Una especulación que condiciona un tipo de formulación que se asemejaría a contemplar un cuadro surrealista que intentas comprender a través de lo que te sugieren un puñado de figuras cuyo significado sólo entiende el autor que las pintó y nadie más, por lo que el esfuerzo se puede ver compensado por unas divagaciones cercanas o alejadas a años luz de lo que verdaderamente el autor quiso plasmar, algo que se podría resumir perfectamente en esta cita: “La arqueología es difícil en sí misma, ya que se propone una tarea enormemente intimidatoria: entender las sociedades humanas que vivieron hace miles de años y cuyas costumbres fueron muy diferentes a las nuestras; y ello ha de hacerse sin poder hablar con aquellas gentes, basándose únicamente en restos materiales.” [M. Johnson (2000, 25)].

Ejemplo que, aunque pueda parecer baladí, cobra sentido cuando te topas con casos como el del bifaz llamado Excalibur y las hipótesis que se manejan en torno a su figura, cada cual más cercana a un artículo de la página web de Cuarto Milenio que a una teoría mínimamente realista, lo que conduce a una amenaza mucho más incipiente en esta era de la Información: las versiones distorsionadas y falsificadas que se clonan y multiplican por todo tipo de medios, fundamentalmente Internet, en una suerte de reacción en cadena por la que los más avispados de repente se transforman en auténticos gurús del asunto con una verdad absoluta e inamovible a la que hay que rendir pleitesía, en un escenario parecido al del hombre de Piltdown pero transmutado a códigos binarios y cientos de comentarios en foros y blogs cada cual más iluso que el anterior.

Sin duda, intimidatorio, y más cuando te encuentras problemas tan escalofriantes como que “las publicaciones arqueológicas son cada vez más conclusivas y menos argumentativas.” “…ha acabado produciendo un tipo de arqueología que no siempre siente necesidad de explicitar escrupulosamente sus procedimientos de trabajo, sus sistemas de registro y los argumentos precisos en los que se basa para afirmar esto o lo otro. Vislumbramos una cierta precipitación por adscribir los “resultados” a este o aquel “modelo” interpretativo, despreciando lo que algunos consideran miseria empirista, fetichismo, “cacharrismo”, algo vergonzante en definitiva.” “Ha puesto muy por encima la figura del arqueólog@ intérprete/productor de textos respecto a los materiales arqueológicos. Ello hace que perdamos cada vez más de vista la base real del pasado y de nuestro conocimiento sobre él. Muchas publicaciones recientes acogen sucesiones de interpretaciones que le dejan a uno en la ignorancia acerca de la realidad material que las recibe. A lo sumo, el papel de los objetos (arqueológicos) se reduce a ilustrar puntualmente un discurso preestablecido sobre lo social y su pretendida evolución… En suma, el peso del discurso es asumido por la idea del narrador, no por las cosas.

Pero, por desgracia, no se reduce a lo enumerado anteriormente, ni de lejos, la interpretación arqueológica se ve condicionada directamente por un elemento que parece marcar la pauta de toda la historia arqueológica conocida: la contemporaneidad, o, se especula, pero desde tu presente. Entrever cómo se articulaba un poblado de un neolítico en pleno siglo XXI a través de bifaces y restos de sílex puede sonar fatalista y poco convincente si se tiene en cuenta el abismo temporal que separa ambas épocas, y más cuando todo depende de cómo buenamente una persona o varias puedan adivinar desde su perspectiva y momento esos sistemas de significados, ocultos tras la pantalla de unas reglas que supuestamente son entendidas a un nivel implícito como resaltan los estructuralistas. Lo que indirectamente da la razón a muchos de los presupuestos postprocesuales como los de que es imposible obtener un conocimiento objetivo del pasado, poniendo en duda el método científico de la Arqueología.

Por no hablar de que la contemporaneidad implica diversos factores como el contexto político, social, la nación y otro tipo de elementos que inciden de lleno en esa especulación hasta el punto de convertirla en un discurso tergiversado y acomodado a las necesidades del grupo dirigente de turno o a la efervescencia de un determinado ideal, como al parecer ocurrió en pleno siglo XIX con el auge del nacionalismo en Europa y durante la Alemania nazi; además de la escuela hacia la que se muestre afinidad, como la marxista, por ejemplo, que reduce todo a una lucha antagónica que poco tiene que ver con la Teoría de Sistemas defendida por la Nueva Arqueología que a su vez nada tiene en común con el pensamiento y la perspectiva simbólica del Postprocesualismo.

Por mucho que se sepa acerca de la Antigua Grecia, su historia no deja de ser una versión “adaptada” del presente.

Por otra parte, no se antoja muy tranquilizador que una de las coletillas que adorna el nombre de Arqueología sea “destrucción”, destrucción casi por completo de los yacimientos, lo único verdaderamente tangible de la Historia y de la reconstrucción arqueológica. Excavar es destruir, destruir es perder, y perder es irreversibilidad; y, si el procedimiento es fallido, suprimir de la faz de la tierra desde un simple asentamiento ocasional hasta todo un poblado. Para evitarlo, los arqueólogos efectúan un registro minucioso de todos y cada uno de los estratos y realizan diversos tipos de prospecciones como la superficial, junto con dibujos, fotografías, escáner… Entonces, ¿cuál es su problema y qué relación mantiene con la especulación?

La falta de calidad y una labor deficiente en las prácticas, tanto en excavaciones como en publicaciones, que determinan irremediablemente la interpretación final que será plasmada en un artículo para la posterioridad. Al ser destruidos esos yacimientos, poco se puede hacer si el procedimiento ha sido pésimo, salvo regresar a la imaginación y quedarse en el ámbito de la especulación más absoluta con una interpretación que perfectamente podría ser errónea, de manera que la Arqueología no consigue ni siquiera acercarse a una aproximación y el verdadero valor de ese yacimiento se diluye por siempre en la noche de los tiempos, con una versión mal traducida que se transmite y es analizada por otros que acrecientan ese desacierto en un ciclo destructivo que termina por sepultar a los habitantes de ese yacimiento, si es que los hubo.

Por lo que en este sentido, ofrece más unas interpretaciones al nivel de las teorías conspiranoicas de los reptilianos y la parapsicología que algo verdaderamente sólido y comprensible. No una verdad única y absoluta absolutamente irrenunciable e irrevocable puesto que no existe, pero sí algo que no induzca tanto al cuestionamiento de las teorías como de la validez de la Arqueología como ciencia, algo que niegue por completo esta cita de autoridad: una disciplina que no presenta sistemáticamente el conjunto de sus argumentos, de los documentos que han permitido alcanzar determinadas conclusiones, no merece ser calificada como científica [Demolon, 1995].

Ay ay ay, querida conspiración.

La prueba perfecta de que con cualquier soplapollez y un poco de repercusión mediática se hace carrera.

Para más inri, a la falta de profesionalidad y calidad en el trabajo se le adosa el hecho de que la única manera de mostrar los resultados completos y toda la información recabada de un yacimiento es a través de su publicación íntegra. ¿Y si esas publicaciones son destruidas o extraviadas?, no habrá más remedio que despedirse de los datos. A lo que se suma la existencia de excavaciones clandestinas que jamás saldrán a la luz pública por la sencilla razón de que no se divulgan, lo cual es una temeridad teniendo en cuenta que ese yacimiento es la única biblioteca sobre la que puede trabajar un arqueólogo y la raíz de todo su discurso histórico; la pésima conservación y otros problemas de diversa índole, como la financiación, que ponen al universo en contra de la labor del arqueólogo y sólo entorpecen el trabajo de reconstrucción de un pasado muchísimo más difuminado y lejano de lo que se creía en un principio. Sin embargo, esto es compensado por la representación y reinterpretación de los datos por otros investigadores; que en caso de ser un intento fallido, puede dar lugar a una cadena viciosa de muy escasa veracidad, como se ha reseñado con anterioridad. Demostración suficiente de que para dedicarse a la Arqueología se la debe profesar una adoración casi religiosa.

En otro orden, a modo de contrapunto, no todo en ella está dirigido a la adversidad. La Arqueología, independientemente de su interpretación y de todo lo escrito, se ha perfilado como una herramienta muy útil para la gestión del patrimonio, la ordenación urbanística, la protección del medio ambiente y cooperación entre diferentes administraciones con las universidades para la promoción y potenciación del patrimonio, aunque en determinados lugares esto sea completamente ignorado. Pero sobre todo, y esto es algo verdaderamente positivo, su interdisciplinaridad, su flexibilidad para adaptarse y emplear en su favor científicos de diversa campos y ramas en una misma función pero con diferentes métodos, en una cooperación que contribuye a la mayor fiabilidad y eficacia posible en la recabación de datos, así como en la datación y clasificación del registro arqueológico; por lo que se podría decir que la Arqueología ha sido desde siempre un puente entre las humanidades más puras y la ciencia más empíricas, enriqueciéndose constantemente. Y qué decir tiene que la Arqueología es adaptable a todo tipo de ambientes y medios, desde cavernas hasta el desierto más ignoto, desde un paisaje de la Toscana a un monumento de época romana, con un abanico de tipos de excavaciones a elegir según las preferencias del lugar que puede ser personalizado a gusto del arqueólogo, como se afirma en La excavación arqueológica; y tipos de Arqueología interrelacionados que abordan los ámbitos más diversos e imaginados, lo que hace a la Arqueología una disciplina moldeable y abierta, quizás demasiado abierta sobre todo teoréticamente.

Categorías: REFLEXIONES

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.