Askopos

La máquina fue tragada agónica por la serpiente. Resurges de tu estupor. Un cartel de salida. Una puerta de acero. Miles de aspas y luces. Agazapado, discurres. Un muro. Una cúpula. Un alambicado estallido y retomas tu devaneo incongruente. Y ella asciende. Una entidad errática, incorpórea, materializa su inconsistente voluntad en un obtuso, difuso, neutro absoluto. El Tiempo se escurre y el Espacio se obstruye. Tus brazos se alzan y con un bramido proclamas: yo soy, pero no fui, y siendo estoy sin ser.

Concatenación delimitada sin aspiración recluida en un paroxismo de frialdad indeleble impostado en el cimbreante pábulo amortajado de las ondas del charco replegado con euclidiana ubicuidad desprendido de las fronteras corporales de la medio humana aumentada rubicunda de faz querúbica que me remira furibunda con la comisura superior retorcida veinticinco grados en inflexible desuello.

Dime quién eres, Fedón. Dime quién eres, Fidias. ¿Alguna vez te congraciaste con la apatía?, resuena en un televisor. Supura una laceración en tu antebrazo. Gimoteas. Escruto una ciudad. Megalítica. Refulgente. Persiguiendo tamaña quimera que se guarnece entre las brumas de dislocados rescoldos; mientras estultas miniaturas desarrapadas se desplazan por alborotadas intersecciones, desembocaduras de confluentes iridiscencias aéreas que traquetean entre la corteza terrena y la ecuación gravitacional. Lucidez, magnánima lucidez.

De la incisión borbotan riadas de humores. Rumores agolpados en una efervescente psique que enardece un presagio infausto sobre quién de los tres seres humanos había consumado reprensible afrenta. Escuchas a uno prorrumpir que mientras estabas inconsciente vi que el más velludo, ya sabes, Orson, el oso, es el que casi te fulmina con el disparador láser desde la pasarela del tercer piso. Pero no estoy seguro, amigo, tendrás que preguntarle a otro. Regurgitas infrasonoro resignada tribulación. Injuriado, un mecánico inserta en tu antebrazo una pieza de titanio reforzado por un recubrimiento de áspero cromo violáceo.

Y sigo siendo humano. Estoy seguro de que sigo siendo humano. Activo mi escáner térmico. Rebusco entre el cerúleo cieno estático una silueta realzada sobre una pared. Un cadáver pendido por rosáceas entrañas de una farola. En una esquina. En un aparcamiento. Solitario. Desprotegido. Excluido por la sociedad que una vez lo acogió. ¿Acaso ha de florecer en mí sentimiento de comprensión? Pasividad. Actividad. Rematado en pretérita circunstancia por disoluto deleite. Distracción. Impávido examino con diligente sensibilidad la disposición de sus miembros desencajados. Arte. Complacencia estética. ¿Pena?

¿Por qué he de aceptar complaciente que ese gilipollas me agreda? No conculques nuestro Código deontológico, Marlik. No seas idiota. Acéptalo. Sé un poco más empático con su condición. Fue sin querer. Por favor. ¡Si no fuera por la empatía, hace años que nos habríamos destruido por la vesania inducida por la penumbra de las Intramurallas! Pero yo no quiero sentir empatía. ¿Acaso él la sintió cuándo disparó el láser y me hirió? ¡Mírame bien! ¡Por su culpa tengo un brazo medio sintético! No soy un humano completo… No soy un humano completo… Pero yo quiero seguir siendo humano porque esos mecánicos no sienten empatía y la empatía es lo que nos diferencia de los androides.

¿Sin querer? ¡Y una mierda! Estoy hasta la punta de la polla de ese imbécil paranoico que no para de hacer el pelele y de meter la pata. Si fuera por mí, lo habría quemado vivo en los Motores Inmóviles. Percibiste sombrío. Ríes abrigado por la silente soledad. Ríes y ríes, mientras presionas con el pulgar el interruptor principal de un actuador empático. Debo sentir empatía… Debo sentir empatía…

Te desvaneces. Recaída en tu apartamento. Pantalla: extracto panorámico de la Ciudad que acaricias con el índice y anular. Transmutación. Sucesión: una oveja eléctrica pastando en llanuras de titanio. Felicidad. Como lágrimas en la lluvia tus erudiciones se extinguen por el ardor de una abrasadora ambrosía. Dime quién eres. Fedón. Dime quién eres, Fidias. ¿Alguna vez te congraciaste con la apatía?, resuena en un televisor. Sonríes. Fedón me atacó apostado en una pasarela. Fedón me humilló en el corredor. Fedón me reprendió en el ascensor. Fedón es el hombre colgado número dos.

Desactivo el sensor. Embriagadora ciudad durmiente. Asesino. ¿Esclarecedor? Qué poca importancia merece la persistencia. Subsistencia afirmada en crispada coexistencia. Confinamiento. Cero. Hexadécima cadena enlazada a un input saliente. Identificador: empatía. Reprobable sensación. Pedazo de carne degollado. Despersonalización. Destello.

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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