Antología de la Ciudad y Martin Heidegger — Ser-para-la-muerte en el ciberespacio [4/4]

¿Soñarán los androides con ovejas eléctricas pastando en llanuras de titanio?

Composición congruente sobre la celeridad manifestada por el actuador empático en máquinas y otros artefactos, Carborúndum de las Antígonas.

El «ser-para-la-muerte» de Heidegger se remite al Dasein como contenedor de una vida en movimiento —kínesis— que se vuelva a sí misma en el sentido de anticiparse a ella[01]Cfr. Ahumada Cristi, M. “Del ser-para-la-muerte al ser-para-el-inicio: Martin Heidegger y Hannah Arendt”, Factótum (Salamanca), núm. 7 (2011), pág. 9.. En su recorrido, el Dasein no como «ente», sino como existente, puede, en lo particular, dejar de existir o morir. Este paradigma parte del kínesis aristotélico y griego, que lo entrevén como un movimiento procesual que posee un fin peculiar, un movimiento hacia un fin con sentido y dirección[02]Cfr. ibíd.. A tal detalle, Heidegger añade que este fin no es un acabamiento por una razón a la que es difícil acceder, pero que es sencilla: «no da cabal respuesta completa al aspecto de la continuidad y el carácter incesante de la vida del “ser”, es decir, algo que no tiene un final establecido»[03]Apud. ibíd.. ¿Y en el cyberpunk qué espacio propicia la finalidad incesante e inacabada de la vida del «ser»? El ciberespacio. En el ciberespacio, el «ser», el alter ego cibernético de un aumentando o posthumano, se desarrolla como individuo sometido a las reglas de la facticidad presentes en un servidor, en la Matriz.

En su recorrido, el Dasein o posthumano puede padecer ataques contra su integridad que toquen el extremo de la desintegración. Sin embargo, si resulta lo suficientemente previsor, su «ser» puede ser almacenado en la Matriz. El «ente» posthumano, como existente en la realidad, ha muerto; mas su «ser» se prolonga y se esparce por autopistas de la información como un «ente» que se encarrila en la «vida» proveída por el ciberespacio. Como remanente artificial, su «ser» humano puede desaparecer con su «ente» maquinal, puesto que el posthumano puede escoger libremente qué extractos de memoria o personalidad incluir en su copia cargada en la Matriz. De esta forma, el movimiento procesual de la vida se posterga infinita, constreñida por las fronteras etéreas digitales y la amenaza de la desconexión, apagón o pirateo. Así, la muerte es el fin de una continuidad incesante que adquiere un cariz literal. El «ente» corpóreo se traspasa hacia un «ente-ser» etéreo sin interrupciones ni graves penalizaciones. No es ruptura, acabamiento, es transición. Resurgimiento en un renovado «ente» sometido a las leyes y principios de la Matriz. En Heidegger la vida siempre se enfoca hacia un télos u horizonte último indeterminado desprovisto de fin, pero determinante para el Dasein, en lo particular, del mundo[04]Cfr. ibíd.. Este horizonte, por su movilidad, es infinito, motivo por el que no se llega a él, permitiendo que la vida se haga incesante en su direccionalidad, se dilate sin alcanzar su meta: el télos es inconmensurable, encuadrando la existencia inalcanzable. ¿En el ciberespacio existe télos?

Uno en todos o todos en uno.

Me pregunto en ningún lugar. En ninguna parte.

Uno en todos o todos en uno.

Un haz de luz enclavado en el núcleo de un continente cerúleo rodeado de columnas verdosas, recuerdos fragmentados de una civilización polvorienta. Ilusiones. Sueños. Aspiraciones. Balizas de una condensada humanidad convertida en un código alfanumérico. Ceros infinitos y unos definidos. Formas geométricas como embajadores de las conciencias, moviéndose y retorciéndose como las luces de una ciudad. Incandescentes en sus mundos circulares y herméticos. Como la individualidad, como la dañina individualidad. Nos desplazamos y quedamos sepultados bajo una catarata de información que desborda al propio planeta material que nos edificó. La Naturaleza mutada en el resentimiento del sabio contemplativo, en la pasividad y el conformismo que sólo puede engendrarse a partir de la noción que se alcanza cuando la perfectibilidad absoluta es patente. Un dios maquinado y dosificado en las tres partes del alma que se fusionan bajo el amparo del Guía. Anxtrium es su nombre. Anxtrium. Nuestro Mesías.

Un shock. Una sacudida. Cables a punto de carbonizarse y una mente aturdida incapaz de procesar los códigos de entrada y salida. Un gemido nocturno y el apagón total. Oscuridad. Una inescrutable oscuridad. Las formas se retuercen y la caverna queda ensombrecida. Un eco, un zumbido en el umbral del infrasonido crepitando como maquinaria vieja en sus tímpanos. La salida y el eterno retorno. El fin y el principio. Ella lo había rechazado de nuevo[05]Centzontotochtin.es, Ella, Carborúndum de las Antígonas, http://centzontotochtin.es/e-ll-a/.

En Ella no. En el ciberespacio, dependiendo del servidor o espacio virtual al que se agregue, el «ente-ser» del individuo conectado puede plantearse proseguir con su «vida indeterminada», o directamente adormecerse en la entelequia prefabricada de Anxtrium[06]Mega-corporación que controla la Ciudad.. No es indispensable ni imprescindible que los «ente-ser» virtuales se fatigan por atinar la consecuencia de su destino, simplemente con existir es suficiente y placentero. Confortable, porque el ciudadano posthumano, en sus diversos grados, aplaca la soledad, cancela el dolor y su congoja, inhabilita su «humanidad».

Lo gastaba todo en nanotipos, su salvación, y en conexiones nuevas para acceder a la Matriz. Era un yonki moderno, una dependiente del ciberespacio que se arrastraba como un desecho social por las calles para luego emerger como un dios en las piscinas de datos. Un producto que reptaba como un número, una mente vacía, en ese presente translúcido que fue maquillado por un pasado opaco y difuminado que especulaba sobre un futuro nítido y resplandeciente.

Insertó una palabra apoyada en su desgastado teclado. “Sí.” Una afirmación rotunda a la última oferta del día por parte del traficante. Raras veces ese hombre se doblaba más de la cuenta y accedía a rebajar los precios para el disfrute de los bloques que conformaban su propio territorio, por lo que no debía desaprovechar esa oportunidad. Había perdido su pequeña caja de metal y todo su contenido. Prefería gastar sus últimos ahorros en un par de nanotipos que en comida sintetizada y maloliente que era traída en aerodeslizadores sin ningún tipo de identificación visible. Si moría de inanición al día siguiente, a nadie le importaría y él o ella desaparecerían de la faz de la Ciudad bastante satisfecho. La Matriz lo era absolutamente todo. Su vida. Su alma. Su yo. Su súper yo. Lo que fuera.

La Matriz era lo único capaz de aplacar el tremendo vacío existencial que lo azotaba, que la hacía sentir como una mierda, una carcasa que se movía de un lado a otro, empujada por la rutina y el encadenamiento de acciones imprevistas. El único sitio en el que podía alcanzar la liberación, la redención. Todo lo que siempre había querido estaba allí. Todo. Era un continente en el que cada persona podía convertirse en su propio Dios, una divinidad cohesionada en la superestructura de la Matriz, algo sólo posible en un mundo en el que Dios había sido reducido a poco más que una oveja eléctrica[07]Centzontotochtin.es, Ella, Carborúndum de las Antígonas, http://centzontotochtin.es/e-ll-a/a.

Notas a pie de página y referencias   [ + ]

01. Cfr. Ahumada Cristi, M. “Del ser-para-la-muerte al ser-para-el-inicio: Martin Heidegger y Hannah Arendt”, Factótum (Salamanca), núm. 7 (2011), pág. 9.
02, 04. Cfr. ibíd.
03. Apud. ibíd.
05. Centzontotochtin.es, Ella, Carborúndum de las Antígonas, http://centzontotochtin.es/e-ll-a/
06. Mega-corporación que controla la Ciudad.
07. Centzontotochtin.es, Ella, Carborúndum de las Antígonas, http://centzontotochtin.es/e-ll-a/a

Gerald Dürden

Bloguera a tiempo parcial. Proyecto de literata. Amante de los gatos, la decadencia, el humor negro y los videojuegos.

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