Antología de la Ciudad y Martin Heidegger — Ser-para-la-muerte en el ciberespacio [4/4]

Una posthumana con mono de nanotipos, una nanomáquina que potencia los efectos de sinapsis con la Matriz. Se adentra y existe, como un «ente-ser» desposeído de télos. El «ser-para-la-muerte» es un «ser» que ansía fervientemente «morir» para encarnarse en su homólogo «ente-ser» con la empresa de sencillamente existir. Replicarse como las columnas iridiscentes de la Matriz. Es una entélechia, un acto concluido, y enérgeia, modelo de una vida de movimiento incesante[01]Cfr. Ahumada Cristi, M. op. cit., pág. 9.. Entélechia porque el «ente-ser» ha cercenado su télos a merced de una intencionalidad externa y manufacturada por una corporación, que tercia a su vez con esas intenciones con arbitrariedad y medición, conformando un encadenamiento de conclusiones que no discurren hacia ningún fin. Divertimentos. Distracciones casuales. Enérgeia porque el «ente-ser» imita un modelo de vida de movimiento incesante en el ciberespacio que cuenta con la seguridad de no morir.

—Si hay un error, se restablecerá. Las máquinas no son como antes. Ellas se reproducen, se clonan, se transmite y perviven. Las máquinas del presente son capaces de desplazar su conciencia más rápido que la reacción lumínica de un gas noble en un tubo fosforescente. Si hay un error o se pierden lo datos, inmediatamente otra máquina irá presta a sustituir su lugar. Todo lo contrario que nosotros. Todo lo contrario.

—Es como un sistema de seguridad. Así toda la información recogida nunca se sublima o se pierde por puertas traseras o una penetración indebida. Los datos se prolongan y se postergan indefinidamente…

—Hasta que alguien decida borrarlos definitivamente.

—¿Por qué crees que los borraría? ¿Por qué crees que lo grabaría todo en una sencilla placa de titanio?

—A lo mejor, quería morir. Quería desaparecer. Morir en el presente y en el mundo. Convertirse en una sombra… Al fin y al cabo, si desapareces del servidor, desapareces de la Ciudad. Pasas de ser un código a un manchón de carne en el asfalto. Sin nombre, sin casa. Sin ningún tipo de identidad… Sólo puedes ser persona cuando formas parte del sistema, cuando estás controlado y registrado. En caso contrario, estás muerto.

—No entiendo la lógica de querer morir y después dejar una placa con todo lo suprimido.

—Quizás ese sea su legado. El recuerdo de que una vez existió. Algo así como unas cenizas metafóricas, unas que esperan ser destruidas y esparcidas por la Ciudad.

—Pero si la recuperamos y la devolvemos al sistema, el tío volverá a estar vivo. Volverá a formar parte del sistema. Es estúpido.

—Es probable que ese aparato contenga algún virus de destrucción y, una vez conectado, elimine de la faz de la Tierra toda esa información[02]Centzontotochtin.es, Ibídem, Carborúndum de las Antígonas, http://centzontotochtin.es/ibidem/.

Heidegger afirma la muerte como un fin, porque caracteriza al Dasein como un ser capaz de interpretar, necesitado de interpretación y en estado de interpretado. En la vida fáctica, vive interpretando las posibilidades como una forma de anticiparse a la muerte, el saber que el «ser» llega a su fin y el fin de la existencia se da mientras se pueda estar proyectándose hacia ella[03]Cfr. Ahumada Cristi, M. op. cit., pág. 10.. ¿Para qué anticiparse a la muerte si posees una garantía de inmortalidad en la Matriz? ¿Si sólo es necesario un puñado de billetes y unos implantes? La anticipación, como el asombro, se desdibujan. El Dasein como un muerto viviente, un muerto en vida, que alberga el conocimiento de que el «ser» llega a su fin, pero que ese fin de la existencia puede ser vendido por una empresa, sin interpretación, sin esfuerzo personal. El Dasein abraza su fallecimiento como génesis del fin existencial que le aguardará en su segunda vida como «ente-ser». El arrojo al mundo es un escarmiento, indultado por la muerte. Un modo de vivir rodeado de nimias posibilidades hasta dejar de «ser»[04]Cfr. ibíd: «[L]a muerte sólo es el “fin” del ser-ahí formalmente tomado, sólo es sino de los fines que encierran la totalidad del ser-ahí. En otro “fin” es el “comienzo”, el “nacimiento”»[05]Apud. ibíd., apunta Heidegger.

La muerte es la conclusión de una inconclusión, mientras exista el Dasein nunca está acabado, ni la muerte lo determina, porque no hay posibilidad de experimentar el tránsito del Dasein al no ser[06]Cfr. ibíd..  Se puede experimentar el tránsito del Dasein al «ente-ser» virtual como acto físico del posthumano. ¿Muerto el posthumano? Una activación de seguridad, sin tránsito. El Dasein nunca se completa, no está determinado por la muerte. Transciende. El ciberespacio es eternidad trascendental y transfiguración del Dasein en una «entidad-ser» al que se le agregan unas propiedades divinas. En la Ciudad, la Matriz la vida es movimiento es transcendencia, superación de la angustia, rebasamiento de la decadencia. Es el Edén, primaria aspiración del «ser-para-la-muerte».

El carácter temporal engloba la cotidianidad, lo que ocasiona que se ignore voluntariamente el acontecer futuro de la muerte. El ser-ahí se despreocupa del morir, envuelto por lo cotidiano, que le otorga otras inquietudes de acuerdo a sus posibilidades de la vida fáctica[07]Cfr. ibíd., págs. 10-11.. ¿Y si el Dasein implora morir? «[L]a esencia del ser-ahí está en su existencia […] y es un “yo soy”, “tú eres”. Y el ser ahí es en cada caso mío, a su vez, en uno u otro modo de ser»[08]Apud. ibíd., pág. 10.. Efectivamente, existencia. Quiere morir para existir. El Dasein exige morir, mas esta muerte no es un fin: es renacer. La enfangada cotidianeidad aviva el desprecio del Dasein hacia sí mismo, incrementa sus súplicas a un dios convertido en oveja eléctrica para ascender al Nirvana electrónico, sirviendo la vida como un medio de movimiento continuo hacia ese fin sin finalidad. Definitivamente, el Dasein en la Ciudad es un ser-para-la-muerte al que le enerva la vida fáctica y decide optar por evacuar su «decadencia» en la Matriz, donde subsistirá como un movimiento incesante hacia un fin incognoscible.

Los informes que la miraban con ojos mustios desde una retirada mesa corroboraban que su llama vital se extinguiría en menos de un mes por el abuso constante y el desgaste mental provocado por los nanotipos. Y no le importaba. Mientras que pudiera conectarse por última vez a ese paraíso, a esa tierra prometida donde sólo había cabida para los datos, le daba igual fallecer en el acto. Nadie se acordaría de él o ella. Tampoco tenía saldo para replicar su mente y cerebro y almacenarlo en un hielo sellado de la Red. Moriría entre la decadencia, moriría en el silencio, en el olvido. Moriría en soledad. Moriría después de estar muerto en vida[09]Centzontotochtin.es, Ella, Carborúndum de las Antígonas, http://centzontotochtin.es/e-ll-a/.

Notas a pie de página y referencias   [ + ]

01. Cfr. Ahumada Cristi, M. op. cit., pág. 9.
02. Centzontotochtin.es, Ibídem, Carborúndum de las Antígonas, http://centzontotochtin.es/ibidem/
03. Cfr. Ahumada Cristi, M. op. cit., pág. 10.
04. Cfr. ibíd
05. Apud. ibíd.
06. Cfr. ibíd.
07. Cfr. ibíd., págs. 10-11.
08. Apud. ibíd., pág. 10.
09. Centzontotochtin.es, Ella, Carborúndum de las Antígonas, http://centzontotochtin.es/e-ll-a/

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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