenado. Condenado. Condenado. Pero yo soy humano. Sé que soy humano. Sé que soy humano. El tensor se balancea. Tus manos mecánicas se deslizan. Paulatinamente, desciendes. Desciendes hasta las ignotas entrañas de su Santidad. Y no me importa. No me importa en absoluto. No me importa porque mi decaimiento es tan inabarcable que como buen nocívago sobresalgo por una secuencia desestructurada en un encadenamiento de cientos de partículas desarrapadas de sus circuitos deshilachados de cientos de peces mugrientos que caminan a dos patas en un estado de genuflexión regio que me condiciona a pensar en una elucubración genética que el aumentado es la gracia deificada de una expresión asimétrica de una exasperación devocional hacia la eterna autorrealización y pantagruélica inalienabilidad. Anulación. Un cartel de salida. Una puerta de acero. Miles de aspas y luces. Agazapado discurres por un túnel transversal con la pierna izquierda astillada. El brazo derecho inoperativo. La visión ofuscada y una mente erizada por un alambicado estallido interno. La piel prendada de radiación y el traje protector harapiento. Y ella emerge a través de un panel translúcido. La Ciudad. La Ciudad. ¡Es ella! ¡Es ella!

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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